Vida en Salamanca
Cuento, opino y comparto. Por Fernando B.
 
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Sobrevivir a un día cualquiera

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A veces, generalmente por la mañana, te preguntas cómo vas a conseguir llegar al final del día.

Primero, habrás de tomar una taza de café bien cargado (o té, o chocolate, según tus preferencias). Esto ayudará a que los fantasmas que el sueño ha dejado en ti se alejen, al menos por un tiempo.

Entonces podrás pensar claramente.

Habrá, después, que ocuparse de las tareas cotidianas: El baño, el desayuno, vestirte, lavar los platos del día anterior.

Como son tareas rutinarias y no demandan mucho de tu capacidad mental, piensa en la tarea más desagradable de todas. Habrá decenas, tal vez, pero elige la peor y ponla a la cabeza de tu lista de prioridades. Y como es tan ajena a tus verdaderos intereses, existe el riego de olvidarla, así que es buena idea anotarla en una hoja de papel y guardarla en el bolsillo. Continúa en este orden hasta que te deprimas tanto que no puedas seguir.

 

Ponte en acción

Cuando taches la primera tarea (la peor) te sentirás mejor (garantizado) y según vayas avanzando en la lista maldita (querrás llamarla así, lo digo por experiencia), será como irte liberando de enormes pesos.

Al final, querrás celebrar (dar un paseo, conversar con un amigo, beberte una cerveza), pero abstente, que no hemos acabado.

Ha llegado el momento de soñar, de evadirte, de imaginar cosas nuevas. Es la parte más importante del día, así que tómatelo con seriedad. No hagas trampa. Aquí es donde fallamos la mayoría, y me incluyo. Si eres capaz de planear una sola cosa (algo diminuto, incluso) cada día, y llevarlo a la práctica, habrás superado el día y este tendrá, por ese simple hecho, un significado que lo hará único.

En mi caso, he decidido componer este artículo y no habrá, por lo tanto, un día semejante, porque es irrepetible.

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Empezar de cero

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En alguna ocasión todos hemos oido hablar sobre tener ganas u oportunidad de empezar de cero. Yo siempre he pensado que debía de resultar bastante difícil para alguien, de pronto, tener que comenzar algo desde la nada…

…pero ¡me equivocaba!. La verdad es que, después de reflexionar al respecto, he llegado a la conclusión de que nunca es posible comenzar de cero.

Se puede comenzar de nuevo, pero de cero solo cuando acabamos de nacer. Y aún entonces no es del todo cierto, ya que la genética nos ha puesto ya en una posición algo distante de la línea de salida.

Lo difícil es, pues, reconciliarnos con el pasado, perdonar los errores que hemos cometido y dar un giro brusco al volante para reiniciar desde otro ángulo. No todo el mundo está capacitado para algo así.

Normalmente, nuestros esfuerzos en la vida tienen un aspecto concéntrico. Centrípeto. Sintético. Convergente.

Esto quiere decir que buscamos lo mismo pero desde diversas trayectorias y muchas veces no somos conscientes de nuestro verdadera meta hasta que ese se concreta, o alguien nos lo dice, o lo intuimos pero sin confirmarlo hasta que nos alcanza la muerte.

Y en el transcurso de esos muchos intentos vamos, sin darnos cuenta, aprendiendo cosas sobre la vida, sobre nosotros mismos y sobre los demás. No siempre es agradable, pero si todos los caminos llegan a Roma, también nuestros esfuerzos todos suelen ir en una dirección específica.

Por eso es que no podemos comenzar de cero. Solo un cigoto recién creado tiene esa prerrogativa.

Es cierto, a veces nos desviamos de nuestro camino, pero una especie de imán vital tiende a regresarnos a la ruta correcta. Y si somos lo suficientemente tercos como para persistir en nuestros intentos, tarde o temprano las condiciones se darán y tendremos éxito o, al menos, sabremos que nos faltó tiempo, suerte o tesón como para llegar al punto que teníamos destinado desde el principio.

¿Que si creo en el destino? No, en absoluto. Creo en la vocación.

