Blog de Antonia Durán Ayago
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Archivo | junio, 2016

Estado de alarma

Estarán conmigo en que el nuevo estado de alarma que se ha decretado no es más que un instrumento jurídico para limitar derechos y capacitar, en este caso, a las Comunidades autónomas a tomar decisiones con mayor agilidad, sin necesitar del refrendo judicial previo que en muchos casos, y de forma dispar entre Comunidades, no se había obtenido. Estarán conmigo también en que lo deseable hubiera sido no llegar a esta situación, y haberse reaccionado antes y mejor, en esa nueva normalidad de la que tanto se habló y se jactó el Gobierno, lo que si se hubieran tenido las cosas claras tampoco hubiera sido tan difícil. La cuestión es que tras la desescalada que comenzó en junio, los datos han ido empeorando progresivamente y de forma exponencial a partir de septiembre.  Considero que los ciudadanos tenemos derecho a saber cómo ha actuado cada Administración preparándose para un escenario que ya en abril era previsible. Da la sensación, en cambio, de que cuesta reaccionar y cada cual sigue haciendo la guerra a su modo y por su lado. Y este es un error en el que de forma incomprensible se ha persistido en el actual estado de alarma, estableciendo como autoridades delegadas a los presidentes de las Comunidades autónomas, a diferencia del anterior en que el mando único estaba en el Ministerio de Sanidad. No ha habido explicaciones sobre el cambio de estrategia, más allá de cómo pinta la situación política que está siendo mala aliada para combatir la pandemia en nuestro país. Escuchar al presidente del gobierno el domingo apelando a la moral de victoria creo que da buena imagen de la talla de en manos de quiénes estamos. Visto lo visto, con un escenario tan complejo en el horizonte, no queda más que apelar a la responsabilidad individual, porque la colectiva está bastante afectada. Se han encargado de destruirla a conciencia.

Y así las cosas creo que ha llegado la hora de dejar de escribir sobre este tema.

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La obediencia a ti debida

Será porque desde hace años elegí como objeto de estudio una disciplina, el Derecho internacional privado, que requiere dotarse de grandes dosis de empatía, y de capacidad de diálogo, y de intentar entender al otro para lograr una justicia construida desde el entendimiento de diferentes, que al estado de descontrol en que vivimos prefiero enfrentarme desde el análisis (militante), antes que desde la sumisión y la pleitesía. Soy consciente de que predico en el desierto, pero no me importa. Quiero pensar que todavía la libertad de pensamiento cotiza al alza, aunque no menudee.

Es cierto que ya noto cómo se acumula el cansancio por ver por todos lados debates llenos de falacias. En ese afán por simplificarlo todo ahora resulta que me he convertido en defensora a ultranza de la docencia on line. Nada más lejos de mi intención. Pero el sambenito ya lo llevo. Y todo por demandar que ante situaciones excepcionales se actúe también con excepcionalidad, siempre que se pueda y no se ponga en riesgo el objetivo que perseguimos todos los docentes, que es impartir nuestra docencia con calidad, de manera que transmitamos el conocimiento a nuestros alumnos con las mejores metodologías y herramientas. Y es aquí, me repito, donde digo que tendríamos que haber hecho mucho más desde marzo hasta ahora para prepararnos para el escenario que, lo queramos o no, se nos avecina. Ya no habrá sorpresa. Ahora hay resistencia, y como la resistencia gira en torno a la presencialidad, pues resistiremos, aunque no tengamos apenas alumnos en el aula y la mayoría (a dos semanas del inicio del curso) nos sigan ya on line.

Toda esta energía que estamos gastando en la entelequia de la presencialidad segura deberíamos haberla empleado en organizar el escenario que era más previsible desde abril y no obcecarnos en lo que nos gustaría que fuera. El virus, desgraciadamente, no se ha ido, y tardará en irse. Así que después de haber invertido medios y esfuerzos en organizar la presencialidad segura, trabajo que probablemente había que hacer y que todos los docentes agradecemos, ahora me pregunto si habrá llegado el momento de poner en práctica soluciones para una docencia de calidad on line. Es sólo una pregunta retórica.

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La incertidumbre no se gestiona con giros de guión

Vivimos acosados por las noticias en torno a la pandemia. Desde el índice de contagios por 100.000 habitantes, al número de fallecidos, a las restricciones que ahora tienen su máximo exponente en el confinamiento perimetral, a Ayuso, Almeida y sus continuas declaraciones para echarse a temblar. Pero en esta sobreabundancia informativa, por paradójico que parezca, predomina la desinformación. Que genera incertidumbre que se añade al miedo. También al periodismo le está costando estar a la altura.

