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Universidad de Salamanca
La felicidad en la Historia (FELHIS)
Blog de divulgación del proyecto «La felicidad en la Historia: de Roma a nuestros días. Análisis de los discursos»
 
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Feliz verano / Fácil Verano

Feliz verano / Fácil Verano

ANTONIO PORTELA LOPA

En este verano de 2021 una campaña publicitaria de una empresa de seguros (Mutua Madrileña) concluye cada uno de sus anuncios en la televisión con el deseo “feliz verano” que, en el último momento, se convierte en “fácil verano”. “Feliz verano” está consolidado ya como una locución habitual de despedida antes del tiempo estival, equivalente al “buen fin de semana” con que nos despedimos los viernes. Es una de las fórmulas contemporáneas de felicitación que de alguna manera resulta análoga a las felicitaciones de la cultura clásica. El verano como tiempo de vacaciones conquistado en las últimas décadas se prevé como un tiempo para la felicidad. La originalidad de esta campaña es ofrecer un juego de palabras entre feliz y fácil que de hecho es una sinonimia, si no una traducción o una explicación del primer adjetivo por el segundo.

Feliz y fácil forman una paronomasia (puede verse un comentario lingüístico en español aquí). También la formaban sus étimos latinos felix  y facilis. Mejor que en nominativo se aprecia en acusativo, de la que derivan los dos adjetivos españoles (felicem /facilem). Y aún mejor en los abstractos felicitas/ facilitas. La publicidad actual, que resume tan bien el ideal de felicidad de la época, relaciona también los abstractos ‘felicidad’/‘facilidad’.

 Ya se han ofrecido definiciones de felicitas en este blog (aquí lo ha hecho Guillermo Aprile y aquí David Konstan). En cuanto a facilitas, los autores latinos no parece haber jugado con esas paranomasias (ni felix / facilis, ni felicitas/ facilitas). Sin embargo, la definición de facilitas incluye, en la segunda acepción de Gaffiot, “aptitude hereuse à”, es decir, una aptitud feliz, afortunada para algo (placentera, fecunda y productiva). El ejemplo que pone es la facilidad del orador en el lenguaje. La cita que da es de Quintiliano, Institituciones Oratorias, 12, 6, 7, Sic et tirocinii metum dum facilius est audere transierit, nec audendi facilitatem usque ad contemptum operis adduxerit  “De esta manera pasará sin temor su primera carrera, en que es más fácil atreverse, y esta facilidad en atreverse no pasará a desprecio de la dificultad y ejercicio de perorar”.  Más conocida nos resulta la facilidad de palabra, de la que habla también Quintiliano, 10, 7, 26 oris facilitatem, que tiene equivalente en nuestra “facilidad de lenguaje”. Puesto que ’fácil’, facilis guarda relación con facio, “hacer” (es algo  “que se deja hacer bien”), no cuesta entender la relación que establece el Diccionario Gaffiot entre facilidad y felicidad. Por ejemplo, la facilidad de lenguaje es en cierto modo una felicidad de lenguaje. Muy a menudo el propio Quintiliano califica de felices los textos de gran belleza.

En cuanto a la ética, que es el asunto de fondo, las cosas son muy distintas. El concepto clásico de felicidad depende de los filósofos, sobre todo estoicos y epicúreos, y es consecuencia de una ejercitación, porque acaba siendo una virtud o una suma de virtudes. En cambio la equiparación contemporánea entre facilidad y felicidad muestra el descuido o desconocimiento de la ética para alcanzar la felicidad. El desarrollo del concepto actual de felicidad (basado en una facilidad en la que otros resuelven los problemas concretos) en el anuncio citado lo trato aquí.

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Marta Martín Díaz en el podcast Ancient World: New Voices

Marta Martín Díaz, investigadora de FELHIS, ha participado en el podcast Ancient World: New Voices de UCL, en el que jóvenes estudiantes de posgrado de diferentes áreas de los estudios clásicos conversan sobre sus temas de investigación, aportando nuevas perspectivas a cuestiones del mundo antiguo. En esta edición del podcast en inglés (cuya página web puede leerse aquí), Marta Martín —entrevistada por la investigadora de UCL Giovanna di Martino—habla de varios aspectos del De rerum natura de Lucrecio: las dimensiones políticas del poema, la influencia de Epicuro, las imágenes de la plaga ateniense con las que se cierra la obra y la influencia lucreciana en artistas tan variados como Sandro Botticelli o Derek Jarman.

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Lenguaje (lo dicho) y felicidad: (la dicha). Breve apunte lexicográfico

Lenguaje (lo dicho) y felicidad: (la dicha). Breve apunte lexicográfico

ANTONIO PORTELA LOPA

Si hay un concepto difícil de expresar con una palabra, ese es la felicidad. No porque sea extraño o infrecuente (sobre esto no hay acuerdo, Borges sostuvo que sí era frecuente) sino porque tiende a presentarse con la forma de sustantivos abstractos lo que en realidad es la suma de unas cuantas circunstancias muy concretas. Hablar de felicidad es emplear palabras mayores, cuando normalmente se basa en cuestiones menores, incluso mínimas.

