Blog de Antonia Durán Ayago
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Archivo | 22 junio 2016

El falso dilema

Recuerdo que, al principio de todo, allá por marzo, a punto de que se declarara el estado de alarma, muchos nos llevamos las manos a la cabeza por que se suspendieran las actividades lectivas presenciales en la Universidad. El efecto contagio que se había producido en otros países antes y la situación de alarma generalizada llevó a esta situación. Y con ella, la suspensión de actividad presencial en todos los centros educativos. Esto ha supuesto un coste muy alto para todos, comenzando por los estudiantes que han hecho un esfuerzo ingente para adaptarse a la nueva situación, pero también para el profesorado que como hemos podido hemos intentado seguir al pie del cañón para acompañar a nuestros estudiantes en su proceso de aprendizaje. No hablamos del coste económico que en principio en esta situación debería desempeñar un papel secundario.

Hasta ahí, todo entendible, justificable, sostenible. Lo difícil viene ahora. Porque en una situación imprevista, en la que hay que reaccionar de manera inmediata, los errores se pueden perdonar. Pero a meses vista, con una situación de incertidumbre manifiesta, es necesario poner toda la imaginación en marcha para idear propuestas sostenibles. Ahora parece que los centros educativos están cerrados a la fuerza, y si no se abren es que hay una confabulación manifiesta contra la docencia presencial. Los hay que, reconvertidos, abogan por criterios económicos para retomar la actividad presencial, achacando a criterios mercantilistas el plan anonimizado de querer terminar con la actividad presencial, al menos en las Universidades. Curiosamente son los mismos que abogaron por el cierre de las universidades cuando había una amenaza para la salud pública. Todo esto denota la tensión tan tremenda que estamos viviendo.

A mi juicio, si algo ha fallado en la gestión de toda esta crisis es la transparencia. Se ha considerado que una sobreexposición informativa equivalía a transparencia. Pero no ha sido así. La contradicción aparente de abrir terrazas, locales nocturnos de ocio, hoteles, etc., y en cambio dejar cerradas las Universidades está generando un desconcierto que va en aumento. No se explica bien por qué estos lugares sí pueden abrir y en cambio las universidades y colegios no. Quizás en el Real Decreto de la nueva normalidad (odio este término) que se aprobará mañana se den las pistas para entender. Y más vale que así sea, porque si no, seguiremos enfrentados en el falso dilema de la presencialidad. Falso porque no creo que lo único que vayamos a sacar de todo lo que estamos viviendo sea que se pueda prescindir de la Universidad presencial. ¿Alguien en su sano juicio se lo puede plantear, siquiera?

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