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Universidad de Salamanca
José Miguel López Cuétara
“Daß wir miteinander reden können, macht uns zu Menschen.”
 

Eric Hoffer

Se puede resumir que el razonamiento psicofilosófico sobre las ideologías de Eric Hoffer: es  que  las personas se unen a causas extremas para huir de su  vacío interior, buscan dejar atrás la libertad individual porque esta conlleva demasiada responsabilidad. Es ahí donde estos movimientos de masas unifican a personas de forma más eficaz encontrando, en la mayoría de los casos,  un enemigo común y un objeto de odio. El fanático radical de ideologías extremas, o de algunos movimientos religiosos, comparte la misma estructura mental y puede cambiar de causa con facilidad. “Resulta necesario comprender los motivos y las respuestas del verdadero creyente. Pues, aunque vivimos en una época sin Dios, esta es todo menos irreligiosa. El verdadero creyente avanza por todas partes y, tanto mediante el proselitismo como a través del antagonismo, está moldeando el mundo a su propia imagen. Y, tanto si hemos de alinearnos con él como si hemos de hacerlo en su contra, conviene que sepamos todo lo posible sobre su naturaleza y sus potencialidades“.

No obstante, todo análisis u opinión está sujeto al subjetivismo de cada cual, hago propia la frase de  Michel de Montaigne, que también Eric Hoffer utiliza para finalizar su libro “El verdadero creyente“, ” Todo cuanto digo es a título de discurso, y nada a título de consejo. No hablaría con tanta audacia si me correspondiera ser creído“, Ensayos (Essais), Libro III, Capítulo 11.

Es una verdad evidente que muchas de las personas que se unen a un movimiento revolucionario en auge se sienten atraídas por la perspectiva de un cambio repentino y espectacular en sus condiciones de vida. Un movimiento revolucionario es un instrumento de cambio manifiesto. No resulta tan obvio el hecho de que los movimientos religiosos y nacionalistas también pueden actuar como vehículos de cambio. Al parecer, se requiere cierto tipo de entusiasmo o fervor generalizado para llevar a cabo cambios profundos y acelerados; y no parece importar si dicha euforia nace de la expectativa de riquezas incalculables o si es generada por un movimiento de masas activo.

En este país, (EEUU), los cambios espectaculares ocurridos desde la Guerra Civil se produjeron en un ambiente cargado del entusiasmo que generaban las fabulosas oportunidades de progreso personal. Cuando el progreso personal no puede o no se le permite actuar como fuerza motriz, es preciso hallar otras fuentes de entusiasmo si se desea lograr y consolidar cambios trascendentales, tales como el despertar y la renovación de una sociedad estancada o la reforma radical del carácter y el estilo de vida de una comunidad.

Los movimientos religiosos, revolucionarios y nacionalistas constituyen precisamente esas fuentes generadoras de entusiasmo colectivo. En el pasado, los movimientos religiosos fueron los vehículos más visibles del cambio. El conservadurismo de una religión, su ortodoxia, es el coágulo inerte de una savia que en otro tiempo fue altamente reactiva. Un movimiento religioso en ascenso es puro cambio y experimentación: está abierto a nuevas perspectivas y técnicas provenientes de todas partes. El islam, cuando surgió, fue un agente organizador y modernizador. El cristianismo ejerció una influencia civilizadora y modernizadora entre las tribus salvajes de Europa. Tanto las Cruzadas como la Reforma fueron factores cruciales para sacudir al mundo occidental y sacarlo del estancamiento de la Edad Media.

En los tiempos modernos, los movimientos de masas que impulsan cambios vastos y rápidos son revolucionarios y nacionalistas, ya sea por separado o combinados. En cuanto a dedicación, poder y crueldad, Pedro el Grande estuvo probablemente a la altura de muchos de los líderes revolucionarios o nacionalistas más exitosos. Sin embargo, fracasó en su objetivo principal: transformar a Rusia en una nación occidental. Y la razón de su fracaso fue que no logró infundir en las masas rusas un entusiasmo capaz de conmover el alma. O bien no consideró necesario convertir su propósito en una causa sagrada, o bien no supo cómo hacerlo. No es de extrañar que los revolucionarios bolcheviques, quienes acabaron con los últimos zares y Romanov, sintieran cierta afinidad con Pedro, él mismo un zar y un Romanov, pues su objetivo es ahora el de ellos, y esperan triunfar donde él fracasó. La revolución bolchevique podría pasar a la historia tanto como un intento de modernizar una sexta parte de la superficie terrestre como un intento de construir una economía comunista. El hecho de que tanto la Revolución francesa como la rusa se transformaran en movimientos nacionalistas parece indicar que, en los tiempos modernos, el nacionalismo es la fuente más abundante y duradera de entusiasmo de masas, y que es preciso aprovechar el fervor nacionalista si se quiere culminar los cambios drásticos proyectados e iniciados por el entusiasmo revolucionario…