El análisis del término español ‘felicidad’ (que dejamos para otra ocasión) debe ir acompañado  e incluso precedido del estudio de sus sinónimos. Uno de ellos nos servirá para centrar  lexicológicamente el concepto, a partir de algunos datos lexicográficos.

La R.A.E. define así el término ‘Dicha’:

dicha1

“Del lat. dicta ‘cosas dichas’, pl. n. de dictum, con el sentido de fatum ‘suerte’, ‘destino’, en lenguaje vulgar, según la creencia pagana de que la suerte individual se debía a las palabras pronunciadas por los dioses al nacer el niño”.

Ofrece cuatro acepciones, de las que nos interesa la primera (expresa plenamente la sinonimia absoluta entre dicha y  felicidad) y la segunda, porque en realidad desarrolla lo que es la felicidad, que en gran medida depende de la suerte:

1. f. felicidad.

2. f. Suerte feliz. Felipe es hombre de dicha.

3. f. Cineg. Ladrido de un perro en persecución de una res.

a, o por, dicha

1. locs. advs. Por suerte, por ventura, por casualidad.

Nada tiene que ver dicha2, que viene del mapuche dichon ‘dar estocada’. Y significa

1. f. Nombre vulgar de varias hierbas con hojas o frutos punzantes, que se crían en Chile.

En cambio, las otras entradas que contienen la forma «dicha»: (decir1 dicho, cha) sí tienen que  ver, porque dan cabida a la forma masculina y femenina del participio del verbo decir: ‘dicho’ y ‘dicha’. La propia entrada de la Academia nos informa de que en realidad el sustantivo femenino ‘dicha’ viene del latín dicta, plural de dictum (cuya evolución, sea como masculino o como neutro, es ‘dicho’). Dicta, “las cosas dichas” se ha sustantivado en “dicha”.

Morfológicamente (y fónicamente) este femenino que conserva la memoria de un antiguo plural neutro en –a, y antes de un colectivo (“el conjunto de cosas dichas”)”, no es raro. Como modelo comparativo fónico y léxico tenemos, por ejemplo, ‘leña’ (de ligna, plural de lignum). La oposición ‘leña’/ ‘leño’ guarda bastante similitud con la de sus respectivos términos originarios, ligna/ lignum (“conjunto de leños”/”leño”).

¿Cómo “las cosas dichas” han llegado a significar “la felicidad”? Aunque la Academia da una causa específica (“la creencia pagana de que la suerte individual se debía a las palabras pronunciadas por los dioses al nacer el niño”), es posible que haya una vinculación universal entre el lenguaje y la felicidad. Las palabras definitivas (por ejemplo, las pronunciadas por los dioses en el paganismo) o simplemente los buenos deseos formulados pueden convertirse en un sinónimo de la felicidad que anuncian, basta con que estén marcados por el bien.

El término italiano ‘auguri’  es un buen modelo para proponer un modelo comparativo semántico: es a la vez “buen deseo, palabra favorable” y “felicitación o constatación de la felicidad”. El italiano ‘augurio’ viene del latín augurium, pero este solo significaba “interpretación de los signos, presagio, predicción, profecía”. Ha necesitado cargarse semánticamente con adjetivos o adverbios que aporten la idea del bien, para acabar siendo un sinonimo de felicitación. Por ejemplo , en la tercera acepción del diccionario Treccani:

“Desiderio che accada qualcosa di bene, e l’espressione stessa di questo desiderio: formulare un a.; a. di felicità, di buona fortuna; ti faccio l’a. di guarir presto; gradisci i miei più sinceri augurî; cerca di riuscire: questo è il mio a. più cordiale. Inoltre: fare, porgere, mandare, inviare gli augurî; lettera, cartolina, biglietto di augurî, per le maggiori solennità o per qualche avvenimento particolare, come compleanno, onomastico, matrimonio, ecc. (e in questi casi si adopera sempre al plurale).”

Como se ve, en las felicitaciones (por cumpleaños, santos, matrimonio, etc.) casi siempre se usa en plural. Lo mismo que le sucedió a dicta  (“cosas dichas”), un plural originario, aunque ahora ‘dicha’ sea un sustantivo femenino singular. Este recorrido nos puede haber aclarado el concepto de felicidad en uno de sus sinónimos y la relación con el lenguaje pronunciado, con el bien y con el plural que tiene la noción de felicidad.

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Lectorem delectando: la lectura como felicidad en el mundo clásico

Lectorem delectando: la lectura como felicidad en el mundo clásico

Lectorem delectando el placer de la lectura

El investigador principal de FELHIS, Juan Antonio González Iglesias, ha publicado un artículo en el último número (894, junio 2021) de Insula: revista de letras y ciencias humanas.

