Blog de Antonia Durán Ayago
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De vuelta

El próximo lunes, 26 de septiembre, comenzará un nuevo curso para los alumnos de la Licenciatura en Derecho de la Universidad de Salamanca. A estos alumnos que daré clase este año y que les queda un único curso para terminar su Licenciatura me gustaría poder trasmitirles algo diferente de lo que todo y todos se encargan de trasladar en los últimos tiempos: fe en uno mismo; confianza en que el trabajo bien hecho va a tener una recompensa y que con esfuerzo podrán labrarse un buen futuro laboral.

Los tiempos convulsos que vivimos, donde los mercados ya hasta determinan pactos políticos para cambiar Constituciones en plazos brevísimos, antes inusitados; donde todo parece presagiar lo peor; donde la sombra alargada de la economía justifica recortes en lo más básico como la educación o la sanidad; no animan demasiado. Y sin embargo, y aunque puede ser calificado por algunos como “optimismo antropológico”, considero que lo que hace falta en estos momentos es transmitir confianza; trabajar y confiar en que el esfuerzo de cada uno va a poder dar sus frutos. A medio o a largo plazo, pero no cejar en ese empeño.

Si no transmitimos eso, estamos perdidos.

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Punto y seguido

Julio es un mes raro en la Universidad. O al menos a mí me lo parece. Después de terminar siempre con prisa las últimas lecciones y después de los exámenes finales, se llega a un estado en el que añadido al vacío que se produce al terminar un curso, se une la marabunta de trámites burocráticos que hay que hacer, para actualizar tropecientas bases de datos en las que constan la labor de cada uno. El tiempo que se pierde en estos menesteres debería ser objeto de estudio pormenorizado. Pues lo mismo, te hacen repetirlo mil veces en otros mil formatos diferentes.

Pero superado ese escollo, julio también permite ponerse al día de todas las reformas y propuestas de reforma que se han ido produciendo a lo largo del curso y que apenas se han podido leer con sosiego. Es posible además hacer recuento de lo bueno y de lo malo que ha habido durante el curso. Y eso te ayudan a hacerlo los alumnos, que muchas veces, superados ya los exámenes, escriben correos dando su opinión que afortunadamente casi siempre es buena. Y permite plantear ideas para el futuro curso; futuros proyectos, ideas, iniciativas que algunas podrán realizarse y otras quedarán relegadas para otra ocasión más propicia.

En general, julio es un mes de punto y seguido. Necesario entre la actividad intensa y el futuro descanso. Permite oxigenar la mente, recuperar fuerzas e ir allanando el camino para lo que vendrá en septiembre.

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La importancia del esfuerzo

Quizás porque nadie me ha regalado nada, en lo que a la faceta laboral se refiere, aunque he tenido muy buenos maestros que me han enseñado lo que vale una hora de trabajo, me llama la atención y me entristece que haya alumnos que lleguen al aula con la máxima del mínimo esfuerzo grabada a fuego. Claro, eso hace que una asignatura como la que imparto -Derecho internacional privado- tenga tan mala prensa. Y la tiene porque ni yo ni mis compañeras creemos en el mínimo esfuerzo.

El mínimo esfuerzo sería llegar a clase sin llevar la última sentencia; sin estar atento a la última noticia relacionada con la materia aparecida en la prensa; sin comentar las novedades legislativas que en los últimos tiempos tanto han menudeado; en fin, sin intentar ofrecer al alumno la mejor formación. Pero a cambio, el que da, necesita recibir. Y para un profesor recibir implica tener a alumnos que no se limiten a ser taquígrafos, sino que participen activamente de las clases; preguntando, cuestionando, aportando ideas.

Una clase es un espacio ideal para poner en práctica lo que necesita la sociedad en general. Partiendo del conocimiento adquirido durante años y que transmite el profesor, los alumnos deberían hacer evolucionar ese conocimiento con preguntas que cuestionen su validez actual. Ese debate que tantas veces se echa en falta en las clases, es la semilla para hacer evolucionar el conocimiento.

Aunque algunos piensen en las clases como algo mecánico o rutinario, entiendo que una clase en la que haya esfuerzo por los dos lados puede ser más provechosa que horas de estudio en solitario.

Aprender a pensar cuesta; lo bueno es que una vez que se empieza ya es muy difícil dejar de hacerlo. Y es que el esfuerzo siempre merece la pena.

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