Blog de Antonia Durán Ayago
Miscelánea
 
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Archivo | junio, 2016

Sin título

Cuando comenzó 2020 nada hacía presagiar este final. Las buenas intenciones de cada año nos acompañaban, añadida además la creencia de que iniciábamos un año redondo, por lo de 20 20. Un cambio de década en el que nada vaticinaba lo que había de venir. Desde marzo hasta ahora nos hemos esforzado en sobrevivir como buenamente hemos podido quienes hemos tenido la suerte de haberlo podido hacer. Se han quedado muchas personas, demasiadas por el camino. Es verdad que despedimos el año con la esperanza en que la ciencia pueda mitigar las consecuencias de este virus, pero sin haber aprendido demasiado de la experiencia. Al menos, eso parece desprenderse de cómo nuestras autoridades están actuando en estas fiestas, sin ser capaces de adelantarse para evitar una tercera ola, que será peor que la anterior, porque ya nos encontrará más diezmados.  Las continuas apelaciones a la responsabilidad individual ponen de manifiesto el fracaso de la responsabilidad colectiva. No es que sea algo nuevo ni derivado de esta pandemia. Es algo que ya se apreciaba antes de ella y que ahora se ha manifestado con evidencia. Lo que nos debería hacer pensar en un fracaso colectivo y en la necesidad de replantearse en qué medida el contrato social ha de cambiar para que realmente sea operativo.

Pese al pesimismo, comenzamos nuevo año y lo cierto es que necesitamos seguir empujando, los que podemos hacerlo, para que esto comience a cambiar. Cada cual desde su ámbito, pero hay que tirar con fuerza para salir. Como sea, de este agujero negro que ha sido 2020. Y para poder hacerlo necesitamos mantenernos con salud, bien más preciado de todos. Así que a cuidarse y a empezar el nuevo año con esperanza.

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Buenos deseos

 

Hoy es el último día antes de vacaciones de navidad. Ya van quedando pocos días de este aciago año.

No se puede decir que este año haya estado lleno de buenos momentos. Los ha habido, claro, pero la dureza con que nos ha embestido los ha ido desdibujando. Pérdidas personales. Pérdidas de proyectos que quedaron inacabados. Pérdidas. Quizás por ello en estos días sea más necesaria que nunca la esperanza, bien entendida, militante y activa, pero al cabo esperanza. Vamos a confiar en que el 2021 nos trate mejor y que seamos capaces de rehacernos para seguir haciendo el camino de la mejor manera posible.

Para todos aquellos que seguís este blog, lo mejor para estas fechas y para el próximo año. Salud y esperanza.

 

 

Navidad 2020

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Fin de la cita

El Reglamento del Defensor del Universitario de la Universidad de Salamanca contempla un procedimiento muy exigente para llegar a ser Defensor del Universitario. Exige obtener la mayoría absoluta del total de los claustrales, no de los que votan. Es un sistema que penaliza el cambio si se vuelve a presentar quien ostenta el cargo en funciones. Así viene ocurriendo desde hace cuatro años. El actual Defensor sólo obtuvo esta mayoría en diciembre de 2012 en que sólo concurrió su candidatura. Después de agotar ese mandato de cuatro años, se ha presentado siempre y siempre ha obtenido menos votos que el otro candidato.  La ejemplaridad de la que debería dar cumplida cuenta quien ostenta un cargo de esta naturaleza queda cuestionada. Pero más allá de ello, lo que esto demuestra es que el sistema está mal concebido, puesto que persiguiendo un apoyo excepcional del Claustro, lo que es comprensible por la entidad del cargo, permite que se perpetúe en él quien  menos apoyos tiene.  Así que urge cambiar este Reglamento.

Por mi parte, agradezco su apoyo a los 133 compañeros que han apoyado mi candidatura. Ha sido un respaldo importante y lo valoro en todo lo que vale. No he logrado culminar la cima pero el camino ha merecido la pena. Fin de la cita.

