Blog de Antonia Durán Ayago
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Archivo | 22 junio 2016

El esfuerzo como reconocimiento

A la Universidad pública también ha llegado la idea de que todo se compra y se vende. De que el esfuerzo, la mayor parte de las veces, no merece la pena, y que no hay inconveniente en pagar a otro para que haga lo que le corresponde hacer a uno. Un ejemplo. Con los nuevos planes de estudio, los trabajos finales de Grado y de Máster han ido poco a poco conquistando un espacio inusitado hasta hace unos años. Pero desgraciadamente con ellos ha llegado la picaresca y un mercado se ha creado en su torno. Así, ya existen quienes se han especializado en hacer trabajos para otros, y parece ser que los interesados en pagar por estos servicios van en aumento. Esto me ha hecho reflexionar sobre algo que creo fundamental y que poco a poco está diluyéndose a todos los niveles en nuestra sociedad: la cultura del esfuerzo. Parece ser que ahora sólo importan los resultados, por lo que el camino para llegar a ellos no es importante, ni tampoco el tiempo invertido, los desasosiegos, la seriedad con que afrontar la encomienda que cada uno tiene. Ahora sólo parece valorarse el producto final, y no el material y el trabajo/esfuerzo invertido para llegar a él. Esto supone estar contribuyendo a crear una sociedad puramente artificial, en que efectivamente, todo va a terminar por comprarse o venderse, cuando el esfuerzo en sí es algo tan personal que en ningún caso podría ser transferible.
Me he encontrado con estudiantes a los que les ha costado mucho hacer un trabajo final de grado o de Máster, pero han conseguido el producto final gracias a su esfuerzo. Ojalá pudiéramos establecer un sistema que reconociera no tanto el producto acabado final como el recorrido que la persona ha tenido que hacer para llegar a ese producto. Y esto a todos los niveles. Porque hay que volver a inocular el “virus” del esfuerzo; la idea de que sólo si te esfuerzas vas a conseguir algo que realmente va a ser tuyo, y esto está íntimamente relacionado con el amor propio, con la confianza en uno mismo. Si comenzamos a declinar (delegar) responsabilidades propias en otros con o sin precio, estamos renegando a la postre de nosotros mismos. Y nosotros mismos somos lo mejor que tenemos. Hay que tener eso claro desde el principio. Por eso, hoy quiero apostar por el esfuerzo; por el reconocimiento del esfuerzo.

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