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Mentiras y otras mentiras

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Podría decirse que hay muchos tipos de mentiras, y la forma de medirlas varía de persona a persona. Esto se convierte en un problema enorme cuando se trata de identificar cual es la peor de todas ellas, el engaño más descarado o aquella frase que, de creérnosla, provoque más daño.

Si tuviese que definir la mentira, aunque me da un poco de pereza, creo que no basta sólo con decir que se trata de algo que no es verdad. Yo añadiría que se trata de una falsedad voluntaria, pues las cosas que no son ciertas pero dichas sin intención de engañar se llaman errores.

 

La mentira más grande

Así pues, hasta el menos avispado podrá darse cuenta que me he metido en camisa de once varas al abordar este tema tan enredado, pues para identificar a la madre de las mentiras habría que inventar un mentirómetro o un aparato semejante, y buscar todas las mentiras dichas y por decir en todos los idiomas y naciones, incluso aquellas que solo han sido pensadas y no dichas, pues estarán de acuerdo conmigo que una mentira no necesita ser pronunciada para serlo, ¿verdad?

Siendo así las cosas, ni las fortunas conjuntas de Carlos Slim y Bill Gates alcanzarían para contratar los mentirólogos suficientes que, a jornada completa, se dedicaran a evaluar y contrastar mentiras, y ni el genio del individuo más inteligente sobre la Tierra bastaría para inventar una mentira tan perfecta que derrotase a todas las demás.

¿Estamos en un callejón sin salida? Probablemente. Aunque, si me lo preguntan, resulta que, amén de todo lo argumentado y como el burro que tocó la flauta, distingo una luz al final del túnel y esa luz promete una respuesta.

Sé bien que se sentirán decepcionados (yo mismo lo estoy) con la burda solución al acertijo, pero la mentira más grande del mundo es, evidentemente y por mucho que se empeñen nuestros políticos en soltarlas cada vez más grandes, que esta pueda ser alguna vez hallada.

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Catarsis y emociones

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El mundo no es tan complicado. En realidad está hecho para tomárselo a broma, aunque convivir con otros lo enreda un poco. Para colmo, está el hecho de que llevamos dentro un manojo de ideas que no se llevan bien unas con otras. Y a menos que tengamos la inteligencia de un mosquito y solo tres ideas en la cabeza: Alimentarnos, reproducirnos y evitar que alguien nos aplaste, el resultado suele ser la infelicidad. Infelicidad generalizada, que esto no es cosa de uno solo.

Aunque, pensándolo bien, hay algún que otro mosquito a quien le caería bien una visita al psicoanalista: ¿Comer primero o reproducirse? ¿Huir o dejarse aplastar para terminar de una vez por todas con su insignificante vida? Y si la vida de nuestro hipotético mosquito resulta complicada, ¿Qué podemos decir de la nuestra? Quizás mejor sea no pensarlo demasiado

Claro, hay mosquitos que tienen sus prioridades en la vida bien claras y no andan lloriqueando por los rincones como algunos de nosotros. Podríamos aprender un par de cosas de ellos. Razonar al estilo mosquito requeriría, en primer lugar, tirar por la borda  toda la basura que nos mete en conflictos (hacer catarsis). Luego, libres de esos pensamientos incómodos, volar ligeros en busca de un buen festín, o de la dueña de nuestros zumbidos.

De la muerte no hemos de preocuparnos mucho, pues nos llegará pronto por causas naturales o tan repentinamente que no tendremos tiempo de ver pasar la vida frente a nuestros ojos. Un sólido golpe con una revista hecha rollo y descender exánimes al suelo donde, con surte, alguien barrerá nuestros despojos.

…pero somos humanos y eso lo complica todo. No nos basta con vivir en el mundo sino que hemos de cambiarlo y, desde niños, nos enseñan que tenemos un destino que cumplir. Lo difícil es hallarlo.

No conozco a un solo mosquito que sienta envidia de los hombres, pero hay miles de personas que, sabiéndolo o no, añoran la simplicidad de una vida plena y simple, aunque sea breve como la de un mosquito o inconcebiblemente larga como la de algunas tortugas.

