Blog de Antonia Durán Ayago
Miscelánea
 
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Nueva normalidad en la Universidad

A finales de mayo, cuando los datos de fallecimientos habían disminuido y la curva de contagios había sido doblegada, probablemente todos ansiábamos recuperar la normalidad perdida. Tras el fin del estado de alarma en junio, se elaboró el decreto de la denominada nueva normalidad que, a mi juicio, ha sido un fracaso desde su inicio. La propia denominación ya inducía a equívoco, porque la normalidad tal y como la conocíamos iba a tardar en llegar, y mientras eso ocurría no hemos sido capaces, prácticamente desde ningún sector de la sociedad, de hacer otra cosa que la que ya hacíamos antes de que la pandemia llegara. Con mascarilla y distancia de seguridad, pero las mismas cosas. El teletrabajo, por ejemplo, desapareció por arte de magia, siendo así que cuando los datos de contagios empezaban a subir, la mayoría de las actividades habían vuelto a ser presenciales. Pero la inercia pudo más y es aún hoy, cuando los datos de contagios son alarmantes, cuando seguimos como si no pasara nada.

Si nos fijamos en la educación, ya lo he dicho en otras ocasiones, habría que discriminar por etapas educativas. Entiendo perfectamente que se intente mantener la actividad presencial en la educación primaria y en la secundaria, pero me cuesta más entenderlo en la educación universitaria. La consigna fue la misma para todo nivel educativo, máxima presencialidad. En la universidad además la calificaron como presencialidad segura, y, a mi juicio, aquí ha estado uno de los grandes errores de la gestión de esta pandemia. Me cuesta creer que a ninguno de los responsables, ni políticos ni académicos, se les ocurriera que en las ciudades universitarias que reciben estudiantes fundamentalmente de fuera, la llegada de estos podía provocar un efecto explosivo en la tasa de contagios, no por el tema de las fiestas, sino por el propio movimiento; el virus se expande con el movimiento, y los contagios en colegios mayores, residencias y pisos compartidos podían resultar fatales, como finalmente así ha sido. Esto era perfectamente previsible en abril. En abril ya se hablaba de un escenario on line prácticamente durante todo el curso. Pero de la noche a la mañana, se dieron consignas diferentes y en vez de comenzar a preparar la docencia on line, se comenzó a acondicionar los espacios para la docencia presencial/semipresencial. Comenzó el curso y a las dos semanas y media, ya había grupos dando la docencia on line por los contagios y en los grupos presenciales apenas asistían alumnos.  Claro, organizar la docencia on line no es cualquier cosa, no son clases síncronas sin más. Es necesario contar con herramientas y adaptar la metodología. Es formación. Pero algunos se amparan en la libertad de cátedra para no hacer nada de lo que se debería haberse hecho ya. Hemos dejado que el tiempo pasara, hemos procrastinado, pensando que a lo mejor las cosas se arreglaban solas. Y no. Desgraciadamente no ha sido así. Pero la gestión ha de valorarse también por cómo sus responsables son capaces de innovar y adelantarse a lo que está por venir, o por cómo se quedan paralizados sin ofrecer respuesta alguna a la situación tan grave que vivimos. Vivimos momentos excepcionales, para los que hacen falta gestores excepcionales. En un momento como el que vivimos el éxito hubiera estado no en aumentar el número de matriculaciones bajo la premisa de la presencialidad segura, sino en haber apostado responsablemente por el escenario previsible que se nos avecinaba y que ya tenemos encima. Ser consecuentes y empáticos, algo que en la nueva normalidad ya estamos viendo que no se estila.

 

Duran Ayago Antonia

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