La lectura en el mundo clásico era a menudo lo mismo que es hoy: un refugio frente a las mil adversidades de la vida. Ovidio celebra la sencilla felicidad doméstica de leer, aumentada en comparación con las incomodidades peligrosas de los viajes. En sus Amores (2, 11, 31-32) leer aparece como un placer seguro —en los dos sentidos: garantizado y exento de riesgos—. Nos presenta el bienestar del que, tendido en la cama, lee sus libros (legisse libellos, “libritos”, otro diminutivo en el que cabe todo el afecto del mundo) toca la lira. Probablemente la lectura y la música tuvieran lugar en la cama, incluso simultáneamente, en una suma de placeres elementales que han cambiado muy poco. Es probable que ahora todo eso quepa en un teléfono móvil, pero lo esencial, como corresponde a lo clásico, se mantiene en las actitudes humanas genuinas: “Más seguro / es calentar tu lecho, leer tus libros, /pulsar la lira tracia con tus dedos”.

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Curso «Carpe diem: leer y escribir poesía» V edición

Curso «Carpe diem: leer y escribir poesía»

Entre el 3 y el 16 de mayo se desarrollará en la Universidad de Burgos la V edición del Curso «Carpe diem: leer y escribir poesía», dirigido por el Prof. Antonio Portela Lopa, miembro investigador de FELHIS. El curso se propone acercar la poesía de manera atractiva, participativa, y con un planteamiento diferente de las clases regulares. Leer, comentar buenos textos y escribir serán las pautas de una actividad universitaria que se plantea como un tiempo creativo, ameno, capaz de mejorar humanísticamente a sus participantes.  La modalidad del curso será online y su duración total es 30 horas

Para mayor información, puede consultarse la web oficial del curso.

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Carpe diem o la felicidad efímera en progreso

Carpe diem o la felicidad efímera en progreso

RAFAEL PONTES VELASCO

¿Cómo interpretamos el tópico horaciano del carpe diem en tiempos de pandemia? ¿Qué nos quieren decir exactamente los que, después del relato de numerosas desgracias compartidas, se despiden de nosotros con la resignada expresión “día a día”? ¿Se acercan al estoicismo del day by day con el que un desolado Rambo, espartano de los años 80, contestaba al coronel Trautman cuando este le preguntaba, al final de la película, por sus próximos e inciertos pasos? ¿Se refieren al más moderno YOLO, acrónimo de you only live once, con el que los jóvenes de la década pasada apostaban por un estilo de vida audaz y sin renuncias?

Todas estas posibilidades y muchas más caben en el carpe diem, o carmen díez si atendemos al argot humorístico de hace veinte años. El tópico se revisa en cada época y, últimamente, casi en cada instante. Carpe diem no significa lo mismo hoy, 18 de marzo de 2021, que a principios de 2020. El coronavirus ha cambiado nuestra percepción y el miedo ha provocado que la bella máxima de Horacio se pronuncie con más precaución que optimismo: abraza la mañana si puedes, porque esta tarde una infección podría amargarte y contraerte. En la noche es mejor que no pensemos, al menos por ahora.

Carpe diem también equivale a “la vida son dos días”, si bien el abstracto 1 se nos antoja más duradero y contundente que el concreto 2. Su mención implica que ni siquiera planifiquemos el trabajo pendiente que nos agazapará dentro de una hora, que olvidemos por un momento la dureza de la realidad. Somos más conscientes que nunca de la incertidumbre, de la fuerza de lo inesperado en su sentido negativo. Nos mostramos desconfiados, temerosos de anunciar promesas, prudentes hasta en el pronóstico más conservador. “Distancia” es la palabra clave, el signo de nuestro tiempo: clases a distancia, distancia de seguridad, distancia para que la verdad no nos dañe.

Los innumerables besos que Catulo generosamente repartió en su “Carmen V” son tal vez los que la mascarilla impide que demos hoy. El caprichoso equilibrio exige que a pocos se les dé lo que a la mayoría se le niega. También su viceversa. La felicidad es efímera y resulta difícil no sentirse culpable en su presencia. Paradójicamente la agarramos con toda la valentía de la que somos capaces, la cosechamos a contracorriente sin saber a ciencia cierta durante cuánto tiempo podremos disfrutarla. ¿Tenemos derecho a ella o acaso es nuestra única obligación? No nos engañemos. Los clásicos nos dicen que la felicidad es un imperativo (“aprovecha, vive el hoy”) y sabemos que somos más felices cuando cumplimos con nuestro deber.

Los actos nobles son valiosos por sí mismos, y por tanto más meritorios, en la medida en que ignoramos si habrá un futuro en el que se nos recompense por ellos. Más bien, sospechamos que no lo habrá. Con todo seguimos, pequeños héroes de la cotidianidad, trabajando como si no hubiera un mañana en el sentido literal de la expresión. Quizá la única certeza sea que un día estuvimos contentos, o al menos Horacio y Catulo se sintieron así durante largas etapas de sus vidas y nada impide – a priori – que algunos de nosotros también lo estén o lo estemos.

En el esplendor del subjuntivo (deseos, dudas, miedos), el imperativo carpe diem sugiere algo más que una invitación. Su necesario reverso, complementario por su tono, es memento mori. Los dos lemas conllevan una advertencia y se justifican recíprocamente. En esta dirección, el poeta Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978) observa que la fugacidad de la vida atañe a la literatura menos que a nuestra existencia real. Más acá de la dicción y de la ficción, en un plano material que el arte y la cultura no alcanzan, existe una muerte que va en serio. Como se deduce de su poema “Memento mori”, no hay manera de maquillar ni mitigar el dolor que produce:

Los sabios nos recuerdan que la muerte

da sentido a la vida,

que si amamos, sentimos o reímos

se debe a que, algún día, todo habrá terminado,

se habrá cerrado el círculo y al fin conoceremos

la última anotación del pergamino.

