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Universidad de Salamanca
Blog de Antonia Durán Ayago
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Y España votó

En esta marabunta de idas y venidas, de políticos de quitan y pon, organizada por esa entelequia a la que llaman mercados, parece hasta reconfortante que en España al menos nos hayan dejado elegir a nuestros representantes, aunque la elección haya estado tamizada siempre por lo económico que ya no deja nada sin influir.

Ahora me preocupa si será cierta esa fortaleza que al Gobierno han otorgado estas urnas y tantos escaños servirán realmente para hacer frente a los mercados y también a Europa, para imponer un poco de racionalidad en todo esto, o esta mayoría absoluta que ha obtenido el PP no servirá más que para lanzarse en brazos del neoliberalismo más absoluto.

Y cuando la batalla económica escampe, si es que escampa que confíemos que así sea, lo siguiente será comprobar si todos los derechos que se han conquistado en estos últimos años no quedan más que en aguas de borrajas. Sería tan doloroso que así fuera…

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¿Desde cuándo votan los mercados?

No sé si habrá alguien que lea este blog. A juzgar por los pocos o nulos comentarios, lo dudo. Y aunque aspiro a que sea un lugar de pensamientos compartidos y si es posible generar el debate, entretanto no me resisto a utilizar este espacio para decir que NO SALGO DE MI ASOMBRO. No entiendo cómo asumimos como si nada, que en Grecia o en Italia se estén quitando gobiernos legítimamente elegidos para sustituirlos por otros, a merced de lo que parecen querer los mercados. ¿Pero es que nos hemos vuelto todos locos? ¿No hay nadie en la Unión Europea capaz de frenar esta oleada de despropósitos? ¿Tan poco contamos ya los ciudadanos? Tengo la sensación de estar asistiendo al declive absoluto de la Unión Europea. Todo se derrumbando ante nuestros ojos. Y todo debido a la conspiración orquestada de eso que se llaman los mercados que están empeñados en que caiga el euro. Y al final lo conseguirán, claro. La política se pliega una vez más ante el neoliberalismo más voraz. ¿Cuántas más capitulaciones se harán? ¿Tan grande es el monstruo que hemos construido llamado Europa, que engulle libertades y democracias como si nada?

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Elecciones generales 2011: lo que se juega la Universidad

No sé si la sensación que tengo respecto de estas elecciones estará o no muy extendida. Particularmente, pienso que son unas elecciones descafeinadas. Hay ausencia de debate político y parece que todo está ya decidido desde hace muchos meses. Quizás desde aquel mayo de 2010 en que el Presidente del Gobierno dio un giro inesperado a sus políticas y de la noche a la mañana abandonó lo que había sido su línea de gobierno en los últimos años para ceñirse o  plegarse a las exigencias que venían de Europa (o de los mercados de Europa).

A mí me hubiera gustado asistir a un debate de mayor nivel y más amplio que el que tuvimos la oportunidad de presenciar el pasado 7 de noviembre. Fue la puesta en escena de lo ya anunciado. No hubo nada nuevo bajo el sol.

Y claro, los ciudadanos, si atendemos a que todavía la democracia está en el pueblo, y no en los partidos políticos, que parece que la tienen secuestrada, esperábamos otra cosa. Esperábamos soluciones, posicionamientos. No reglas de perogrullo que entiende cualquiera, pues claro que todos sabemos que en el empleo está la clave del problema. La cuestión es de qué manera se genera empleo, y se hace crecer una economía que durante demasiado tiempo se ha asentado en el “ladrillo”. De eso no se habló ni se habla.

Y no sé si es porque ya todos estamos cansados; porque la desidia ha inoculado nuestras vidas o por qué, pero lo cierto es que ustedes como yo habrán observado que de Universidad prácticamente no se ha hablado en la campaña. Y lo que dicen los partidos políticos en sus programas tampoco tranquiliza. Hablar de Universidades de Excelencia está muy bien, pero sin apoyo económico es hablar de utopías, una vez más.

Hubo un tiempo en que algunos inocentes pensamos que los gobiernos iban a darse cuenta de que una de las principales herramientas para poder salir de la crisis estaba en la Universidad. Apoyar la Universidad supone abrir vías nuevas de desarrollo económico, en muchos casos, que en España apenas se habían empezado a explorar. Reducir los fondos destinados a I+D+i ha sido la prueba evidente de que no se ha querido o no se ha sabido dar un giro adecuado para reconducir la economía por otros caminos, diferentes a los ya transitados, conocidos y fracasados.

