Blog de Antonia Durán Ayago
Miscelánea
 
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Puesto a elegir (II)

Ayer tuve las últimas clases de este curso en el Máster de Estudios de la Unión Europea. El objeto era explicar el alcance y significado de la cooperación civil con repercusión transfronteriza en la Unión Europea, o dicho más llanamente, cómo desde la unificación de las normas de Derecho Internacional Privado de los Estados de la Unión se ha contribuido a desarrollar la libre circulación de personas en  el espacio judicial europeo. Uno de los alumnos, francés y politólogo de formación, aparentemente no prestaba demasiada atención a lo que iba contando. De repente esa falta de atención se convirtió en cierta incomodidad, hasta que al final acabó manifestando su opinión. A su juicio, todo lo que estaba contando se había hecho a espaldas de los ciudadanos, había un déficit democrático importante en la construcción europea y a su juicio las elecciones del próximo domingo se iban a decidir en los términos de más Unión o menos Unión. Se entabló un debate muy interesante que nos llevó a reflexionar sobre muchas de las cuestiones neurálgicas que ahora están sobre la mesa. La presencia de los partidos de ultraderecha en el Parlamento Europeo, la matización del Frente Nacional en Francia, que ya no pide la salida de Francia de la Unión, a diferencia de lo que pedía en las anteriores elecciones, la gestión de las políticas migratorias por parte de la Unión, el Brexit…

En ese debate me descubrí optimista, pensando que una nueva etapa de la Unión estaba por llegar, y quiero pensar que va a ser de una mayor y más sólida Unión.

Y aunque en España el debate de estas elecciones se haya centrado fundamentalmente en las de carácter interno, está claro que nos jugamos mucho a nivel europeo. Tanto como quiénes van a decidir hacia dónde camina la Unión durante los próximos 5 años. Tarea nada despreciable, después de los tiempos convulsos que hemos vivido y los que viviremos con el incalificable proceso del Brexit.

Pero al final, si nos paramos a pensar, en todas las elecciones están presentes variables parecidas. Para mí la más importante es hacer frente a la extrema derecha. En Alemania, sería impensable hacer apología del nazismo, y sin embargo aquí tenemos un partido ya en las instituciones que se pasea por todos los escenarios haciéndolo. Esto debería preocuparnos. También debería preocuparnos todas las fobias que atesora. Odia a todo lo que no se corresponde que su patrón monocolor. Así que hay que votar por opciones verdaderamente democráticas y,  a ser posible, progresistas. Porque no estamos para perder el tiempo volviendo al pasado.

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Familia, familias y la dignidad

Pocas cosas hay tan indubitadas como que la dignidad humana es un atributo irreductible sobre el que se asientan todos los derechos fundamentales. La dignidad se predica de todo ser humano. O, dicho de otro modo, nadie puede privar a ningún ser humano de su dignidad. Ahora bien, las condiciones del entorno pueden afectar a la dignidad de las personas, y por ello los poderes públicos deben desarrollar su función para proteger al individuo y a su dignidad.

La dignidad humana, por tanto, entraña respeto. Que es más que tolerancia. Respeto en el ejercicio de la identidad de cada uno, en libertad.

En los tiempos de vox que vivimos, hay quienes se atribuyen el derecho de privar de dignidad a quienes no se corresponden con la unicidad gris con la que ellos ven el mundo. Empobrecidos, ven la vida a través de su cristal monocromo, basado en la intolerancia y en la ignorancia.

Frente a ello, hay que reivindicar que la dignidad humana está por encima de cualquier iluminado. Y lo está porque España ha sabido andar el camino y reconoció hace ya catorce años la posibilidad de que las familias fueran diversas, también en la legalidad, porque diversas han sido siempre, aunque sin respaldo legislativo todo era más difícil. Ese paso que España dio reconociendo el matrimonio entre personas del mismo sexo nos dignificó como país.  Afortunadamente, después de las elecciones generales, esa dignidad como país aún no la hemos perdido. Pero hemos de estar alerta, ya que los monocromos han llegado al Congreso.

