Me van a permitir que en este espacio hoy, como otros días, me desahoge compartiendo con ustedes las impresiones que me han suscitado los últimos acontecimientos. Ya saben la opinión que me merece nuestro país, que se me ratifica todos los días, con la procesión de datos y hechos. La seriedad no se encuentra entre las virtudes de España. El hecho de que el Jefe del Estado se descuelgue, en la época en la que estamos, cazando elefantes en África, parece ser que no es dato que deba preocupar, pues pertenece a la esfera privada del monarca. Evidentemente no comparto esta opinión. No parece muy consecuente la expresión del Rey hace unos días afirmando que el paro juvenil le quitaba el sueño y luego permitirse el lujo de participar en safaris de alto standing, más allá de las connotaciones que respecto a la protección de los animales, este dato tiene. Seguramente, esto lo ha venido haciendo el Rey desde hace mucho tiempo, y los españoles sufragándolo. La Casa Real puede esforzarse en intentar verter una idea de austeridad, y así lo hacía la semana pasada afirmando que iba a recortar hasta 170000 euros de su presupuesto y que se planteaba la bajada de sueldo del Rey. Ustedes juzguen por sí mismos si es de recibo en este momento tener lo que tenemos.
Porque esto coincide con la noticia de la necesidad de recortar 3000 millones de euros en educación y la noticia del Sr. Wert, Ministro a la sazón del ramo, realizando afirmaciones de todo punto inconsistentes sobre la situación de la Universidad española y la necesidad de constituir una comisión de sabios para afrontar su reforma. Es curioso que siempre se vaya sobre lo mismo. Hay tal miopía en los políticos españoles que no se ve que la educación a todos los niveles es absolutamente necesaria. Con todos los cambios que se están haciendo y que pretenden hacerse, sin partir siquiera de un diagnóstico adecuado, ¿dónde llegaremos? Me preocupa el estado en que vamos a dejar a España para nuestros hijos. Si les quitamos la educación le quitamos el bien más preciado, la herencia que antes tenían todos con independencia de su renta; la única posibilidad para superarse y avanzar. Parece que volvemos a la época en que la educación, particularmente la universitaria, era sólo para unos pocos, los que podían costeársela, y eso, estarán conmigo, que no es de recibo.
Cazando elefantes…
El miedo como estrategia
No me negarán que parece apreciarse esta máxima detrás de todas las políticas denominadas de ajuste que se están aprobando en nuestro país en los últimos días. El fantasma del rescate y de que cualquier recorte realizado desde España es mejor que el que puedan realizar instancias ajenas, ronda sobre nuestras cabezas. El Gobierno, descoordinado y quizás desconcertado, se afana en dar mensajes, en muchos casos contradictorios, al que se superpone el que traslada el Presidente, “sé lo que hay que hacer”, que por su prepotencia no se sabe si es mejor que lo sepa o no. El caso es que todo parece estar manga por hombro y entretanto la prima de riesgo por las nubes. Y allí están nuestros políticos, tanto los cercanos como los europeos, que parecen no darse cuenta que con sus políticas están llevando la situación al colapso. No se aprecian políticas para reactivar la economía; todas van hacia los ajustes o recortes y así el sistema que tanto ha costado construir está en la cuerda floja, abocado parece a su final.
Todo lo que parecía que nos podía salvar de esta crisis: reactivar la inversión en investigación, apostar por las energías renovables, avanzar en el estado del bienestar, fortalecer nuestras industrias, ha quedado en la estacada. No se ha hecho nada para intentar reactivar la economía. Sólo se pretende atajar el déficit, sin darse cuenta que esto es la pescadilla que se muerde la cola, pues mientras menos se crezca y menos riqueza se genere más aumentará el déficit y más se necesitará ir recortando. El problema es hasta cuándo vamos a permitir que pase en España lo que Europa ha dejado que pase en Grecia. Quizás habría que revisar las políticas de estabilidad y dar un mayor margen para ajustar nuestras economías; de lo contrario, estamos en la senda equivocada y que nos lleva a un final incierto.