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La furia y el éxito

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Es incómodo tener que admitirlo, pero somos seres iracundos por naturaleza.

De niño alguien me inculcó en la memoria que el que se enfada pierde, así que procuraba no enfurecerme y aún así perdía. Luego intenté competir furioso y el resultado fue el mismo. Claro, no siempre fracasaba, pero comencé a darme cuenta que la furia y el éxito tienen poco que ver.

Basta fijarse en cómo hablamos: “Este tipo tiene coraje” o “luchó con furia y venció”. Por otra parte, se asocia al miedo con la derrota y a la falta de arrojo con la cobardía y la ausencia de logros.

 

Valentía y miedo. Inteligencia y perseverancia.

En la fantasía (y en la historia), los héroes siempre son valientes, intrépidos, llenos de coraje y a veces bravucones. Los derrotados tienen miedo, dudan, huyen y se esconden. Eso ha sido siempre así.

Pero estos arquetipos de la era de las cavernas se están derrumbando. Los machos alfa podrán gustarles aún a las chicas pero, independientemente de ello, golpearse el pecho como un gorila o intimidar a los demás con despliegues de fuerza ya resulta anticuado, por no decir ridículo.

Estamos en la era de la inteligencia, de la serenidad, de la perseverancia. Vale más un tipo reflexivo y dedicado que diez heroicos gigantes con músculos como montañas, bañados en sudor y sangre y con la espada en todo lo alto.

…y la relación entre el enojo y el éxito (o el fracaso) solo tiene validez si esto influye sobre la razón, una situación que a veces sugiere la búsqueda de ayuda profesional.

El valor, pues, se ha ido redefiniendo y aunque los chicos (y algunas chicas) seguirán usando los puños, en el mundo adulto los valientes pueden ser sujetos como Einstein o Stephen Hawking o Spinoza, que han conquistado no solo mundos, sino universos enteros con la asombrosa fuerza de sus cerebros y, en muchos casos, sin levantarse de la silla.

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Me encantan las biografías

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Soy un entusiasta lector de biografías y no me importa si son noveladas o históricas. Incluso, disfruto de las autobiografías, aunque en este caso hay que leer entre líneas para descubrir algunas cosas que el autor se calla por pudor o por el simple deseo de ocultar sus defectos.

La razón de mi afición a las biografías (he leído cientos) tal vez se oculte detrás de un oscuro voyeurismo o, quiero pensarlo así, del deseo de aprender cómo es que esos importantes personajes llegaron a obtener logros tan marcados, no importa si se trata de un músico de rock o de un científico, un escritor o un caudillo revolucionario.

Lo cierto es que siempre me parecen apasionantes. Aportan puntos de vista distintos del que uno puede tener de muchas concepciones de la vida misma. En ocasiones sirven para hacerte ver cosas que, hasta ese preciso momento, nunca te habrías terminado de plantear.

 

Aprender de las biografías

Claro, nadie experimenta en cabeza ajena como dice el dicho y leer la biografía de Miguel Ángel no nos convertirá en soberbios escultores, arquitectos o pintores pero, al menos a mí, me resultan lecturas inspiradoras. Descubrir los rasgos de carácter que hicieron a Leonardo Da Vinci un hombre universal, o saber cómo Santiago Ramón y Cajal venció los inconvenientes que le planteó la vida hasta convertirse en un científico que será recordado por siempre me estimula, me entusiasma, me divierte y, al mismo tiempo, se alzan como una fuente de inspiración.

Claro, no todas las biografías son reflejos del éxito. Las hay tristes y con finales trágicos, como la de Van Gogh. Pero asomarse a otra vida además de la nuestra nos enseña siempre algo.

A veces, cuando la biografía es buena, es como sentarse a tomar una larga taza de café con alguien prodigioso y escuchar de sus propios labios cómo fue su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. No se nos permite hablar ni hacer preguntas, pero con frecuencia él o ella se adelanta nuestras dudas y, tras estrechar su mano y despedirnos, somos otros, sutilmente diferentes y, con frecuencia, mejores.