Hoy, que se conmemora el Día Internacional de la Familia, reivindiquemos la diversidad de las familias, porque si esto hacemos estaremos reivindicamos la dignidad del ser humano. Y creo que no hay otra cosa más importante.

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Puestos a elegir

El 28 de abril nos jugamos mucho. Es verdad que el plantel de candidatos deja mucho que desear. Cierto es que la talla de cada uno de ellos se ha visto reflejada en los dos debates que afortunadamente se han podido tener (deberían ser obligatorios) y no habla demasiado bien de la mayoría. Pero aunque no haya una opción que nos convenza plenamente, lo cierto es que es más necesario que nunca votar. Todas las encuestas dan por hecho que VOX entrará con fuerza en el Congreso. Yo quiero pensar que no será así. Quiero pensar que no hemos perdido el sentido de la responsabilidad, que somos un pueblo que hemos dejado atrás los rancios abolengos, o la charanga y la pandereta. Un partido que está anclado en la prehistoria de los derechos civiles, no es digno de los españoles, y los españoles no deberían darle un solo voto.

Luego está el PP, único partido condenado por corrupción y con un nutrido grupo de ex altos cargos en prisión. Un partido con ese lastre debería ser condenado a la desaparición, o al menos a una bajada en escaños que le llevara a purgarse y a realizar una necesaria catarsis.

Luego está Rivera y ese no saber para dónde le sopla el aire. Que en cualquier caso lo mece su veleta según le viene. Sin principios y sin más ideología que Cataluña, es difícil erigirse en representante de nada.

Y quedan PSOE y Unidas Podemos. Con sus luces y sus sombras, son los dos únicos partidos que están aportando algo de mesura y sentido común. Y los únicos que pueden garantizar que no retrocedamos. Sería muy positivo, a mi juicio, una coalición de izquierdas en nuestro país. Creo que lo necesitamos para avanzar todo lo que hemos retrocedido estos años. Y veremos a ver qué pasa el domingo. Pero yo tengo esperanza. Puede que no esté todo perdido.

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Bajeza moral

Quienes pretenden utilizar el terrorismo como arma electoral, quienes sin pararse a pensar en el alcance de sus palabras atacan al adversario político convirtiéndolo en enemigo, quienes soliviantan los ánimos sin verdad, sin aportar nada más que fango al debate político, no hacen otra cosa que mostrar su bajeza moral. Y en estas estamos. Que el líder de un partido que hasta hace meses estaba en el gobierno se descuelgue todos los días, en todas sus intervencioes, con ataques llenos de desconocimiento e inquinidad no hace otra cosa que disminuir la calidad democrática. Ojalá tuviéramos políticos con formación, y a la altura de lo que nos merecemos. Hace falta más cordura, más sentido común, más capacidad de servicio público. Es muy frustrante comprobar el erial en que se ha convertido el debate político en España.

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Évole, el Papa y la homosexualidad

Llegué tarde al programa de La Sexta que ayer emitía la entrevista que Jordi Évole le ha hecho al Papa Bergoglio. Pero pude escuchar el fragmento en que el periodista le preguntaba sobre sus declaraciones mandando al psiquiatra a los homosexuales. El Papa comenzó negando el término psiquiatra, pero terminó admitiendo que estas “rarezas” deben ser vistas por un profesional. Tal cual. Se esmeró en intentar convencerse de que por muy raro que se sea, las familias nunca deben dar la espalda. Es cuestión de amor cristiano, podríamos añadir. Sagaz Évole, cuando vio acorralado al pontífice tuvo a bien preguntarle si consideraba que las expectativas que había generado su nombramiento se habían visto frustradas. A buen entendedor pocas palabras.

Lo cierto es que es grave, muy grave, que en pleno siglo XXI el Papa, figura institucional de indiscutible importancia, se descuelgue con estas afirmaciones. No ha entendido nada. Parece ser. Y no es por hacer daño, pero quizás a quienes deberían enviar a profesionales, cuando no a la cárcel, es a tantos pederastas que hay en el seno de la Iglesia. Lacra donde las haya, de enorme magnitud y tibias respuestas. Los delitos son pecado. El amor entre personas del mismo sexo, no. Ahí tienen la diferencia. En su lenguaje, para que lo entiendan.

