Resulta frecuente en la investigación social la preocupación por la sinceridad de quienes participan en encuestas, entrevistas o cualquier otra toma de datos. No nos gusta que nos mientan, que maquillen o que disimulen lo que piensan. La sospecha de que “no dicen la verdad” atraviesa todas las técnicas de recogida de información, cualitativas y cuantitativas. Y sin embargo, ese miedo suele estar mal planteado: el problema no es que la gente mienta, el problema es cómo hemos diseñado nuestro estudio.
La mentira, la exageración o el silencio forman parte de la acción social, es decir, de aquello que estamos intentando comprender. Igual que en la vida cotidiana, en la investigación cada persona construye un discurso con objetivos: protegerse, persuadir, justificar, quedar bien, probar suerte. Eso no convierte los datos en inválidos. Al contrario, ese comportamiento es parte del fenómeno que investigamos. El error está en pensar que la validez depende de la sinceridad de la persona informante, cuando en realidad depende de la solidez del diseño.
Conviene dejarlo claro. Validez significa diseño: perfiles e instrumentos coherentes con los objetivos de la investigación. Fiabilidad significa consistencia: aplicar ese diseño de manera sistemática y transparente. La validez se pierde cuando seleccionamos mal los perfiles, cuando hacemos preguntas confusas o irrelevantes, cuando elegimos un instrumento que no responde a lo que queremos conocer. La fiabilidad se compromete cuando improvisamos, cuando analizamos sin explicar el camino recorrido o cuando aplicamos criterios diferentes a casos semejantes.
No es raro escuchar: “quienes respondieron no fueron sinceros”, “las familias ocultaron información”, “el personal profesional maquilló las respuestas”. Todas estas frases desplazan la responsabilidad hacia las personas informantes, cuando en realidad corresponde a quienes investigamos. El problema aparece cuando un estudio se sostiene en la ingenua expectativa de sinceridad absoluta.
Cuando una persona gestora infla los logros de un plan, está mostrando cómo funciona la lógica institucional. Cuando una familia calla parte de su experiencia, está revelando relaciones de poder o de dependencia. Cuando alguien responde al azar o se contradice en una encuesta, está diciendo algo sobre la redacción o extensión del cuestionario. La mentira, el disfraz, la contradicción o la omisión son, en sí mismos, materiales de análisis.
Por supuesto, esto exige rigor. No basta con aceptar todo discurso como válido: hay que situarlo, triangularlo, contrastarlo. Pero el sentido no está en descubrir una supuesta “verdad oculta”, sino en comprender qué significa lo que se dice, lo que se calla y lo que se inventa. La transparencia metodológica —explicar cómo seleccionamos, cómo preguntamos, cómo analizamos— es lo que genera fiabilidad. La coherencia entre objetivos, perfiles e instrumentos es lo que asegura validez.
Dicho de manera llana, “si te mienten te jodes”. No porque tu investigación quede arruinada, sino porque no has previsto esa posibilidad en el diseño y no tomas la mentira como dato. En investigación social, cualitativa o cuantitativa, no hay datos puros ni objetivos. Siempre son relatos, respuestas, elecciones situadas. Nuestra tarea no es exigir sinceridad, sino construir instrumentos que permitan interpretar lo que recibimos.