En vez de eso, nos encontramos con una terrible diatriba: mantener Universidades públicas sin fondos frente a privatizar Universidades. Evidentemente, frente a privatizar o tener menos fondos, yo elijo seguir manteniendo Universidades públicas. Pero me gustaría que en este debate escaso de ideas que se está produciendo en estos días, los políticos también escucharan a los ciudadanos, y quizás se darían cuenta que el compromiso que muchos, la mayoría, tenemos con el Estado del bienestar que tanto ha costado construir va más allá de unas siglas políticas. Los partidos tienen que adaptarse a lo que son, instrumentos de representación de la soberanía, y dejar de ser lo que aparentan,  liga de colegiales interesados en ganar el mayor número de sillones donde colocar a los amigos.

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En la encrucijada

Pensarán que soy recurrente, si vuelvo de nuevo a hablar de la situación económica y política que vivimos, pero es sabido que normalmente se escribe sobre lo que a uno le ocupa o le preocupa, y ciertamente, desde hace meses la sensación de que vivimos permanentemente al límite me preocupa.

Me preocupa que la idea de Europa se haya visto tan afectada y de forma tan negativa en los últimos meses. Sin duda, haría falta mucho más que un post para analizar con un mínimo de rigurosidad de dónde vienen estos lodos, y no pretendo con estas líneas descubrir nada que no se sepa, pero me parece que más que la idea económica, lo que vuelve a estar en juego es la idea política de Europa. Es cierto que el carácter económico de la Unión Europea ha estado en sus orígenes y que hoy en día es de vital importancia. El euro, que es el principal problema ahora, fue uno de los incuestionables logros de esa política económica que comenzó a fraguarse hace más de 50 años. Pero para que el euro fuera posible, fue necesario la apuesta decidida de algunos Estados de la Unión que lo vieron como una posibilidad para fortalecer sus exportaciones y en consecuencia sus economías. Ahora, cuando los ataques de los mercados han dañado la credibilidad de la idea misma del euro, y por extensión de la Unión Europea, es cuando nos damos cuenta de lo débil que era todo. Y lo es porque no se ha avanzado suficientemente en la idea política de la Unión Europea. Lo económico está muy bien, pero se necesita un refrendo político fuerte para no caer. Esa fuerza política falla y ahí nos vemos con la vergonzosa letanía que todos los días está en las noticias de incapacidades demostradas de hacer frente a la situación en que nos encontramos. Grecia ocupa buena parte de los desvelos, pero no nos engañemos, es un problema endémico que no parece que haya en estos momentos políticos con la suficiente solvencia para hacerle frente.

Espero que no se cumplan los presagios de los más agoreros y Europa no termine por hacerse añicos. Pero en estos momentos o se cambia de dirección o estamos abocados al fracaso.

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Por fin. ETA se acaba

Entre tanta mala noticia, no quiero dejar pasar ésta que a todos los que creemos en la democracia nos debería alegrar. Ese comunicado, tan largamente esperado, se produjo ayer tarde y desde entonces parece que la fuerza con la que es posible respirar se ha incrementado. Porque querámoslo o no, y aunque detrás de esta noticia todavía quede por andar un camino largo y difícil, lo cierto es que nos hemos liberado de una lacra que ya pesaba demasiado y que nos asediaba desde hace demasiado tiempo.  A las víctimas, hoy, hay que tenerlas más presentes que nunca, porque ellos han puesto algo más que palabras para que esto pudiera solucionarse. El coraje que han demostrado dista mucho de ser normal. Coraje y temple, y muchas lágrimas que hemos compartido todos, cuando nos asomábamos a un nuevo atentado. Hay que reconocer también la labor de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, jugándose la vida literalmente, para debilitar a esta banda terrorista y, por supuesto, a los mandos políticos, a todos ellos sin excepción, aunque haya algún exministro del Interior que por cierto fue muy bueno, que ahora parece que haya perdido la cabeza y va diciendo a diestro y siniestro barbaridades. Desde luego, hoy la democracia ha ganado.  Y confío en que lo que debe venir ahora, que no será fácil, se pueda resolver con firmeza, coraje y temple, que ha sido lo que ha caracterizado la lucha antiterrorista durante los últimos 43 años.

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Los pesimistas también se equivocan

Ayer noche escuché un programa en la Cadena Ser con el que disfruté especialmente. Se trataba de analizar la situación de crisis económica y para ello, Iñaki Gabilondo, del que me confieso firme admiradora, entrevistaba en la primera parte al ex presidente Felipe González y en un segundo tiempo, varios expertos economistas opinaban sobre lo dicho por González y ofrecían sus análisis sobre la realidad que nos acompaña.