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El arte de los sueños

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Los sueños son uno de esos fenómenos que ni los entendidos en la materia han podido descifrar por completo. Y si bien algo se sabe sobre los mecanismos que los provocan, la forma en que se producen y la función que desempeñan en nuestro cerebro permanecen siendo un misterio que se ha abordado desde todos los puntos de vista posibles sin encontrar una respuesta definitiva.

Queda claro que soñar, no simplemente dormir, es indispensable para la salud mental de un individuo. Y todos soñamos, lo recordemos o no. A veces podemos reconstruir el sueño completo, ocasionalmente un trozo y, con frecuencia, nada. Lo perdemos todo pero hay una región de la memoria, inaccesible, que guarda la historia entera: las aventuras, miedos y personajes que nos han tenido ocupados durante la noche.

 

Sueños e historias

Unos dicen que los sueños existen para ser olvidados, pero a mí me pasa con frecuencia que sueño que escribo, y de ahí han surgido no pocas historias breves que, mezcladas con la lógica del que ha despertado, se convierten en narraciones, así que el mérito de algunos de mis textos lo debo, al menos en parte, a esa zona irracional del pensamiento que sucede lejos de mi voluntad, en el terreno donde moran los fantasmas, lo imposible y lo francamente ajeno a la forma y a las reglas que gobiernan el mundo real.

A veces pienso que es como si viviésemos dos vidas independientes: La que transcurre mientras estamos despiertos y otra, compuesta de ese otro ser que somos pero que apenas asoma la nariz de vez en cuando. Hay elementos intermedios, pero son solo residuos del día que hemos dejado atrás. La verdad, la auténtica, sigue un curso oculto y subrepticio que nos hace libres como solo podemos serlo cuando hemos abandonado el yugo, la cadena y los prejuicios… cuando somos únicamente nosotros.

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Siempre pretextos

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Pasamos buena parte de nuestra corta vida buscando atajos… una pérdida de tiempo, porque la vía más corta para llegar a algún lugar es la línea recta.

Sin embargo, nos inventamos rutas alternas, a veces más largas que el camino original. Y hacemos pausas, con el pretexto de retomar fuerzas o de recapacitar acerca de nuestra decisión.

En el peor de los casos, arrastramos a otros que creen en nuestra intuición, en la visión del futuro que les hemos expuesto, porque es siempre un camino más sencillo, que implica menos esfuerzo, menos originalidad, menos riesgo. Creer en otro es infinitamente más sencillo que confiar en uno mismo.

El camino se convierte entonces en una parodia del explorador que todos llevamos dentro. En lugar de correr hacia nuestro destino, detenemos la marcha cada pocas horas, tomamos fotografías, encendemos una fogata para recapitular acerca de lo ya visto y hacemos un cómodo y aparentemente conveniente alto en nuestra travesía.

Actuamos con cobardía, porque enfrentar el problema de forma directa o atravesar la espesa maleza de la selva conlleva riesgos. Y una parte primitiva de nuestro cerebro nos dice que los riesgos deben ser evitados, aunque estos impliquen solo la frustración, algunos obstáculos que han de ser vencidos o, lo peor, cierta incertidumbre sobre la certeza del rumbo.

Y la vida cotidiana no es tan distinta de ese panorama estilo “safari”. Proponer una idea original, acortar los caminos hacia una meta o enfrentarnos con la autoridad cuando esta es irracional y obtusa, requiere coraje, convicción y cierto grado de arrojo, de riego al desafiar las reglas y tomar la iniciativa, por irrelevante que parezca.

Lo demás, es el simple y despreciable deseo de trabajar menos y tener a todo el mundo contento, de quedarnos flotando en una piscina tibia y plácida bajo los cálidos rayos del sol mientras la vida sucede en otra parte.