Lo dicen los filósofos y Borges,

los gurús de culturas muy lejanas.

La muerte de la que hablan no es la nuestra,

sino la medieval de los grabados,

unos huesos con túnica y guadañas.

Ellos piensan en Séneca recostado en su tina

o en Hamlet escuchando los clarines de Fortinbras.

La muerte es el final, pero de un libro,

el último estertor de un personaje.

De la otra, de la ausencia que te hace ser un alga

incolora en el fondo del más puro silencio,

de la muerte que infunde el pánico y te empuja

como un perro furioso contra el mundo,

de esa saben muy pocos.

Casi peor que la muerte es la enfermedad. El carpe diem está ligado a la juventud, pero también a la consciencia de que la plenitud no dura para siempre. El solo hecho de pensar en el tópico latino, más aún si escribimos sobre ello, implica una edad indefinida, una sensación de eternidad casi incompatible con los años sucesivos. Que la literatura se conciba como una de las artes temporales raya el oxímoron, como contradictorio es el concepto que Rodríguez Jiménez señala en su poema “Poesía joven”:

No existe poesía joven,

por más que la defiendan los dueños del mercado

o intenten explotarla los continuos antólogos.

Los jóvenes extienden sus cuerpos sobre el césped,

dormitan en las aulas o sudan abrazados

en terrenos de juego.

Los jóvenes maltratan su salud en la calle,

trepan hasta las altas cornisas del peligro

y absorben la amargura con soberbia de dioses.

Los jóvenes no pierden su tiempo entre los libros,

viven en un ardiente destello de inconsciencia

que no da para más.

No existe poesía joven.

La magia que desprende el pulso del lenguaje

no tiene condición ni cabe dentro

de la estrecha pantalla de un cronómetro.

No conoce la edad: De sobra sabes

que la hierba de Whitman crece desde el futuro

y que el dedo de Horacio seguirá señalando

cada generación que se ha agotado.

Anacreonte sigue teniendo veinte años

y Safo es la mujer más libre que conozco.

La luz de los veranos de Eloy Sánchez Rosillo

suena siempre distinta,

como el color del mar en La Odisea.

Si padeces la misma maldición que Narciso,

tienes envejecida la pulpa del espíritu.

Vieja tu alma, vieja tu manera

de esconderte del mundo.

Viejo el dolor que muestras orgulloso

como los tatuajes de los marinos viejos.

Vieja la enfermedad de verte indemne

aun en el canto último del cisne.

Viejo seguir la senda de los muertos.

Vieja la hermosa farsa de tu vida.

Tiempos tan duros como los que padecemos en la actualidad, tan inéditos para todos nosotros, requieren nuevas herramientas de interpretación. La tradición nos ayuda y nos prepara hasta un punto muy alto, pero quizá ya no resulte suficiente y debamos dar un paso más. No es lo mismo el entrenamiento que el partido. José Luis García Martín, en “A un dios desconocido”, nos da una pista de los dones que podemos pedir de manera realista: “Dame pobres placeres repetidos / no un único diamante en la memoria”. Enrique Lihn ofrece un consuelo a los que escribimos, extrapolable a los que se dedican a cualquier otra actividad, en su poema “Porque escribí”: “Escribí / y hacerlo significa trabajar con la muerte / codo a codo, robarle unos cuantos secretos (…) / Pero escribí y me muero por mi cuenta, / porque escribí porque escribí estoy vivo”.

Esto es lo que proponemos para que el carpe diem contribuya a la felicidad en tiempos de pandemia: un hoy efímero, sí, pero progresivo. Se trata de un work in progress que demanda una labor constante de renovación y mayor humildad que nunca. La felicidad se siembra y los frutos pueden llegar o no, aunque suelen hacerlo de un modo u otro. Los tres pilares en los que se sostiene esta ética fugaz, adaptada a lo inmediato, son la valoración de lo que tenemos, el intento de recordar con agradecimiento e incluso recobrar lo que tuvimos y, posiblemente, la reducción de las aspiraciones. Como escribe Rodríguez Jiménez en el poema final de su libro Nuestro sitio en el mundo, a la postre es el amor – paterno, en su caso – el que propicia el balance deseable entre la eternidad y el carpe diem:

 

CUANDO FUIMOS ETERNOS

Para Vega

Leí en alguna parte que la muerte no tendrá señorío

y hoy comprendo por qué:

Duermes sobre mi pecho con tu piel confiada

y tu sonrisa inmensa reposando en su cofre.

Dice un viejo poema que la muerte no encontrará dominio

y es más fácil creerlo con tu aliento en la cara,

con esta sangre nuestra que alimenta tu cuerpo

y este sueño arropando la intemperie del mío.