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Empresas, Derechos humanos, ODS y consumidores

Nos estamos acercando a un necesario cambio de paradigma. O al menos yo quiero pensar que así será. Durante demasiado tiempo la globalización económica ha tratado de convencernos del determinismo del comercio mundial. La expansión comercial no puede tener límites. Al mercado hay que dejarlo hacer. Los Estados no pueden limitar la acción de las empresas. La autonomía de la voluntad es una máxima indiscutible que garantiza la libre competencia, etc. etc. En este escenario de expansión y reforzamiento de las empresas, los poderes públicos han asistido con calibrada impasibilidad, dejando hacer, no interviniendo más que lo mínimamente necesario. Cuando han intervenido ha sido para garantizar la protección del consumidor. Pero lo han hecho desde un enfoque paternalista y pernicioso. Se ha considerado que el consumidor es parte débil de la relación y por ello hay que dotarlo de toda una serie de garantías orientadas a perpetuar la situación. Pero eso está a punto de cambiar…

Poco a poco, demasiado lentamente, pero ya avanzando, los Estados, que son los encargados de garantizar que se respeten los derechos humanos, se están dando cuenta de que a los intereses de las empresas hay que ponerles límites, límites que no son otros que los intereses generales. En este sentido, la responsabilidad social empresarial va a desempeñar (lo está desempeñando ya para algunas empresas) un factor diferenciador de enorme entidad. En la medida en que estas empresas decidan asumir los Objetivos de Desarrollo Sostenible como pautas para el desarrollo de su responsabilidad social empresarial, estarán introduciendo en su actuación una forma de diferenciación que va a ser muy importante para el consumidor. La empresa que se comprometa con los intereses generales va a rentabilizar sus esfuerzos porque a la larga esto va a reportarles beneficios directos.

Para que esto sea así, es muy importante el papel del consumidor. Nosotros, los ciudadanos de a pie, realizamos todos los días múltiples actos que determinan el balance final de las empresas. Si la RSE comienza a visibilizarse a través de la publicación de información no financiera de las empresas en que se explicite cómo encaran estas su compromiso con el entorno, tal y como en España exige ya la Ley 11/2018, habremos conseguido dar un paso de gigante. Pero desde luego el paso más importante lo tiene en su mano el consumidor, optando por consumir en/con empresas que realmente están comprometidas con el desarrollo sostenible. Realmente, es el consumidor el que tiene el poder, y lo va a tener desde el momento en que la información no financiera de las empresas sea pública. En este espacio, las organizaciones sociales tienen mucho que decir y que hacer, para servir de correa de transmisión. Y es que debemos de ser conscientes de que todos podemos aportar para los ODS sean una realidad, y que nuestro papel como consumidores es mucho más importante que el que nos han hecho creer durante demasiados años.

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Nadie habla de lo importante

El debate político en España se ha ensuciado tanto; tan bajo es el nivel de los que ocupan la escena politica, que se hace muy cuesta arriba tener que soportar estos dos meses y medio que quedan hasta las elecciones europeas, autonómicas y municipales. Digo yo que en algún momento habrá que hablar de lo importante. Y con ello me refiero a la educación, a la dependencia, a la despoblación, al cambio climático, a la sanidad, a las pensiones, a un desarrollo sostenible, a la pobreza infantil, a modelos alternativos de crecimiento. En fin, a lo que le interesa a la gente. Lejos de ello, seguimos en el barro. Con la máxima de cuanto peor, mejor, los que se afanan por arrastrar votantes sin ofrecer propuestas están haciendo un flaco favor a nuestro sistema; lo degradan. El problema es que no les importa. Porque lo suyo no es la gente, sino el poder. Y así mal vamos. Habrá que fijarse en los que mínimamente propongan y no ensucien. A esto hemos llegado.

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Fiereza

En ocasiones, la justicia divina y la penal transitan caminos inescrutables. El Código Canónico, en su Canon 1395 § 2, dispone que “El clérigo que cometa de otro modo un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo, cuando este delito haya sido cometido con violencias o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical cuando el caso lo requiera“. Por su parte, los artículos 182 y 183 del Código Penal español contemplan penas de hasta 6 años de prisión cuando el delito de abusos sexuales a menores de 16 años se cometa “interviniendo engaño o abusando de una posición reconocida de confianza, autoridad o influencia sobre la víctima“.

