Vida en Salamanca
Cuento, opino y comparto. Por Fernando B.
 
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La memoria, ese recurso imperfecto

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La memoria, los recuerdos, pueden ser nuestra mejor arma o un enorme obstáculo para seguir avanzando, para continuar nuestro camino. Es tan maleable, tan dúctil, que resulta un poco ingenuo confiarle cosas importantes. Aun así, siempre está ahí, impasible, a la espera de que puedas recurrir a ella.

Pero el peor enemigo de la memoria es el tiempo. Un recuerdo feliz puede no serlo tanto pasados unos años, y viceversa. Pero también pasa que un suceso doloroso empeore, y que uno apenas grato se vuelva una fuente de gozo como ningún otro de los que atesoramos. E inevitablemente, si se habla de los recuerdos hay que darse una vuelta por el olvido, ese monstruo informe y destructivo que va devorando poco a poco nuestro pasado. Y lo peor del caso es que con frecuencia no nos damos cuenta. En el mejor de los casos queda algún escombro, un indicio de que ahí había algo que hemos perdido para siempre.

 

Cuando los recuerdos se convierten en el presente

Pasado un tiempo (y en unos más que otros), los seres humanos comenzamos a vivir el presente a través de los recuerdos. Mientras que en la infancia todo es nuevo, en la edad adulta muchas cosas nos traen a la memoria otras parecidas. Es eso que denominamos dejavú, o la sensación de haber vivido anteriormente según que situaciones.

El truco está, a final de cuentas, no en evitar crecer, sino en conservar algo de la ingenuidad que alguna vez dominó nuestra vida entera. Ver el mundo con los ojos bien abiertos y la imaginación libre de prejuicios es lo único que nos salva de envejecer prematuramente pues, a final de cuentas, ser joven (verdaderamente joven) es vivir el presente como si este hubiese sido recién inventado.

No digo que busquemos el olvido, sino que mantengamos a raya los recuerdos cuando estos no sean necesarios, cuando estorben o cuando impidan disfrutar de lo que estamos viviendo, sintiendo, descubriendo. Muchas veces pueden conventirse en un impedimento para disfrutar del presente.

Así, cuando llegue la vejez, tendremos un pasado más generoso y mucho más material para aburrir a nuestras víctimas.

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