Es fácil entender que no habrá señorío

de la muerte en la casa donde fuimos eternos,

completos y felices como antorchas prendidas

que espantan a la muerte con su fuego tan vivo.

 

Referencias:

Catulo (2006): Poesías, Madrid, Cátedra.

Cosmatos, George Pan (1985): First Blood Part II, USA, TriStar Pictures.

García Martín, José Luis (1992): El pasajero, Granada, La Veleta.

Horacio (2004): Odas y Epodos, Madrid, Cátedra.

Lihn, Enrique (1995): Porque escribí. Antología poética, Chile, Fondo de Cultura Económica.

Rodríguez Jiménez, Antonio (2020): Nuestro sitio en el mundo, León, Eolas Ediciones.

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Rupit amor leges: un instante de felicidad en la épica de Lucano

Rupit amor leges: un instante de felicidad en la épica de Lucano

JAVIER ANTONIO SÁNCHEZ MARTÍNEZ

Acaso el lugar menos propicio del mundo para la felicidad sea la guerra. Una palabra que guarda la raíz de la fecundidad no puede caber en el nombre de la destrucción. En trincheras, frentes y acies algunos soldados han encontrado ambas: luchando, la muerte; la felicidad, rehusando la lucha. El rechazo individual o colectivo a la batalla—deserción y tregua improvisada— es una constante en la historia y, por tanto, un tópico literario. Para el primer caso, podríamos citar los famosos versos de Arquíloco (fr. 5 W) y Horacio (Carm. 2.7.). Para el segundo, Lucano (4.168-205):

Allí, no muy distantes, y con livianas vallas

los reales se asientan. Y al mediar poco espacio,

y conseguir los ojos reconocer los rostros,

(allí se pueden ver padres, hijos y hermanos)

advierten la vileza de las guerras civiles.

Un instante el temor paralizó las lenguas:

saludan con el gesto y agitando las armas.

Pero, luego, inflamados por impulsos de afecto,

la disciplina quiebran, y el soldado se atreve

a traspasar las vallas, con los brazos abiertos

para el abrazo. Uno, por el nombre al vecino

requiere; a su allegado, éste invoca; suscita,

otro, tiempos comunes de la escolar infancia;

ningún romano logra no amar a un adversario.

Bañan lágrimas armas, sollozos besos cortan,

y, aún no maculado por la sangre, el soldado

por lo que pudo hacer se estremece. […]

[…]

Paz había; y los milites, de un castro a otro, juntos

erraban; concordados, dura grama sirviéndoles

de mesa, convivían con solidario Baco;

brillan fuegos campestres y, común la yacija,

insomnes noches pasan narrando sus hazañas:

en qué lugar lucharon primero; de qué diestra

partió la lanza. Mientras exageran sus glorias

y sus errores niegan, van cediendo al destino:

renuevan, desdichados, la lealtad, y agravan

con el afecto crímenes que ellos mismos perpetren.

(traducción de M. Roldán [versión original])

Lucano

Lucano

El poeta no desaprovecha la oportunidad de incluir en su Farsalia el episodio histórico de la tregua improvisada durante la campaña de Lérida (verano del 49 a. C.) en la guerra civil de César y Pompeyo. En un poema tan fúnebre, pesimista y subversivo, en cuyos versos se encuentran serpientes, tempestades y crímenes, en el que los hombres son crueles y la naturaleza anuncia el fin del mundo, este breve momento de felicidad resulta aparentemente extraño. En realidad, se trata de una inversión más de lo establecido: entre conciudadanos, donde debería haber paz, hay guerra; entre soldados, donde debería haber guerra, hay paz. Esta ironía trágica sintetiza a la perfección la idea de las guerras civiles: los mismos que ahora son hermanos, después estarán matándose. Y en el relato, la propia confraternización, antes que aliviar la tensión narrativa, la acentúa (omne futurum creuit amore nefas, 4.204-5). Con todo, reconforta observar la inclinación natural del hombre a la concordia: es poderosa la imagen del soldado que desobedece el mando para abrazarse a su adversario. Sustituyen así el combate por un sencillo banquete a la luz de la hoguera y dejan de intercambiar proyectiles para intercambiar historias. Por eso, Lucano invoca (4.189-191):

nunc ades, aeterno conplectens omnia nexu.

o rerum mixtique salus Concordia mundi

et sacer orbis amor.

(¡Ahora vengas, Concordia! Y con eterno vínculo

anudes todo; tú, renovación del mundo

y de sus elementos armonía; sagrado amor universal.)

De la misma manera, 1988 años después, en otra guerra civil, soldados de ambos bandos salían de sus trincheras a encontrarse en un campo de fútbol de la Casa de Campo. Pedro Corral cuenta este episodio en Desertores (pp. 372-375). Curiosamente, aparecen los mismos elementos del abrazo, la conversación y el alcohol que en la tregua de Lérida:

El comisario político de la 6.ª División, Isidro Hernández Tortosa, llegó también al lugar de los hechos. Su declaración es muy explícita acerca de su reacción ante lo que vio: «Rápidamente llegamos allá y pudimos comprobar el caso bochornoso de que ambos bandos se abrazaban y se besaban». Lo sorprendente es que las mismas fuerzas se habían tiroteado con saña el día anterior. (…) Entre los papeles de la causa abierta por la justicia militar republicana por este episodio, se conserva una nota que uno de los soldados franquistas entregó a otro del Ejército Popular para que se la hiciera llegar a su novia, que residía en el pueblo barcelonés de Cardona, en la retaguardia republicana. La nota, evidentemente, no llegó nunca a su destinataria: «Querida Rosa: Hoy en este frente somos todos hermanos, bebiendo una botella de cognac con los camaradas que tan buenos son. Espero vernos pronto. Abrazos. José Gómez».