Ambas normas reparan en lo reprochable de tal conducta. Ciertamente, el Código Canónico destaca por su laxitud y su narrativa, poco asertiva, muy abierta, hablando de “penas justas” y de posibilidad de expulsión del estado clerical. Esta condescendencia que rezuma el Código Canónico se ha trasladado a las jerarquías eclesiásticas de forma manifiesta. No hay ejemplo mejor de encubridores que los que se hallan en este contexto. Pandemia generalizada que algún día deberá ser estudiada con meticulosa atención. No concibo, debo confesarlo, que la Iglesia católica haya vivido con tanta relajación estos casos, tan dignos de reproche, que con tanta fiereza deberían ser combatidos y denunciados. Juegan con un mal entendido perdón, cuando no de arrepentimiento, dejando en un segundo plano a las víctimas de estos impúdicos comportamientos.

Estos son los que, no sé bien con qué carta de naturaleza moral, se esgrimen en defensores de un determinado tipo de familia, reprochan a quienes aman de forma limpia, critican a quienes deciden abortar o claman al cielo contra todo lo que se aparte del manual de lo que para ellos es moralmente correcto. Para criticar hay que dar ejemplo. Y deberían comenzar por aplicar en toda su extensión el citado canon 1395 y expulsar del estado clerical a todo aquel que haya cometido estos abusos, sin esperar a que la justicia penal actúe, anticipándose, según lo éticamente correcto. Porque el castigo divino que ellos imparten también debería ser implacable contra los suyos. ¿O a qué estamos jugando?

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El otro

Hoy he asistido a una charla de José Palazón, de Prodein,  en la Facultad de Geografía e Historia. El salón de actos estaba lleno. Nos ha contado cómo viven los niños que no son españoles en Melilla. La situación tan dura con la que se enfrentan los que quieren cruzar la valla y del otro lado se encuentran a la Guardia Civil, que con documentada violencia (nos ha puesto un vídeo grabado una de tantas noches), los devuelve a Marruecos con total impunidad.

Nos ha dicho que hace falta conocer al otro, comprenderlo. Porque el desconocimiento engendra maldad y mala fe. Ha nombrado hasta en 7 veces a Jorge Fernández Díaz, pero también a Grande Marlasca, actual ministro del Interior, y ha denunciado que también con este gobierno las devoluciones en caliente existen. Realmente no son devoluciones, son expulsiones irregulares, que se tramitan sin procedimiento. Nos lo ha dicho el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y hoy el Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas.  https://cadenaser.com/ser/2019/02/18/sociedad/1550510829_311777.html?ssm=tw

Tremenda la inhumanidad que se pone en práctica con estas personas. Mientras hablaba, pensaba en mi tesis, en que abordé precisamente la necesaria protección jurídica del menor extranjero desamparado. Entonces apenas se hablaba de menores extranjeros no acompañados. Lo peor es que tantos años después, continuemos en el mismo sitio. Incomprensión, falta de solidaridad y empobrecimiento.

Les reproduzco la introducción de un texto que publiqué justo antes de la lectura de mi tesis y que hacía tiempo que no releía.  Para pensar

“Vivimos tiempos de cambio. La irrupción en nuestro vocabulario de una novedosa terminología plagada de términos genéricos como globalización[1], mundialización, multiculturalidad, interculturalidad[2], que hacen referencia a fenómenos complejos, no estrictamente novedosos[3], ofrece una idea acerca del seísmo económico, sociológico y jurídico al que todavía asistimos asombrados. Y si bien la complejidad de lo vivido no conlleva inmovilismo, en muchas ocasiones, las respuestas jurídicas a las demandas sociales que se plantean no se manifiestan con la celeridad que sería deseable.

  En este nuevo mundo tecnológicamente desarrollado y con más capacidad de producción por habitante de la que haya existido en cualquier otro momento histórico, la humanidad debe enfrentarse a graves problemas, siendo los retos que se le plantean nada desdeñables.

