Vida en Salamanca
Cuento, opino y comparto. Por Fernando B.
 
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Me encantan las biografías

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Soy un entusiasta lector de biografías y no me importa si son noveladas o históricas. Incluso, disfruto de las autobiografías, aunque en este caso hay que leer entre líneas para descubrir algunas cosas que el autor se calla por pudor o por el simple deseo de ocultar sus defectos.

La razón de mi afición a las biografías (he leído cientos) tal vez se oculte detrás de un oscuro voyeurismo o, quiero pensarlo así, del deseo de aprender cómo es que esos importantes personajes llegaron a obtener logros tan marcados, no importa si se trata de un músico de rock o de un científico, un escritor o un caudillo revolucionario.

Lo cierto es que siempre me parecen apasionantes. Aportan puntos de vista distintos del que uno puede tener de muchas concepciones de la vida misma. En ocasiones sirven para hacerte ver cosas que, hasta ese preciso momento, nunca te habrías terminado de plantear.

 

Aprender de las biografías

Claro, nadie experimenta en cabeza ajena como dice el dicho y leer la biografía de Miguel Ángel no nos convertirá en soberbios escultores, arquitectos o pintores pero, al menos a mí, me resultan lecturas inspiradoras. Descubrir los rasgos de carácter que hicieron a Leonardo Da Vinci un hombre universal, o saber cómo Santiago Ramón y Cajal venció los inconvenientes que le planteó la vida hasta convertirse en un científico que será recordado por siempre me estimula, me entusiasma, me divierte y, al mismo tiempo, se alzan como una fuente de inspiración.

Claro, no todas las biografías son reflejos del éxito. Las hay tristes y con finales trágicos, como la de Van Gogh. Pero asomarse a otra vida además de la nuestra nos enseña siempre algo.

A veces, cuando la biografía es buena, es como sentarse a tomar una larga taza de café con alguien prodigioso y escuchar de sus propios labios cómo fue su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. No se nos permite hablar ni hacer preguntas, pero con frecuencia él o ella se adelanta nuestras dudas y, tras estrechar su mano y despedirnos, somos otros, sutilmente diferentes y, con frecuencia, mejores.

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