Ambos episodios son tan solo dos ejemplos de las numerosas treguas improvisadas que sucedieron en la historia, no solamente en guerras civiles (recuérdese la famosa tregua de la Navidad de 1914 en la Primera Guerra Mundial). Lucano, como poeta, capta la esencia del fenómeno y la expresa en dos dáctilos y medio: rupit amor leges (4.175).

 

REFERENCIAS

Housman, A. E. (1927). M. Annaei Lucani Belli Ciuilis libri decem. Oxford: Blackwell.

Roldán, M. (1995). Lucano: Farsalia. Córdoba: Universidad de Córdoba.

Corral, P. (2006). Desertores: la Guerra Civil que nadie quiere contar. Barcelona: Debate.

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Infancia, lectura y felicidad en Alan Pauls: autobiografía y cruce de géneros

Infancia, lectura y felicidad en Alan Pauls: autobiografía y cruce de géneros

MARIA XIMENA VENTURINI

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Alan Pauls

El escritor argentino Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) es autor de diversas obras narrativas, además de ensayista, guionista, crítico de cine y profesor universitario. Colabora habitualmente con los suplementos culturales de prestigiosos periódicos latinoamericanos, como el argentino Página/12 o el brasileño Folha de Sâo Paulo. Ha publicado ensayos sobre escritores como Manuel Puig o Jorge Luis Borges. En 2003 obtuvo el Premio Herralde de Novela con su obra El pasado.

En su ensayo La vida descalzo (2006), Pauls juega con los géneros cruzando recuerdos íntimos, autobiografía y autoficción, para lo cual se vale de recursos textuales, como un marcado uso de la primera persona, y paratextuales, como fotografías de su niñez. En su novela Historia del llanto (2007) —que pertenece a una trilogía sobre los años setenta que comprende también Historia del pelo e Historia del dinero— vuelve a la narrativa propiamente dicha, con un narrador en tercera persona y aproximándose al género testimonial. En ambos textos se subraya la presencia de un yo autobiográfico, que junto con la niñez recuerda también los tiempos convulsos de la Argentina de los años 60.41R5PRSEKiL._SX291_BO1,204,203,200_

Pauls plantea el yo narrador de La vida descalzo desde su título, aparentemente agramatical. El texto está compuesto de diez fotografías y diez textos breves, que comentan la relación del narrador con la playa, al mismo tiempo que subrayan la desnudez del cuerpo infantil. El espacio que se rememora es el de los balnearios —argentinos como Villa Gesell, uruguayos como Cabo Polonio—, en la década de 1960, con la compañía de su padre. La infancia feliz aparece íntimamente ligada al espacio de la playa, como también están asociadas con la felicidad las primeras lecturas o las primeras películas. La playa es el «lugar que se asocia con la forma más perfecta de la felicidad» (Pauls 2006: 123) y conforma un notable paralelo con el descubrimiento de la literatura, «el otro lugar que tiene la forma de la felicidad perfecta» (Pauls 2006: 125). Este yo adulto que escribe (y reescribe) la infancia es una construcción narrativa de lo autobiográfico; como señala Rodríguez Montiel (2018: 63), se trata de «una impostura para proyectarse públicamente en el presente». La reconstrucción de la infancia del niño lector sigue un procedimiento proustiano, en que un poco de fiebre conduce al personaje al descubrimiento del placer de la lectura (Villanueva 2019: 7). Al igual que Borges, a quien ha estudiado magistralmente, Pauls se presenta encontrando en la biblioteca una forma de felicidad.

El personaje principal de Historia del llanto es también un niño lector, que en este caso, encuentra una forma de identificación en el cómic, concretamente en el personaje de Superman. Su relación con las historietas tiene una intensidad extrema, pues casi no puede apartarse de las páginas, fascinado por el superhéroe:

Porque de Superman, héroe absoluto, monumento, siempre, cuyas aventuras lo absorben de tal modo que, como hacen los miopes, prácticamente se adhiere las páginas de las revistas a los ojos, aunque menos para leer, porque todavía no lee, que para dejarse obnubilar por colores y formas, no son las proezas las que lo encandilan sino los momentos de defección, muy raros, es cierto, y quizá por eso tanto más intensos que aquellos en que el superhéroe, en pleno dominio de sus superpoderes, ataja en el aire el trozo de montaña que alguien deja caer sobre una fila de andinistas, por ejemplo, o construye en segundos un dique para frenar un torrente de agua devastador, o rescata en un vuelo rasante la cuna con el bebé que un camión de mudanzas fuera de control amenaza con aplastar (Pauls 2007: 9).