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La memoria, ese recurso imperfecto

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La memoria, los recuerdos, pueden ser nuestra mejor arma o un enorme obstáculo para seguir avanzando, para continuar nuestro camino. Es tan maleable, tan dúctil, que resulta un poco ingenuo confiarle cosas importantes. Aun así, siempre está ahí, impasible, a la espera de que puedas recurrir a ella.

Pero el peor enemigo de la memoria es el tiempo. Un recuerdo feliz puede no serlo tanto pasados unos años, y viceversa. Pero también pasa que un suceso doloroso empeore, y que uno apenas grato se vuelva una fuente de gozo como ningún otro de los que atesoramos. E inevitablemente, si se habla de los recuerdos hay que darse una vuelta por el olvido, ese monstruo informe y destructivo que va devorando poco a poco nuestro pasado. Y lo peor del caso es que con frecuencia no nos damos cuenta. En el mejor de los casos queda algún escombro, un indicio de que ahí había algo que hemos perdido para siempre.

 

Cuando los recuerdos se convierten en el presente

Pasado un tiempo (y en unos más que otros), los seres humanos comenzamos a vivir el presente a través de los recuerdos. Mientras que en la infancia todo es nuevo, en la edad adulta muchas cosas nos traen a la memoria otras parecidas. Es eso que denominamos dejavú, o la sensación de haber vivido anteriormente según que situaciones.

El truco está, a final de cuentas, no en evitar crecer, sino en conservar algo de la ingenuidad que alguna vez dominó nuestra vida entera. Ver el mundo con los ojos bien abiertos y la imaginación libre de prejuicios es lo único que nos salva de envejecer prematuramente pues, a final de cuentas, ser joven (verdaderamente joven) es vivir el presente como si este hubiese sido recién inventado.

No digo que busquemos el olvido, sino que mantengamos a raya los recuerdos cuando estos no sean necesarios, cuando estorben o cuando impidan disfrutar de lo que estamos viviendo, sintiendo, descubriendo. Muchas veces pueden conventirse en un impedimento para disfrutar del presente.

Así, cuando llegue la vejez, tendremos un pasado más generoso y mucho más material para aburrir a nuestras víctimas.

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Pensar en grande

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Pensar en grande, contra lo que parece, es meditar a pequeña escala, en las minucias, en los detalles, en todas esas cosas que no queremos que se nos pasen por alto. Pensar en grande implica visualizar el objetivo final sin descuidar los puntos intermedios.

No es algo tan sencillo como parece, pues se debe tener una imagen bastante clara del destino y de las escalas, las metas parciales, los objetivos. Son bastantes los parámetros a tener en cuenta.

Mucha gente llama a esta pareja de objetivos y metas “estrategia y táctica”, ignorando que ambos procesos son parte del mismo camino: ¿Qué clase de persona vislumbra un destino sin considerar las escalas, las obligadas pausas antes de conseguir el objetivo?

Pero hay personas de todas clases. Unas piensan solo en las metas parciales y otras están obsesionadas con el resultado final, aunque no sepan qué hacer cuando lo consigan. Ese “después de…” marca la diferencia entre un estratega y un táctico, y por desgracia la mayor parte de nosotros estamos preocupados por lo que sucederá mañana y no por lo que haremos en unos años, cuando los esfuerzos cristalicen, cuando la realidad largamente imaginada se transforme por fin en un hecho.

Si nos preocupamos solo por aquellas cosas que sucederán a corto plazo, probablemente quemaremos más energías de las que tenemos y nuestros esfuerzos, aunque generosos y llenos de ambición, terminarán siendo una colección de acciones inconexas, que no llevan a ninguna parte o que no apuntan en una dirección específica. Podremos trabajar de sol a sol, pero sin un punto que marque el destino, puede que andemos en círculos y jamás avancemos, que cuando hagamos un balance caigamos en la cuenta de que estamos tan lejos del final como cuando comenzamos.

Esos pequeños logros obtenidos mientras tanto pueden deslumbrarnos, hacernos creer en el espejismo que tenemos ante nuestros ojos y, al final, dejarnos con un palmo de narices: vacíos, cansados y algo decepcionados por haber malgastado nuestro tiempo de esa manera.

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