Responsabilidad
Ser responsable conlleva asumir las decisiones que uno toma. Sopesar los pros y los contras que esa decisión pueda traer aparejados; ponerse en el lugar del otro; reconocer cuando uno se equivoca y, en definitiva, responder cuando uno es cuestionado.
Considero que ser responsable, hace a una persona más sólida y más creíble frente a los demás.
Sin embargo, no encontramos muchos ejemplos de responsabilidad en los medios de comunicación, que son los que llegan a todos de forma indiscriminada y que de alguna manera, también contribuyen a crear comportamientos.
Si nos centramos en la política, podemos observar que esos que a veces se denominan “responsables” políticos, lo son todo, menos responsables. Los casos de corrupción que diariamente laceran la democracia, son sólo la punta del iceberg. La falta de responsabilidad, el no asumir las decisiones que uno toma, es algo muy extendido entre nuestros responsables políticos. Quizás por eso, ese desapego de la ciudadanía hacia los políticos. Porque responsable también es el que dice lo que va a hacer y lo hace. Y nuestra historia reciente está llena de políticos que prometen lo que saben que no van a hacer para obtener votos y cuando llegan al poder se olvidan de lo prometido. Los programas electorales son brindis al sol, sin repercusión jurídica, cuando realmente debieran ser obligaciones asumidas por un partido que debieran poder ser reclamadas si se incumplen. Si no, el juego se convierte en un arma de doble filo: yo te digo lo que quieres oír; tú te lo crees y me votas; yo gobierno y hago lo que creo que debo hacer aunque no sea lo que prometí que iba a hacer.
Estarán conmigo que esto no tiene nada de responsabilidad. Y si no hay responsabilidad en los actos, lo demás sobra.
Estos días, en los que se acaban de presentar los presupuestos, los principales líderes políticos se afanan en parecer responsables, diciendo que estas duras medidas que se nos exigen son necesarias y son las que hay que tomar para sacar a España de la crisis. Y dicen esto revestidos de un halo de misterio y afectación como si los demás fuéramos tontos y no alcanzáramos a ver que no hay mejor defensa que el ataque. Todo está tan mal que es necesario tomar las medidas más duras que por supuesto nos perjudican, con tal de alcanzar un fin superior que sólo ellos conocen. Esto es lo que España necesita; esto es lo que hay que hacer. Entretanto, el paro sigue creciendo, los impuestos suben; los sueldos bajan; los derechos se consumen y el neoliberalismo campa a sus anchas.
Después de esta crisis, ¿qué derechos sobrevivirán?
No es mala pregunta, según lo que todos los días vemos y lo que al parecer, según todos los indicios, seguiremos viendo.
Involucionar es lo que estamos haciendo desde hace unos años. No sé si debido a que hemos querido ir demasiado rápido antes y nos hemos atragantado a medio camino, o a que la correlación de fuerzas políticas a nivel europeo se ha propuesto dilapidar de una pasada el patrimonio democrático y los derechos sociales conquistados con tanto esfuerzo a lo largo de tantos años.
El escenario con el que nos topamos diariamente no puede ser más desalentador. Con la crisis como pretexto, se está yendo contra el trabajador y se está poniendo en el mercado de trabajo la lupa que mide, parece ser, el grado de flexibilidad necesario para poder salir de esta crisis. En fin, ya lo he dicho en otras ocasiones: se trata de una percepción equivocada. Pero las equivocaciones tienen consecuencias y las que está teniendo en nuestro país son de lo más evidente: el equilibrio jurídico entre empresario y el trabajador ha desaparecido y ahora está en manos del empresario todo el poder, además respaldado legislativamente. Es el mundo al revés, porque si el legislador tiene que intervenir en el mercado laboral es para proteger al trabajador y de esa manera ponerlo en equilibrio con el empresario. Lejos de esto, se ha optado por la vía contraria. Que nadie se asombre. Es otra muestra más de que el neoliberalismo nos absorbe. El neoliberalismo que ha sido fundamentalmente el movimiento que está detrás de toda esta crisis, es el que más está ganando con ella.
Y mientras tanto, el poder postrado a sus pies. Y los ciudadanos cada vez con menor voz. Está claro que para que nos escuchen deberemos hablar más alto. Aunque todo pinte mal, no hay renunciar a lo que somos, ciudadanos, y no a los que algunos quieren que seamos, súbditos del capital.