Probablemente sea mejor para un país que, cuando su gobierno empieza a mostrar signos de incompetencia crónica, sea derrocado por un poderoso levantamiento de masas unque tal derrocamiento conlleve una considerable pérdida de vidas y riqueza, antes que permitir que caiga y se desmorone por sí solo. Un auténtico levantamiento popular suele ser un proceso vigorizante, renovador e integrador. Cuando se permite que los gobiernos tengan una muerte lenta, el resultado suele ser el estancamiento y la decadencia; una decadencia, tal vez, irremediable. Y dado que los «hombres de palabras» suelen desempeñar un papel crucial en el surgimiento de los movimientos de masas, resulta evidente que la presencia de una minoría culta y elocuente es probablemente indispensable para mantener el vigor de un cuerpo social. Es necesario, por supuesto, que estos hombres de palabras no mantengan una alianza estrecha con el gobierno establecido. El prolongado estancamiento social de Oriente tiene múltiples causas, pero no cabe duda de que una de las más importantes es el hecho de que, durante siglos, las personas instruidas no solo eran escasas, sino que casi siempre formaban parte del gobierno, ya fuera como funcionarios o como sacerdotes…

Todos los movimientos de masas generan en sus adeptos una disposición a morir y una inclinación a la acción conjunta; todos ellos, independientemente de la doctrina que prediquen y del programa que proyecten, engendran fanatismo, entusiasmo, esperanza ferviente, odio e intolerancia; todos son capaces de desencadenar un poderoso flujo de actividad en ciertos ámbitos de la vida; todos exigen una fe ciega y una lealtad absoluta.Todos los movimientos, por muy diferentes que sean en doctrina y aspiraciones, reclutan a sus primeros adeptos entre los mismos tipos humanos; todos ellos atraen a los mismos tipos de mentalidad. Aunque existen diferencias evidentes entre el cristiano fanático, el musulmán fanático, el nacionalista fanático, el comunista fanático y el nazi fanático, no deja de ser cierto que el fanatismo que los anima puede considerarse y tratarse como uno solo. Lo mismo cabe decir de la fuerza que los impulsa a la expansión y al dominio mundial. Existe una cierta uniformidad en todas las formas de entrega, de fe, de búsqueda de poder, de unidad y de sacrificio personal. Hay enormes diferencias en el contenido de las causas sagradas y de las doctrinas, pero una cierta uniformidad…

Quien, como Pascal, encuentra razones precisas para la eficacia de la doctrina cristiana, ha encontrado también las razones de la eficacia de la doctrina comunista, nazi y nacionalista. Por muy diferentes que sean las causas sagradas por las que la gente muere, tal vez mueran, en el fondo, por lo mismo.

El «verdadero creyente» el hombre de fe fanática dispuesto a sacrificar su vida por una causa sagrada, y se intenta trazar su génesis y describir su naturaleza. Para facilitar esta tarea, se recurre a una hipótesis de trabajo. Partiendo del hecho de que los frustrados predominan entre los primeros adeptos de todos los movimientos de masas y de que suelen unirse a ellos por propia voluntad, se asume: que la frustración por sí misma, sin ningún estímulo proselitista externo, puede generar la mayoría de las características propias del verdadero creyente; que una técnica eficaz de conversión consiste básicamente en inculcar y fijar inclinaciones y respuestas inherentes a la mente frustrada. Para comprobar la validez de  el «verdadero creyente» el hombre de fe fanática dispuesto a sacrificar su vida por una causa sagrada, y se intenta trazar su génesis y describir su naturaleza. Para facilitar esta tarea, se recurre a una hipótesis de trabajo. Partiendo del hecho de que los frustrados predominan entre los primeros adeptos de todos los movimientos de masas y de que suelen unirse a ellos por propia voluntad, se asume: que la frustración por sí misma, sin ningún estímulo proselitista externo, puede generar la mayoría de las características peculiares del verdadero creyente; que una técnica eficaz de conversión consiste básicamente en inculcar y fijar las inclinaciones y respuestas propias de la mente frustrada. Para comprobar la validez de estas suposiciones, fue necesario investigar los males que afligen a los frustrados, cómo reaccionan ante ellos, en qué medida dichas reacciones coinciden con las respuestas del verdadero creyente y, finalmente, de qué manera estas reacciones pueden facilitar el surgimiento y la propagación de un movimiento de masas. También fue necesario examinar las prácticas de los movimientos contemporáneos donde se perfeccionaron y aplicaron técnicas de conversión exitosas para descubrir si corroboran la idea de que un movimiento de masas proselitista fomenta deliberadamente un estado mental de frustración entre sus adeptos, y que promueve automáticamente sus propios intereses al secundar las inclinaciones de los frustrados…”.

Eric Hoffer (1902- 1 983) Filósofo y psicólogo social estadounidense. Universidad de California en Berkeley. ( Textos traducidos de su libro “The True Believer“, 1951.)

iosepho
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