Después de escucharlos, donde se mezclaban desde ojalá que erradas premoniciones de caos total o la hecatombe más absoluta, hasta llamadas a la confianza y al optimismo diletante, pasando por más o menos acertadas aportaciones de soluciones al problema irresoluto que ya nos entretiene demasiado tiempo, Iñaki Gabilondo terminaba con esta frase que da título a mi entrada de hoy: “Los pesimistas también se equivocan”.

Y me quedé pensando en el significado de esta frase. Porque por un lado puede tratarse de un convencimiento interno de que nada sea tan malo como parece y por otro, puede constatar un aforismo lógico: nadie tiene la varita mágica para adivinar el futuro. Así que puede que todos los agogeros se equivoquen y esto no sea más que una mala pesadilla.

Pero están los indicios y esa cifra de parados que nos acompaña que cada vez es más abultada. Y con las políticas que se están poniendo en marcha de contracción del gasto, no parece que la cosa vaya a ir mejor.

Yo no soy economista. Pero estoy en el mundo y observo, leo, escucho y pienso. Y eso me hace temer que estamos poniendo todo de nuestra parte para que los pesimistas no se equivoquen. Los pasos que están dando los gobiernos están ahondando en el mal, haciéndolo mayor. No atender a la economía real y apostar por una economía financiera, parece obvio que iba a llevarnos a esto. Pero lo que me preocupa es que no sólo no se corrige el sentido de la marcha, sino que vamos de nuevo en la misma dirección. En vez de apostar por una economía productiva, que genere empleo, por ejemplo a través del I+D+i, se opta por seguir el camino que ya sabemos a donde nos ha llevado.

Con estos políticos es muy fácil no equivocarse.

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De vuelta

El próximo lunes, 26 de septiembre, comenzará un nuevo curso para los alumnos de la Licenciatura en Derecho de la Universidad de Salamanca. A estos alumnos que daré clase este año y que les queda un único curso para terminar su Licenciatura me gustaría poder trasmitirles algo diferente de lo que todo y todos se encargan de trasladar en los últimos tiempos: fe en uno mismo; confianza en que el trabajo bien hecho va a tener una recompensa y que con esfuerzo podrán labrarse un buen futuro laboral.

Los tiempos convulsos que vivimos, donde los mercados ya hasta determinan pactos políticos para cambiar Constituciones en plazos brevísimos, antes inusitados; donde todo parece presagiar lo peor; donde la sombra alargada de la economía justifica recortes en lo más básico como la educación o la sanidad; no animan demasiado. Y sin embargo, y aunque puede ser calificado por algunos como “optimismo antropológico”, considero que lo que hace falta en estos momentos es transmitir confianza; trabajar y confiar en que el esfuerzo de cada uno va a poder dar sus frutos. A medio o a largo plazo, pero no cejar en ese empeño.

Si no transmitimos eso, estamos perdidos.

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Punto y seguido

Julio es un mes raro en la Universidad. O al menos a mí me lo parece. Después de terminar siempre con prisa las últimas lecciones y después de los exámenes finales, se llega a un estado en el que añadido al vacío que se produce al terminar un curso, se une la marabunta de trámites burocráticos que hay que hacer, para actualizar tropecientas bases de datos en las que constan la labor de cada uno. El tiempo que se pierde en estos menesteres debería ser objeto de estudio pormenorizado. Pues lo mismo, te hacen repetirlo mil veces en otros mil formatos diferentes.

Pero superado ese escollo, julio también permite ponerse al día de todas las reformas y propuestas de reforma que se han ido produciendo a lo largo del curso y que apenas se han podido leer con sosiego. Es posible además hacer recuento de lo bueno y de lo malo que ha habido durante el curso. Y eso te ayudan a hacerlo los alumnos, que muchas veces, superados ya los exámenes, escriben correos dando su opinión que afortunadamente casi siempre es buena. Y permite plantear ideas para el futuro curso; futuros proyectos, ideas, iniciativas que algunas podrán realizarse y otras quedarán relegadas para otra ocasión más propicia.

En general, julio es un mes de punto y seguido. Necesario entre la actividad intensa y el futuro descanso. Permite oxigenar la mente, recuperar fuerzas e ir allanando el camino para lo que vendrá en septiembre.

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Universidad, ¿mediocridad?

Me van a perdonar si hoy me tomo la licencia de criticar algunas cuestiones del sistema universitario. No es que quiera tirar piedras contra mi propio tejado. No seré yo  quien sostenga que la Universidad está en coma irreversible y que poco o nada tiene que aportar a la sociedad de nuestros días. No acostumbro a ser tan extremista en mis posiciones. Pero lo cierto es que un poco enferma sí que parece estar la Universidad, al menos la Universidad española que es la que más directamente conozco.