El problema
Parece que después del tiempo transcurrido, ya hay un consenso generalizado de que o crecemos o no saldremos de esta crisis nunca. El problema es que aún habiéndolo asumido por todas las instancias que gobiernan o tienen algo que decir respecto de la economía, lo que se está haciendo es justo lo contrario. Parece que es complicado apostar por reducir el déficit al tiempo que se potencia el crecimiento económico, y si esto es así es porque realmente no se ha ido al núcleo del problema.
Si nos centramos sólo en España podemos comprobar cómo tanto el anterior Gobierno como el presente se han empeñado en hacer recaer en la reforma laboral buena parte de la solución a los problemas que tenemos. Esto, francamente, es de miopes. La clave no está en las condiciones de trabajo de los trabajadores; sino en la necesidad de que fluya el crédito que los bancos no dan y el Gobierno parece que tampoco les obliga a darlos. Sin liquidez es muy difícil que los empresarios saquen adelante sus negocios. Y si lo que se hace, por contra, es recortar los sueldos o inocular el miedo a los despidos, el consumo baja, por lo que la economía se ralentiza aún más. En esas estamos. Y aunque un observador objetivo pueda verlo con toda claridad así, parece que no debe ser tan sencillo, dado que los políticos no alcanzan a encontrar el camino. De esta crisis no se sale (o se sale muy tocado) haciéndola recaer siempre del mismo lado. Y eso es lo que se está haciendo.
En la antesala de la crisis, el Gobierno anterior apostó por, a mi juicio, dilapidar buena parte de nuestra fortuna con el Plan E, creando necesidades innecesarias sin ir por ejemplo a potenciar el estado del bienestar construyendo más guarderías o desarrollando más los servicios públicos. Se apostó por beneficiar únicamente al sector de la construcción, como si fuera éste el único afectado. Luego se dieron ayudas a las empresas automovilísticas, y después vinieron la deducción de 400 euros y el cheque bebé indiscriminado. Sinceramente, creo que se equivocaron, lo dije entonces y lo sigo pensando ahora. Es necesario que el Estado se endeude, claro, si se trata de potenciar la economía, pero quizás debería haberse reflexionado más en cómo realizar esa inyección de fondos a la economía que sólo se han quedado unos cuantos y que no ha solucionado nada. En sus postrimerías, a partir de mayo de 2010, reconociendo el fracaso de sus planes, dieron un giro radical que les llevó a perder las elecciones. Ahora, con el nuevo Gobierno el primer paso que han dado ha sido en el sentido equivocado: otra vez el mercado laboral. ¿Y el financiero? Parece que sobre ese cuesta más incidir y realmente en él está la causa del problema y también parte de su solución. Así que EL PROBLEMA que tenemos se llama Banca y la solución POLÍTICA.
La falacia de que con esta reforma laboral se crea empleo
Llevamos ya varias semanas discutiendo sobre la reforma laboral. El debate se centra fundamentalmente en dos ideas: los partidarios de que era necesaria para flexibilizar el mercado laboral español y acercarlo más a la legislación del resto de países europeos, porque de esa manera, al poder el empresario alterar unilateralmente las condiciones de trabajo se podrá replantear despedir, al tiempo que si tiene que hacerlo le será más barato y de otro lado están los defensores de que con esta reforma no sólo no se crea empleo sino que se destruye más fácilmente, al haber bajado el coste del despido tanto del procedente como del improcedente.
