Blog de Antonia Durán Ayago
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Archivo | 22 junio 2016

¿A quién queremos engañar?

Se suceden uno tras otro los acontecimientos que muestran la realidad como es, sin ambages ni circunloquios. La Unión Europea se ha convertido en un fósil viviente. No sé por cuánto tiempo. Primero fueron las erráticas políticas económicas, después de llevarse por delante varias economías de la eurozona, su egoísmo para con Grecia, por citar solo el ejemplo más claro. Ahora son los refugiados. Cerramos Schengen y lo que haga falta con tal de mirar para otro lado y que no nos molesten. La política de asilo de la UE dista mucho de ser lo que sus textos normativos dicen. Y si las leyes se hacen para cumplirlas quién sanciona a la UE cuando decide ignorarlas. A estas alturas ya no engañamos a nadie. Somos lo que fuimos, una unión que se basa en la supervivencia económica. Los derechos fundamentales, su respeto, por más que se nos llene la boca de proclamarlos a los cuatro vientos, son papel de regalo de usar y tirar. Según nos convenga.
La UE se viene preocupando por la inmigración desde hace años. De hecho, ha asumido competencias en esta materia. Y ha apostado en sus textos por combatir lo que en su jerga llama inmigración ilegal y por regular la inmigración legal. El problema viene porque cuando ha de realizarse la distinción entre refugiados e inmigrantes, todo es racanería. El problema es grave. Porque no es ya sólo el problema inmediato de los amplios deplazamientos de personas que huyen de Siria; la cuestión es que en la frontera de Melilla hay personas que desde hace tiempo intentan entrar en España y no se les permite siquiera presentar su solicitud de asilo, aun cuando se trata de personas que han huido de sus países y han sufrido lo indecible para intentar llegar a Europa.
Este mundo nuestro sigue apostando por las fronteras. Lo nuestro es nuestro, por derecho. Haber nacido en uno o en otro territorio sigue marcando diferencias, jurídicamente hablando, que desde la perspectiva de un Derecho internacional humanitario deberían ser inexistentes. Pero ahí está la UE para marcar la diferencia y convertir el Derecho internacional en papel mojado. Cuando es la falta de solidaridad lo que define a una organización que se presume solidaria, podrá durante un tiempo valerles el autoengaño, pero a los ojos de todos, incluidos sus ciudadanos, la marca UE ha dejado de ser garantía de nada.

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