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Candidatura a la Defensoría del Universitario

La semana pasada se convocó Claustro para el próximo día 17 de diciembre. Es una sesión muy importante porque entre otros asuntos se debatirá y aprobará, en su caso, el Plan Estratégico de la Universidad de Salamanca 2020-2023. También se renuevan los miembros de varias comisiones y, entre otros puestos, la persona que estará al frente de la Defensoría del Universitario,  a la que he decidido presentarme.

En mayo de este año el equipo de docencia vio interrumpido el trabajo que veníamos desarrollando. Yo en ese momento estaba al frente de la Unidad de Evaluación de la Calidad. Tanto durante el confinamiento como en los dos años previos, desde que comenzó el mandato, habíamos impulsado importantes cambios. Muchos se quedaron a medias, otros lograron salir a tiempo. La cuestión es que en esta toma de contacto con la gestión a nivel de Universidad me di cuenta de todo lo que se puede hacer.

Desde la Defensoría del Universitario no sólo se atienden quejas y reclamaciones, sino que se puede llevar a cabo una labor de mediación, se pueden elaborar informes y recomendaciones, todo inspirado y orientado a potenciar la mejora de la calidad de los servicios que como Universidad ofrecemos. No dispone de competencias ejecutivas, así que los cambios que considere que deben ser impulsados dependen de que los hagan propios los órganos y servicios que tienen la competencia para ello.  El que exista un órgano de estas características en las Universidades debe ser conocido y utilizado por todos los miembros de la comunidad universitaria. No sólo está enfocado a garantizar el ejercicio de los derechos y libertades de los estudiantes, como desde fuera se podría pensar, sino también de PDI y de PAS.

Entre los desafíos inmediatos de quien finalmente ostente el cargo debe estar la puesta en funcionamiento de la Oficina de la Defensoría, contar con medios humanos y materiales suficientes para desarrollar eficazmente sus funciones, disponer de un registro auxiliar documental propio, desarrollar una página web, y fomentar todo lo que sea posible la transparencia y la accesibilidad. Y de entrada me parece también muy interesante poder mantener encuentros con los distintos órganos de representación de todos los sectores de la Universidad para servir de catalizador y también de vertebrador de la Universidad. En un proceso de escucha activa.

Este paso que he dado nadie me lo ha pedido. Y creo que está bien que así sea.  Los principios de autonomía e independencia que deben regir este órgano están garantizados. Así que todo depende de que los miembros de Claustro consideren que puedo ejercer correctamente este cargo. Yo he presentado mi candidatura desde el compromiso y la responsabilidad con la Universidad.

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Claves de un buen gestor

No es tarea sencilla la gestión universitaria. Pero para los académicos que tienen vocación de servicio constituye un espacio singular para poder transformar realidades. Para poder mejorarlas, poniendo en práctica ideas nuevas.

No es fácil ser un buen gestor. La primera tarea difícil es rodearse de un buen equipo en el que se tenga confianza y en el que se sepa delegar. Uno de los errores frecuentes es pretender acaparar todo sin permitir que los demás hagan su trabajo. Si esto se hace, si no hay trabajo real en equipo, todo acabará cayendo, como un castillo de naipes. Es cuestión de tiempo.

También es necesario diseñar un plan de actuación, marcarse unas metas muy concretas, informar de ellas y tener al día de su cumplimiento.

Hace falta dialogar y escuchar. Bajar al ruedo. Tener contacto directo con las personas, porque si no se corre el riesgo de gestionar para uno mismo, no para el colectivo.

Muy importante es también contextualizar, y no patrimonializar las instituciones. Afortunadamente, las instituciones están y son cuando uno llega y se quedarán y serán cuando uno se va. De lo que se trata es solo de contribuir de la mejor manera a que tu paso por ellas nos las desgaste ni se vean eclipsadas por cuestiones que nada tienen que ver con lo académico.

Tampoco es conveniente utilizar la gestión en la academia como trampolín hacia otros cargos. Eso es un error que tiene que ver con la patrimonialización a la que antes me refería.

Un buen gestor debe tener empatía y reconocer el trabajo de todos los que reman en su misma dirección. Un buen gestor debe respetar a todos los miembros de la comunidad a la que pretende servir.

A la vista está  que no son buenos tiempos para los buenos gestores.

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