Lo peor de todo es que, como con “sabias” palabras apuntaba la semana pasada el presidente de la CEOE, esta reforma creará empleo cuando la economía comience a crecer. Y claro, si esto es así, yo me pregunto si entonces no hubiera sido más inteligente y eficiente hacer reformas en otros sectores de la economía, como el financiero, para ver sus efectos, antes que tocar de forma tan significativa los derechos de los trabajadores. Y es que eso de que tengamos que arrimar todos el hombro está muy bien, incluso podríamos decir que si no lo arrimamos nos empujarán a ello, pero es que lo JUSTO, ya que tanto se usa este vocablo últimamente, hubiera sido pedir a cada uno en función de sus posibilidades y también, por qué no, en función de sus responsabilidades para con esta crisis. Si no, va a resultar que los que menos poder de decisión tenemos y los que no hemos influido de manera determinante en que la situación esté así, vamos a ser los que paguemos todo este desaguisado. Y claro, eso justo, lo que se dice justo, no es que sea…
Sr. Garzón
Ya lo decía en un post anterior, no me parece que España sea un país serio, en el que se hagan las cosas bien. A veces tengo la impresión de vivir en un país de charanga y pandereta, como decía Antonio Machado. Más cuando ayer conocía la durísima sentencia que le han impuesto por ordenar las escuchas a los abogados de los imputados en el caso Gürtel. 11 de inhabilitación me parece una pena desproporcionada, aunque quizás igual hubiera dado otra inferior, si los que pretendían mancharle su hoja de servicios, ya lo consiguieron, al menos, ellos lo creerán así.
Ciertamente, no se trata de poner en cuestión ahora todo el sistema judicial español, pero quizás habría que revisar algunas cosas, pues de cómo se están llevando estos tres procesos contra usted, alguien no letrado en leyes, podría intuir cierta persecución a su persona; podría parecer que determinadas fuerzas hubieran concurrido para defenestrar a un juez que, ciertamente algunas de sus decisiones pueden haber sido polémicas y haber rayado incluso la legalidad, pero la forma en que se está yendo contra usted con esta sentencia tan dura que ayer conocimos, da para pensar que hablamos de otra cosa, más que de leyes o buena praxis judicial.
Sr. Garzón, todos nos equivocamos; errar es humano y en ocasiones el afán por conseguir condenar hechos de todo punto condenables, nos puede llevar a extremos peligrosos, pero sepa usted que su hoja de servicios no quedará manchada; antes al contrario, tan mal lo están haciendo los que lo juzgan que lo están volviendo a ensalzar y a convertir en mártir, con lo peligroso que es eso en una sociedad que se presume democrática y en el que los derechos de todos, y digo TODOS, deberían ser respetados.
De nuevo, emigrantes
Los últimos datos del saldo migratorio español arrojan un saldo negativo por vez primera desde que se tienen datos. Esto es, que son más los que se van de España que los que llegan. Es curioso cómo está cambiando todo en los últimos tiempos. Hasta anteayer, España era uno de los países de la Unión Europea que más inmigrantes recibía. Ahora, no sólo ya no recibimos, sino que exportamos.
Si lo observamos desde una postura ecléctica, podríamos concluir que es algo completamente normal, que los ciclos en la economía se suceden y que esto puede llevar aparejado que igual que ha habido épocas de bonanza en las que la economía española ha podido generar puestos de trabajo capaz de absorber a trabajadores extranjeros; en épocas de mayores dificultades, los españoles tienen que salir fuera a buscar trabajo. Y esto, puede concluirse, es algo absolutamente normal, en la sociedad globalizada en la que vivimos.
Pero desde otra más postura más crítica, y realista si se quiere, lo cierto es que si muchas personas se están viendo obligadas a buscar trabajo fuera de España, no en busca de mejores condiciones económicas, lo cual es muy legítimo y hasta deseable si se quiere, sino obligadas porque no son capaces de encontrar un hueco en el mercado laboral español, aun contando con una buena formación y la mejor de las predisposiciones, es que algo ha fallado durante las épocas de bonanza. Y es, sencillamente, que no hemos sido capaces de preparar a España para competir con el resto de economías. Apostar por el ladrillo, como se ha hecho durante demasiados años, apoyándonos en él de forma indiscriminada, ahora trae estas consecuencias. No se ha apostado por mejorar la educación, ni la sanidad, ni los servicios sociales; no se ha detectado que en la investigación puede estar un factor de riqueza muy importante, hasta ahora totalmente relegado a un segundo plano. En el siglo XXI sólo es posible competir desde la calidad y la diferencia, y aunque las exportaciones de las empresas españolas han crecido tímidamente, todavía queda un camino muy largo por recorrer. Y hay que apostar por facilitar y apoyar la internacionalización de nuestras empresas, incluidas las pymes. Hay personas perfectamente preparadas para contribuir a este empeño… Y claro, hay que obligar a los bancos a que se impliquen en la tarea en la que nos encontramos, concediendo créditos a quienes lo necesitan, precisamente para generar empleo. La forma en que están actuando los bancos en toda esta crisis es tan deleznable… Han concedido hipotecas (otra vez el ladrillo) a diestro y siniestro, sabiendo que ellos nunca van a perder, y cuando vienen mal dadas para los hipotecados, éstos no sólo pierden sus casas, sino que deben seguir pagando el crédito que los vincula al banco… ¿Pero no es abuso de poder esto? ¿Y el legislador español dónde está?
