Los terremotos siempre nos generan respeto… incluso miedo. Y es normal. Aunque no lo notemos, la Tierra está en constante movimiento: las placas tectónicas sobre las que vivimos se desplazan continuamente y provocan pequeños temblores casi a diario. La mayoría pasan desapercibidos, pero en ocasiones se producen grandes terremotos capaces de causar enormes daños. Lo más sorprendente es que sus efectos pueden sentirse muy lejos de donde se originan. Un buen ejemplo es el terremoto de Lisboa, ocurrido el 1 de noviembre de 1755, en pleno Día de Todos los Santos. Aunque su origen estaba a unos 200 kilómetros mar adentro, al suroeste del cabo de San Vicente, sus consecuencias se notaron con fuerza en muchos lugares de la península. En Salamanca, por ejemplo, el temblor dejó huella en la Catedral Nueva: varias esculturas de piedra se desprendieron de la fachada y la Torre de las Campanas sufrió grietas importantes, llegando incluso a inclinarse. Y en Ledesma, el reloj de la iglesia se detuvo en seco. Imagina el impacto que debió de causar en la población de la época. Pero no todo fue negativo. De aquella tragedia surgió también un avance importante: el marqués de Pombal, primer ministro de Portugal, impulsó una reconstrucción innovadora que sentó las bases de la sismología moderna y de nuevas formas de construir edificios más seguros. Hoy, siglos después, seguimos aprendiendo de los terremotos para protegernos mejor.
Sobre el tema puedes escuchar la entrevista que en EUREKA hemos realizado a Enrico Zacchei, profesor de la Universidad de Salamanca, que junto con Reynaldo Brasil ha publicado un libro (*) sobre cómo diseñar estructuras capaces de resistir estos fenómenos.
(*) Calculation of Seismic Actions for Structural Analysis: Methodological Approaches and Experiences





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