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Estas lecturas son también un primer acercamiento a lo que el niño entenderá, siendo adulto, sobre la felicidad: una ilusión, un artificio inalcanzable que remite al paso de la niñez a la adultez, una certeza de lo imposible. Como enuncia el narrador:

En la felicidad [...], como en cualquiera de sus satélites, no encuentra más que artificio, no exactamente engaño ni simulación, sino el fruto de un artesanado, la obra más o menos trabajosa de una voluntad, que puede entender y apreciar y a veces hasta comparte, pero que por alguna razón, viciada como está por su origen, siempre parece interponer entre él y ella una distancia, la misma, probablemente, que lo separa de cualquier libro, película o canción que representen o giren alrededor de la felicidad. [...] La dicha es lo inverosímil por excelencia. No es que no pueda hacer nada con ella. En un sentido más bien al contrario, como después de todo lo prueban él mismo, el oficio al que se dedica, su vida entera. Pero cuanto haga con Lo Feliz, como después, también, con Lo bueno en general, está ensombrecido por la desconfianza. Y por Bueno él entiende grosso modo el rango de sentimientos positivos que otros suelen llamar bondad humana…  (Pauls 2007: 16-17).

En estos dos textos de Pauls, el elemento autobiográfico remite a una experiencia personal de la lectura como una forma de conocimiento, pero también —sobre todo— de felicidad. Los niños protagonistas son personajes sensibles, que encuentran cobijo en el cine, en la literatura, en las playas; todos ellos forman una parte esencial de los recuerdos y memorias del yo narrador, sea a través de la primera persona o de la tercera. Con estos recursos, Pauls construye una estetización íntima de la infancia argentina del siglo XX.

REFERENCIAS

Pauls, Alan (2006) La vida descalzo, Buenos Aires, Sudamericana.

Pauls, Alan (2007) Historia del llanto, Barcelona, Anagrama.

Rodríguez Montiel, Emiliano (2018) «Infancia e impostura en La vida descalzo de Alan Pauls»Badebec Vol.7, n° 14, pp. 54-66.

Villanueva, Graciela (2019) «La felicidad en La vida descalzo (2006) e Historia del llanto (2007) de Alan Pauls». Crisol, n° 4, pp. 1-14.

 

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Lo frágil de la felicidad

Lo frágil de la felicidad

DAVID KONSTAN

(Ofrecemos una traducción al español del texto de David Kontan publicado en inglés en una entrada anterior de esta página)

Como es sabido, Aristóteles afirmó que la única cosa que todas las personas coinciden en considerar el objetivo de la vida es la felicidad, o más exactamente, la eudaimonia. Escribe: «En teoría, hay bastante acuerdo entre la mayoría. Tanto el pueblo raso como las personas refinadas dicen que es la felicidad [eudaimonia], y suponen que ser feliz es lo mismo que vivir bien y estar bien. Pero sobre la felicidad, no hay acuerdo acerca de lo que es, y el pueblo común no da la misma respuesta que los sabios» (Ética a Nicómaco 1.1.4, 1095a*). Aristóteles observa que la gente común identifica la felicidad con el placer, la riqueza, el honor, o —cuando están enfermos— con la salud. Luego pasa a examinar cada una de estas afirmaciones, pero la idea de que la felicidad como tal es deseable permanece incuestionable.

Sin embargo, hubo una voz disidente —o eso parece— en la Antigüedad: la de Jenofonte, un contemporáneo de Platón que también escribió diálogos socráticos, así como una continuación de la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, entre muchas otras obras.  En una de ellas, llamada “Reminiscencias” o, según su nombre en latín, Memorabilia, Jenofonte registró una serie de conversaciones socráticas que escuchó él mismo o de las que se enteró por otros. El objetivo general de estos diálogos, dice Jenofonte, era redimir la reputación de Sócrates, que había sido condenado a muerte por introducir nuevos dioses y corromper a los jóvenes.  En un momento dado Sócrates se entera de la existencia de un joven educado de nombre Eutidemo, que sin embargo es tímido y un poco engreído, por lo que evita unirse a las conversaciones que Sócrates estimula. Así que sale en su búsqueda y lo pone a prueba, demostrando tras un habitual interrogatorio socrático que Eutidemo, a pesar de poseer una gran biblioteca, no sabe realmente lo que cree saber.  Después de desafiar al pobre muchacho en una serie de temas, le pregunta si se conoce a sí mismo, como manda la inscripción en el templo del oráculo de Delfos.  Sócrates observa además que el conocimiento de sí mismo debe incluir la comprensión de lo que es bueno y lo que es malo. La primera respuesta de Eutidemo es que la salud es buena y la enfermedad mala, pero Sócrates muestra que la salud puede traer a veces a consecuencias desafortunadas, como cuando una persona enferma evita hacer un viaje en el que el barco se hunde, y todos los que tenían buena salud mueren ahogados. A continuación, Eutidemo presenta como bien inequívoco la sabiduría, o lo que los griegos llamaban sophia, pero Sócrates demuestra que incluso esta cualidad más intelectual puede traer malos resultados. Pone de ejemplo a Dédalo, que diseñó el laberinto donde estaba encerrado el Minotauro y las alas con las que él y su hijo Ícaro pudieron escapar, con consecuencias fatales para Ícaro, y para él mismo, puesto que luego fue capturado y vendido como esclavo.

