Auroras boreales en España durante la Guerra Civil, cuando el cielo se tiñó de rojo

Mi padre me contaba que en la Guerra Civil Española (1936-39), cuando era un niño, y vivía en Los Pánchez, una pequeña aldea de Fuenteovejuna (Córdoba), los chavales se subían a una ladera desde donde veían los bombarderos dirigiéndose al frente que estaba próximo, en el valle de los Pedroches (Córdoba), incluso escuchaban el ruido de las bombas, de allí proceden algunas de las famosas fotos que Frank Capa tomo durante la guerra civil. Un día al anochecer según sus palabras: “el cielo se tiñó de rojo”. Nadie supo explicar que era aquel fenómeno creándose todo tipo de especulaciones, algunos decían que era el reflejo de la sangre de los muertos. Cuando me lo contó, y lo hizo varias veces, sospeché que era una aurora boreal, pero había un par de datos que no me encajaban: Los Pánchez están en Andalucía, al Sur de España, y yo creía que las auroras boreales se suelen observar a la altura del Círculo Polar Ártico (o del Antártico si nos referimos a Auroras Australes), además suponía que las auroras eran verdeazuladas pero no rojas.

aurora boreal

En los años 80 del siglo XX intenté localizar información sobre auroras boreales en España; entonces no había Internet y buceé en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional española, en Madrid, donde solía ir a leer. Encontré una pequeña noticia en “El clamor público”, periódico del partido liberal, en su edición de Madrid de 6 de septiembre de 1859 decía (trascripción literal): “AURORA BOREAL.- La aurora boreal que se observó en Madrid, ó por mejor decir en España, en la noche del domingo al lune de la semana pasada, ha sido ostensible en toda Europa, á juzgar por las noticias que van llegando de Paris, y otras varias. El Diario de Bruselas ha hecho observar que el mismo día se hicieron visibles varios fenómenos curiosos de la física del globo. Al medio día del domingo, la aguja magnética empezó á sufrir impresiones violentas y las líneas telegráficas en Ostende, Anveres, Lóndres, París y Berlin, y aun el cable sub-marino entre Ostende y Donores dejaron percibir signos evidentes de relacion con el precipitado fenómeno durante el espacio de su aparicion

Estaba claro que en 1859 hubo auroras en España, por tanto eran posibles en estas latitudes. Encontré más información sobre el hecho: ese año de 1859 hubo varias grandes auroras que se observaron a latitudes excepcionalmente bajas, muy distantes de los círculos polares. La causa la encontró el astrónomo aficionado británico Richard Carrington que durante años había estado observando sistemáticamente el Sol, se interesaba especialmente por las manchas solares. Se percató que desde finales de agosto de 1859 había una gran actividad solar, el día 1 de septiembre vio cómo una gigantesca llamarada se desprendía del Sol y 3 días se originaron las excepcionales auroras a las que nos hemos referido. El fenómeno pasó a denominarse El evento Carrington. Hoy sabemos que se trató de una tormenta solar, de las que hablaré otro día.

Años más tarde por fin encontré una referencia clara a lo que buscaba. En el libro La aviación legionaria en la Guerra Española, de José Luis Alcofar Nassaes,  leí: “El día 25 [se refería a enero de 1938] el bombardeo fue de nuevo muy intenso. La moral se vio afectada aquel día por una extraña luminosidad que apareció por El Tibidabo sobre la que se hicieron las más extrañas conjeturas y que resultó ser una aurora boreal, un fenómeno muy raro en aquellas latitudes. Un extraño misticismo se apoderó de la ciudad, hablando de milagros y culminando al día siguiente, cuando comenzó a correr el bulo de que se había llegado a un acuerdo con el Generalísimo para que no se repitieran los bombardeos de Barcelona. El optimismo desapareció el día 30 cuando la ciudad fue bombardeada tres veces“. Con ese dato en la hemeroteca busqué periódicos del día 26 de enero de 1938. El diario ABC de ese día informaba sobre la aurora. Se decía que al principio se creyó que se trataba de un incendio en los montes del Pardo de Madrid, pero pronto se dedujo, por la altura y gran extensión de la luz, que se trataba de un fenómeno meteorológico. Sin duda mi padre había visto una aurora boreal, y debía haber sido de color rojo. Mucho después visité una exposición en Salamanca que incluía varios tratados que hacían referencias a auroras boreales vistas sobre Salamanca en el siglo XVIII. En el siglo XX y en lo que va de siglo XXI las auroras en latitudes bajas han sido infrecuentes, pero en el pasado hubo periodos donde este fenómeno no era extraño. La existencia de auroras era conocida en la Grecia Clásica, el propio Aristóteles cita en su Meteorología un fenómeno que probablemente era una aurora.

auroraboreales

El astrónomo británico Edmond Halley, el mismo en cuyo honor fue bautizado el cometa Halley (que nunca observó), fue el primero en proponer que formación de las auroras estaban relacionadas con el campo magnético terrestre. Se sabe que la Tierra está envuelta por una magnetosfera. Las partículas cargadas al llegar a la magnetosfera siguen las líneas del campo magnético e interaccionan con los átomos y moléculas de la atmósfera de la Tierra. El proceso es similar al que ocurre en los tubos de neón, el gas se excita al hacer pasar una corriente eléctrica y se desexcitarse emiten energía en forma de luz “neón”. Estas interacciones se producen en la estratosfera, que empieza a unos 12 km, se extienden por la mesosfera, entre 50 y 80 km, donde son más intensas, continúan por la termosfera, incluso en tormentas excepcionales las interacciones pueden hacerse visibles en la parte baja de la exosfera, donde orbita la Estación Espacial Internacional (400 km). Los colores que vemos en las auroras dependen de la especie atómica o molecular que las partículas del viento solar excitan y del nivel de energía que esos átomos o moléculas alcanzan. Por ejemplo, no es lo mismo que la excitación se produzca en una zona con una atmósfera con niveles muy altos de oxígeno que en otra con niveles muy bajos de este. El oxígeno es responsable de los dos colores primarios de las auroras, el verde y amarillo; el nitrógeno produce una luz azulada y se origina al arrancar alguno de los electrones de su capa más externa; el helio y el hidrógeno producen los colores rojo y púrpura, aunque muy enrarecidos son los gases que predominan a mas altitud pues son los más livianos. En latitudes relativamente bajas, como España, debido a la curvatura de la Tierra, los colores que se ven son los de las partes más altas de la aurora donde, como hemos visto, predominan los rojizos. Por eso mi padre llevaba razón cuando me decía que en la Guerra Civil Española el cielo se tiño de rojo. Cuando los atardeceres se visten de rojo rememoro aquella historia que me contó mi padre, que me hizo hacerme preguntas que me llevaron años poder responderlas.

guillermo
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