Quien es ajeno al mundo universitario podría pensar que para formar parte del claustro de profesores, para impartir docencia y para investigar, únicamente hace falta tener cualidades y haber demostrado solvencia primero con el expediente académico de licenciatura y doctorado y luego con las evaluaciones que los distintos organismos evaluadores van realizando a lo largo de la vida académica de un profesor. Eso en parte es así. El problema es que no siempre los mejores están en la Universidad y que no siempre quien evalúa lo hace objetivamente.

Desgraciadamente, y aunque ha habido intentos por combatirla, la endogamia es un mal que está haciendo mucho daño a la Universidad española. Antes, con el anterior sistema de selección del profesorado, la endogamia se llevaba a cabo a un nivel territorial (colocar al de casa en casa, sin permitir que pudiera venir otro de fuera mejor; eso ni se planteaba). Ahora la endogamia es a más alto nivel, las escuelas a nivel nacional luchan por colocar a sus acólitos en los puestos de decisión (llámense ANECA o anequitas) que evaluarán positivamente a sus correligionarios y negativamente a quienes no lo son. Es triste, pero es así. Por no hablar de que en estas evaluaciones, no siempre se evalúan de la misma forma los méritos. Así, puede suceder que  lo que para unos es un demérito, para otros pueda ser percibido como algo positivo. Y no quiero poner ejemplos más concretos. Pero los tengo y todo el que trabaje en este mundo sabe a lo que me estoy refiriendo.

Con este sistema de evaluación del profesorado, el principio de mérito y capacidad no sólo brilla por su ausencia, sino que se prevarica sin escrúpulos para echar por tierra los méritos y la capacidad  que puedan tener según qué candidatos. Claro, esto tiene una trascendencia para la vida profesional de muchas personas que han hecho de la Universidad su vida. Trascendencia que también se mide por la desconfianza que este sistema puede inocular en aquellos que son maltratados por el mismo.

La consecuencia es clara. Si en vez de premiar al que trabaja, se le castiga, la Universidad pierde fuerza, pierde vitalidad, pierde ilusión. Si en vez de valorar al que trabaja, se le cuestiona, la Universidad gana en mediocridad y pierde en energía.

La Universidad española todavía es mediocre, y lo seguirá siendo hasta que el principio de mérito y capacidad, no sea sólo palabra muerta que sí, está en la Constitución española, pero bueno, ya se sabe, en la Universidad hay muchos que se creen por encima de la Constitución y de todo lo divino y humano. Y cuando eso sucede, y ya digo, sucede con bastante frecuencia, el tufillo a prevaricación tiñe de mediocridad lo que debería ser sólo y únicamente crisol de saberes.

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La importancia del esfuerzo

Quizás porque nadie me ha regalado nada, en lo que a la faceta laboral se refiere, aunque he tenido muy buenos maestros que me han enseñado lo que vale una hora de trabajo, me llama la atención y me entristece que haya alumnos que lleguen al aula con la máxima del mínimo esfuerzo grabada a fuego. Claro, eso hace que una asignatura como la que imparto -Derecho internacional privado- tenga tan mala prensa. Y la tiene porque ni yo ni mis compañeras creemos en el mínimo esfuerzo.

El mínimo esfuerzo sería llegar a clase sin llevar la última sentencia; sin estar atento a la última noticia relacionada con la materia aparecida en la prensa; sin comentar las novedades legislativas que en los últimos tiempos tanto han menudeado; en fin, sin intentar ofrecer al alumno la mejor formación. Pero a cambio, el que da, necesita recibir. Y para un profesor recibir implica tener a alumnos que no se limiten a ser taquígrafos, sino que participen activamente de las clases; preguntando, cuestionando, aportando ideas.

Una clase es un espacio ideal para poner en práctica lo que necesita la sociedad en general. Partiendo del conocimiento adquirido durante años y que transmite el profesor, los alumnos deberían hacer evolucionar ese conocimiento con preguntas que cuestionen su validez actual. Ese debate que tantas veces se echa en falta en las clases, es la semilla para hacer evolucionar el conocimiento.

Aunque algunos piensen en las clases como algo mecánico o rutinario, entiendo que una clase en la que haya esfuerzo por los dos lados puede ser más provechosa que horas de estudio en solitario.

Aprender a pensar cuesta; lo bueno es que una vez que se empieza ya es muy difícil dejar de hacerlo. Y es que el esfuerzo siempre merece la pena.

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