En fin, que con lo que tenemos en casa, normal es que nos vayamos fuera y que muchos españoles contribuyan a generar riqueza para otros países. Esto es lo que tenemos, y parece por lo que se ve que es esto lo que nos merecemos.
Comenzamos de nuevo
Esto de que termine un año y comience otro sin solución de continuidad estresa bastante. Pareciera como si nos viéramos obligados de golpe a iniciar el año con nuevos proyectos, con nuevos retos, con nuevas ideas, cuando todo lo que deseábamos para el año anterior aún estaba en vías de realización. Sea como fuere, doy la bienvenida al 2012 y espero que sea un año bueno para todos; más cabal que el que acabamos de abandonar y más optimista también, que falta nos hace.
Pero es verdad que se torna complicado comenzar el año con optimismo si se lee la prensa y se está atento a cuanto sucede a nuestro alrededor. Y es que si la prima de riesgo no aparece ya hasta en la sopa, como sucedía el año pasado, ahora, de golpe y porrazo nos encontramos con que los casos de corrupción nos alejan un poquito más de la reconciliación con el ser humano. No citaré nombres, pero todos sabemos cuánto pesa la corrupción en nuestro país, y cuánto caradura hay suelto por España o por el resto del mundo. Asistir a estos casos y al tiempo comprobar cómo los nuevos gobernantes, que han olvidado en un par de días todo lo que se esforzaron en prometer en campaña, apretando un poco más el bolsillo de los que todavía tenemos la suerte de estar trabajando, hace muy difícil ser optimista.
Pero con todo, porque es mejor así, porque no nos queda otra, y porque no hay otro remedio que ese, confíemos en que el sentido común, la honradez, el buen hacer, el trabajo limpio, el respeto, la esperanza, la honestidad, la congruencia, la verdad…, sean valores que nos acompañen a lo largo de este año y para lograrlo, que cada uno aporte su granito de arena.
Balance
El final de año es un momento propicio para hacer balance. También para proponerse nuevos retos para el año que está a punto de comenzar.
Lo cierto es que el año que ahora termina ha sido duro; demasiada tensión durante demasiado tiempo con noticias a todas horas que parecían querer recordarnos que el fin del mundo está próximo. No sé si las convulsiones que está viviendo el mundo presagian algo más allá de la coyuntura. No sería malo que así fuera. Los momentos de crisis traen normalmente aparejados cambios. El problema es que no sabemos a ciencia cierta si esos cambios serán para mejor o para peor.
Los movimientos que se han producido en varios Estados árabes, en los que la población reclamaba libertad (recuérdese Túnez, Egipto, Libia o Siria, entre muchos otros), englobados genéricamente bajo el término de primavera árabe, contrastan con la indolencia de las sociedades civiles de los Estados europeos, que hemos asistido sin inmutarnos a cómo los movimientos económicos han quitado y puesto gobiernos, sin que Europa tiemble.
Pareciera como si una vez conquistada la democracia, con lo que cuesta conquistarla, no tuviéramos problema en abdicar de ella. Llegará el día en que tengamos que volver a las calles a reivindicarla. Pero para entonces habremos perdido muchas cosas por el camino.
Para 2012, que tan negro nos lo pintan, lo necesario es sentido común y responsabilidad. No ya a los políticos, sino a todos y cada uno de nosotros. A ver si es posible que con cabeza esto pueda ordenarse un poco.
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