Y en toda esta vorágine que apenas nos deja respirar, las amenazas constantes a los cambios bruscos de guión son una realidad. Ahora se ha tomado como rehenes a los estudiantes. En una situación que heredamos del verano en que en muchas zonas había transmisión comunitaria, ahora parece que son los universitarios los que están provocando un aumento de contagios. Curiosamente, los datos no importan. O simplemente no existen. Pero hay que buscar un chivo expiatorio, y los estudiantes son presa fácil. Me preocupa toda la irresponsabilidad que hay tras estas noticias. Por centrarme en Salamanca, el ayuntamiento, sabedor del aporte de la Universidad a la economía de la ciudad, ha insistido en que se retomara la actividad presencial. Muy esclarecedora a todos los niveles, la entrevista al alcalde y a los dos rectores publicada el pasado domingo en el diario El País. El propio alcalde ha reconocido que las fiestas universitarias son difíciles de controlar. Pero al tiempo ayer la Consejera de Sanidad, ponía el foco en los estudiantes y en su irresponsabilidad en las fiestas, poniendo en riesgo a la población de Salamanca, avanzando ya el posible paso a la modalidad on line de la educación universitaria. En paralelo la Universidad publicita a los cuatro vientos expulsiones cautelares que en realidad son suspensiones por catorce días a los estudiantes irresponsables. Es una utilización tan espuria de la Universidad y de los universitarios por políticos y responsables que genera rabia y pena.

Porque no nos engañemos. Ya en abril sabíamos de este escenario. Entonces ya se planteaba que la actividad presencial no podría recuperarse, en el mejor de los casos, hasta el segundo cuatrimestre. Pero el giro de guión vino cuando lo económico se priorizó por encima de cualquier otro interés. Había que alquilar los pisos, había que traer los estudiantes a la ciudad para que en ella consumieran. Ahora que ya están aquí, con un problema de transmisión comunitaria que ellos no han creado, se empiezan a publicitar expulsiones que no son tales, por alguna fiesta que se estira hasta el infinito, y que probablemente tomen como excusa para decir que no se puede continuar con la actividad presencial/semipresencial. Si así fuera, el engaño a todos los niveles sería tan profundo que de alguna manera habría que exigir responsabilidad. Porque no todo vale.

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Si España no fuese España

Quizás la gestión de esta pandemia habría sido diferente. Puede que mejor. El Estado de las autonomías ha fracasado estrepitosamente: ni solidaridad ni corresponsabilidad. El Estado, de forma incomprensible, se ausentó durante los meses de verano, dejando al albur de las autonomías la gestión de esta pandemia que no entiende de territorios, aunque así se ha planteado desde la desescalada. Palabras aparte merece la Comunidad de Madrid, que ha tomado como rehén a sus ciudadanos para hacer oposición al gobierno de la nación, con un sobrepasado Casado, que a todas luces naufraga.

Habría que preguntar dónde han estado los científicos durante todo este tiempo; por qué no se les ha dado la palabra; por qué no se ha reunido hasta hace unos días, el comité de expertos que el gobierno decidió crear. Por qué no se adoptaron criterios uniformes y claros para todos desde el principio. Por qué hemos malgastado tanto tiempo cuando este tiempo puede salvar vidas.

El desastre va alcanzando cada vez cotas más preocupantes. La atención primaria sobrepasada, sin atender las necesidades reales de los ciudadanos. Personas que con enfermedades graves no son atendidas. Citas que se demoran sine die. No puede ser que hayamos llegado a esto. Bueno, sí puede ser. Porque el sistema que teníamos no era ni tan robusto ni tan eficaz como se vendía.

Habrá que replantearse muchas cosas. No parece que el sistema de salud fraccionado en autonomías, sólo sea apto para atender a las necesidades territoriales. Si las UCIs de una autonomía ya no tienen disponibilidad de camas, ¿no sería lógico derivar a esas personas a otras UCIs, aun de otra autonomía? Pregunto. Y qué pasa con las residencias de mayores. ¿Nadie va a decir nada al respecto? ¿No se va a asumir ninguna responsabilidad?

Si España no fuese España, habría habido dimisiones y los representantes políticos estarían todos a una trabajando por sacar lo mejor de lo que tenemos para superar esta crisis. Sé que muchos lo están haciendo, afortunadamente. Pero hay otros muchos que no, y esos son los que soliviantan.

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