De una parte, la existencia de un mundo dual que se manifiesta, por un lado, en la diferencia, cada vez más insalvable, entre países ricos y países pobres y, por otro, en el desigual reparto de la riqueza dentro los países ricos. Más de las tres cuartas partes de la humanidad vive en países en vía de desarrollo, pero otros viven sumidos en la pobreza más absoluta[4]. Los continentes más golpeados son, sin duda, América Latina, Asia y África. En ellos, el hambre, la enfermedad y el analfabetismo son graves carencias sociales que se manifiestan con toda crudeza en todos los sectores de la sociedad, y que afectan con especial virulencia a los más débiles, entre ellos, los niños. La pobreza también se globaliza. En el mundo inmediatamente anterior al comienzo del tercer milenio, más de 800 millones de personas pasan hambre y 500 millones se alimentan de modo insuficiente[5].

En el otro lado, las sociedades de los países ricos asisten, con indiferencia imprudente en algunos casos, con sensata preocupación en otros, al surgimiento de un conjunto de graves problemas entre los que destaca la marginación social. Dos grandes grupos de personas constituyen los forzados protagonistas de esta realidad: los parados de larga duración y los inmigrantes.

 Los mercados de trabajo ya no aparecen tan estandarizados como en épocas anteriores. La flexibilización y especialización se han impuesto y la agresividad de las nuevas filosofías del mercado laboral, que únicamente se concibe en términos de rentabilidad y de eficiencia económica, postergando unos derechos sociales conquistados con gran esfuerzo durante los siglos XIX y XX, trae aparejado el desplazamiento de las personas que han superado cierta edad y que no se estiman útiles para realizar determinados trabajos, mientras que, al mismo tiempo, se van creando “nichos laborales” en los distintos países, formados por las tareas que los trabajadores nacionales se niegan a realizar. Estas tareas son encomendadas a los inmigrantes, otorgándoles así un papel secundario; relegándolos a un segundo plano; no considerándoles en realidad coartífices o miembros activos de la sociedad en la que viven[6].

 No está de más recordar que la causa última de la inmigración es la tremenda fractura entre prosperidad y miseria[7]. Y que los países elegidos como destino de la esperanza de millones de personas procedentes de África, Asia, América Latina y Europa del Este son los europeos comunitarios. Por ello sorprende que la Unión Europea aún no haya despertado del todo de su letargo, y avance con denostada lentitud e inseguridad en el propósito de crear las pautas comunes que ayuden, desde la solidaridad, a entender la inmigración no como un problema sino como un fenómeno[8].

Identificar inmigración con inseguridad ciudadana y el aumento de la delincuencia[9]; la constatada incapacidad de los Estados para ofrecer una respuesta certera y apropiada que garantice la convivencia entre las personas de las distintas nacionalidades, culturas y religiones que viven en sus respectivos territorios; el difícil encaje o compatibilización entre los rasgos de identidad cultural de los grupos no nacionales que habitan en un determinado país y los valores imperantes que impregnan la sociedad nacional en la que viven, con la posible colisión con los Derechos considerados fundamentales por los países occidentales, son algunas muestras del apasionante y comprometido reto para los Estados democráticos y para sus respectivas sociedades de conjugar el pluralismo social y cultural –pues no en vano el pluralismo es principio basal de la democracia–, con el respeto a la identidad cultural de las personas.

En este complejo escenario se encuentra un grupo de personas que por sus específicas características demanda un tratamiento particularizado. Los niños, los menores de edad se encuadran en un grupo social cuyos elementos definidores básicos son, de un lado, el estado civil de la minoría de edad, y de otro, la condición de extranjero. Articular estos dos elementos no debería presentar extrema dificultad, porque parece evidente que el status de la minoría de edad, con la protección implícita que lleva aparejada, debe prevalecer ante cualquier otra nota, especialmente ante la condición de extranjería. Sin embargo, la normativa aplicable no es la misma. Mientras para los menores se han elaborado textos de protección jurídica tanto a nivel internacional como nacional, para los menores extranjeros, las leyes de inmigración, de extranjería y asilo promueven, hoy como hace quince años, el control de los flujos migratorios a través del cierre de fronteras.”

