Blog de Antonia Durán Ayago
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Archivo | 22 junio 2016

Sin título

Cuando comenzó 2020 nada hacía presagiar este final. Las buenas intenciones de cada año nos acompañaban, añadida además la creencia de que iniciábamos un año redondo, por lo de 20 20. Un cambio de década en el que nada vaticinaba lo que había de venir. Desde marzo hasta ahora nos hemos esforzado en sobrevivir como buenamente hemos podido quienes hemos tenido la suerte de haberlo podido hacer. Se han quedado muchas personas, demasiadas por el camino. Es verdad que despedimos el año con la esperanza en que la ciencia pueda mitigar las consecuencias de este virus, pero sin haber aprendido demasiado de la experiencia. Al menos, eso parece desprenderse de cómo nuestras autoridades están actuando en estas fiestas, sin ser capaces de adelantarse para evitar una tercera ola, que será peor que la anterior, porque ya nos encontrará más diezmados.  Las continuas apelaciones a la responsabilidad individual ponen de manifiesto el fracaso de la responsabilidad colectiva. No es que sea algo nuevo ni derivado de esta pandemia. Es algo que ya se apreciaba antes de ella y que ahora se ha manifestado con evidencia. Lo que nos debería hacer pensar en un fracaso colectivo y en la necesidad de replantearse en qué medida el contrato social ha de cambiar para que realmente sea operativo.

Pese al pesimismo, comenzamos nuevo año y lo cierto es que necesitamos seguir empujando, los que podemos hacerlo, para que esto comience a cambiar. Cada cual desde su ámbito, pero hay que tirar con fuerza para salir. Como sea, de este agujero negro que ha sido 2020. Y para poder hacerlo necesitamos mantenernos con salud, bien más preciado de todos. Así que a cuidarse y a empezar el nuevo año con esperanza.

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