Este trabajo, titulado «La protección de menores en la era de la globalización: del conflicto de leyes a las técnicas de flexibilización», fue publicado en CALVO CARAVACA, A. L. / BLANCO-MORALES LIMONES, P. (eds.), Globalización y Derecho, Editorial Colex, San Fernando de Henares (Madrid), 2003, pp. 212-236 (La protección de menores en la era de la globalización).


[1] Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, con el término “globalización” se hace referencia a “la tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales”. La Enciclopedia Microsoft Encarta 2002, en cambio, enuncia un concepto mucho más amplio de globalización, afirmando que con él “se describe la realidad inmediata como una sociedad planetaria, más allá de fronteras, barreras arancelarias, diferencias étnicas, credos religiosos, ideologías políticas y condiciones socio-económicas o culturales. Surge como consecuencia de la internacionalización cada vez más acentuada de los procesos económicos, los conflictos sociales y los fenómenos políticos-culturales”.

[2] Como indica De Lucas Martín, F. J., «La(s) sociedad(es) multicultural(es) y los conflictos políticos y jurídicos», en De Lucas Martín, F. J. (dir.), La multiculturalidad, Cuadernos de Derecho Judicial, VI-2001, pág. 62, mientras los términos “sociedad multicultural” y “multiculturalidad” son descriptivos; “multiculturalismo”, “interculturalidad” (interculturalismo) son conceptos normativos.

[3] De hecho, los flujos migratorios han existido siempre porque desde siempre ha existido un reparto desigual de la riqueza, aunque en determinadas épocas, como la presente, las características que revisten esas corrientes derivadas de una nueva realidad económica, las hacen aparecer como novedosas. De otro lado, la multiculturalidad, según la define De Lucas Martín, F. J. (dir.), «La(s) sociedad(es) multicultural(es)…», cit., pág. 62, es “un fenómeno social que se define por la presencia en un mismo espacio de soberanía de grupos que se reclaman de diferentes identidades. Pero la existencia de sociedades multiculturales ni es una novedad, ni obedece a un único molde”.

[4] Datos obtenidos de la Voz «Nuevo Milenio» en Enciclopedia Microsoft Encarta 2002.

[5] Datos obtenidos de la Voz «Nuevo Milenio» en Enciclopedia Microsoft Encarta 2002.

[6] Apunta con agudeza Fábrega Ruiz, C. F., Protección jurídica del menor inmigrante, Editorial Colex, 2001, pág. 12, que “cuando un país se encuentra en un momento álgido de su economía, el extranjero está considerado como un buen trabajador, capaz de abandonar todo y de colaborar con el desarrollo de la sociedad que le recibe. Si existe paro y crisis económica, ese mismo trabajador es un extranjero que “roba puestos de trabajo a los nacionales”.

[7] Sans, A., «Inmigración», Revista Médicos sin Fronteras, nº 39, pág. 6, sostiene: “Los flujos migratorios de finales de siglo tienen sus causas en los conflictos políticos. La incertidumbre ante el futuro, la escasez de oportunidades, la imagen de bienestar que ofrecen los países del Norte frente a los del Sur, son, entre otros, algunos de los factores que impulsan a miles de personas a abandonarlo todo con la esperanza de vivir una vida mejor.

[8] Con el Convenio de 19 de junio de 1990, de Aplicación del Acuerdo de Schengen de 14 de junio de 1985, sobre la supresión gradual de los controles en las fronteras comunes, del que en la actualidad forman parte todos los Estados de la Unión Europea excepto Reino Unido e Irlanda, la inmigración deja de ser un asunto meramente estatal, convirtiéndose en una materia especialmente sensible que debe abordarse desde la coordinación de las políticas migratorias que posean los Estados miembros. Muestra de la importancia que la inmigración ha ido adquiriendo en la Unión Europea es la incorporación, a través del Tratado de Amsterdam de 2 de octubre de 1997, del Título IV sobre Visados, asilo, inmigración y otras políticas relacionadas con la libre circulación de personas. Interesantes son también las conclusiones adoptadas por los Jefes de Estado y de Gobierno de los Estados miembros de la Unión Europea, los días 16 y 17 de octubre de 1999 en Tampere sobre la creación de un espacio de libertad, seguridad y justicia. Acerca de la posición de la Unión Europea sobre la inmigración, el europarlamentario y líder de la Tercera Izquierda Verde, Sr. Daniel Cohn-Bendit, ha señalado:  “La solución a la inmigración es que la gente esté a gusto en su país. Si la vida en Argelia, Marruecos, en los países africanos, es aceptable no tendrán que emigrar. Así que la solución existe. Pero mientras no lleguemos a ella es preciso reconocer el fenómeno de la inmigración y regularla. Hay que conceder derechos y deberes a los inmigrantes… Las fronteras ya están. Hay que hacer propuestas. A partir del momento en el que existe espacio europeo, es necesario que haya puertas que se abran y que se cierren. En este momento no tenemos política de inmigración y, por tanto, no tenemos puertas. No vale hablar de cuotas y todo eso. Tiene que haber una inmigración legal, y entonces será posible resolver los problemas. Seguirá habiendo una inmigración clandestina, pero será más reducida. Ahora sólo hay una política de cierre de Europa, y cuando las puertas están cerradas la gente entra por las ventanas…”.

[9] Esta impudicia ha sido puesta en práctica, sin ir más lejos, en nuestro país. Siendo Ministro del Interior primero y posteriormente como Ministro Portavoz del Gobierno, el Sr. Mariano Rajoy no ha tenido ningún reparo en relacionar inmigración con delincuencia. Noticias vinculadas con este aspecto pueden encontrarse en el Diario El País de 12 y 13-5-2002 y 26-6-2002 y en el Diario El Mundo de 21-3-2002; de 2-8-2002 y de 10-11-2002.

[10] Para su estudio remitimos a nuestro trabajo, Durán Ayago, A., «Los menores extranjeros en la legislación española: aspectos administrativos e internacionalprivatistas», en prensa, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, Anuario de la Facultad de Derecho de Cáceres. Señalar aquí tan sólo que son el art. 35 insertado dentro del Capítulo II del Título II de la Ley Orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre Derechos y Deberes de los extranjeros en España y su integración social y su modificación por la Ley Orgánica 8/2000, de 22 de diciembre y los arts. 62-63 del Real Decreto 864/2001, de 20 de julio, que aprueba el Reglamento de desarrollo de la Ley 8/2000, los encargados de regular esta materia.

[11] Según Carrascosa González, J., Globalización y Derecho internacional privado, LiberLIBRO.com, 2002, pág. 39, “el principio de eficiencia de DIPr. significa, simplemente, que el DIPr. debe utilizar fórmulas y reglas que le permitan introducir una idea de orden jurídico justo en las situaciones privadas internacionales pero que supongan la reducción del coste internacional incrementado que el DIPr. comporta para los particulares implicados en las situaciones privadas internacionales producto de la globalización.

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Banderas y desinformación

Yo creía que las banderas eran símbolos comunes para identificar a un país, a un movimiento o a un club de fútbol, si se quiere. Pero resulta que, en esta fase de la posverdad que vivimos, las banderas se han convertido en armas arrojadizas, de las que se apropian unos pocos, excluyendo al resto, a quienes no pensamos como ellos. Luego están quienes se apropian de banderas que no les pertenecen, para intentar blanquear comportamientos cuanto menos sospechosos. Y sí, me refiero a Ciudadanos y el uso partidista que ayer hicieron de la bandera arcoíris en esa manifestación que convocaron apresuradamente (según ellos mismos reconocen hoy, después de los datos de asistentes…).

Vivimos en la posverdad y en la desinformación. O en la mentira, para ser más claros. Porque eso es lo que se hace por doquier, desde cualquier púlpito y desde cualquier micrófono. La materia gris ni está ni se la espera. Los comentaristas que intervienen en los medios de comunicación que guardan aún algo de decencia se esfuerzan por intentar reconducir debates que de partida tienen perdidos, puesto que lo grueso, por más que esté hueco, ocupa más que lo finamente hilado.

No sé, no me gusta nada este clima enrarecido y de crispación constante que vivimos. No presagia nada bueno.

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