Convencido de que la sabiduría, o al menos cierta reputación de inteligencia, puede también tener efectos negativos, Eutidemo presenta lo que cree que es un bien absoluto e indiscutible, ser feliz (to eudaimonein, Mem. 4.2.34); a todas luces una apuesta segura, si nos atenemos a las afirmaciones de Aristóteles. Pero Sócrates presenta una objeción incluso a esto. Comienza observando que sería cierto, si la felicidad no estuviera compuesta por bienes que son en sí mismos ambiguos. Al fin y al cabo —se pregunta— ¿a qué equivaldría la felicidad si no incluyera un buen aspecto, fuerza, riqueza, reputación y toda esa clase de cosas? Cada una de estas partes constituyentes, sin embargo, está sujeta a sus propias dificultades: los muchachos demasiado bellos pueden corromperse, los fuertes emprenden tareas que van más allá de sus capacidades, los ricos son vulnerables a conspiraciones contra ellos, y muchos de quienes tienen poder en el estado han sufrido graves perjuicios. Ante esto, Eutidemo se rinde y dice: «Si ni siquiera tengo razón en alabar la felicidad, entonces confieso que no sé qué se debe pedir a los dioses» (4.2.36).

Entonces, ¿estaba equivocado Aristóteles y la felicidad —como sea que se la defina— no es el fin último?  Por supuesto, podríamos negar que la felicidad correctamente entendida se constituya a partir de tales ventajas materiales, aunque Sócrates ya ha demostrado que incluso la sabiduría no es un bien inequívoco. Además, hay razones para pensar que Sócrates no abandona del todo la eudaimonia como ideal.  Anteriormente Jenofonte dice que Sócrates pensaba que las personas que aman el conocimiento y tienen talento para ello podrían, si se educan adecuadamente, ser felices y también permitir que otros seres humanos e incluso ciudades enteras sean felices (4.1.2).  Pero ¿qué tipo de educación requeriría esto? Puesto que Sócrates ha confundido a Eutidemo a tal punto que duda no sólo de la naturaleza de la felicidad, sino también del significado de la democracia y de quiénes deben ser considerados ricos o pobres, el joven reconoce su propia ignorancia y decide pasar el resto de su vida en compañía de Sócrates.  En ese momento, nos dice Jenofonte, Sócrates dejó de perturbar al joven y comenzó a explicarle de forma sencilla y clara lo que creía necesario saber y hacer. Este no se parece al Sócrates que conocemos por los primeros diálogos de Platón, que negaba saber nada salvo el hecho de ser ignorante, y que no predicaba ninguna doctrina positiva.  ¿Qué explicó entonces el Sócrates de Jenofonte al joven Eutidemo?  La respuesta se encuentra en el siguiente capítulo de los Memorabilia, donde Sócrates lo alecciona sobre cómo los dioses han creado el mundo y el cuerpo humano de una manera tal que revela su profunda preocupación por nuestro bienestar. Sócrates concluye que la devoción por los dioses es el camino más seguro para conseguir todas las cosas buenas (4.3.17). En una palabra, el único rasgo inequívocamente positivo en los seres humanos es la piedad, un tema que recorre toda la obra de Jenofonte, y que puede incluso producir esas cosas buenas que son esenciales para la eudaimonia.

Traducción: Guillermo Aprile

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La felicidad en un jardín: Derek Jarman y Plinio el Joven

La felicidad en un jardín: Derek Jarman y Plinio el Joven

MARTA MARTÍN DÍAZ

En 1986, el mismo año en el que fue diagnosticado con VIH, el pintor, escenógrafo, cineasta y jardinero inglés Derek Jarman compró una antigua cabaña de pescadores, Prospect Cottage, en Dungeness (cabo de Kent, Reino Unido), que convirtió en su hogar hasta su muerte en 1994. Oponiéndose al terreno infértil y hostil de la zona —dos adjetivos que en aquel momento bien podían aplicarse a la vida del propio Jarman en general, considerando la vileza del gobierno de Margaret Thatcher para con la población LGTBIQ, particularmente, la población, enferma de sida como él—, Jarman llevó a cabo en ella su sueño de la infancia: plantar su propio jardín, y a pesar de las condiciones, hacerlo florecer.

Derek Jarman en Prospect Cottage

En el año 1989, una vez instalado allí y ya trabajando en el jardín, comenzó a escribir los diarios que conformarían su libro Naturaleza Moderna. En una de las primeras entradas, correspondiente al miércoles 22 de febrero de 1989 (en la traducción al español de Hugo Salas), un Jarman hastiado de lidiar con periodistas entrometidos tras el estreno de su última película, War Requiem, cita una carta en la que Plinio el Joven describe su Villa Laurentina (Plin. Ep. 2. 17, texto completo). 

Miércoles 22 de febrero de 1989

Leí la descripción que Plinio nos ofrece de su casa de campo:

Propuesta para la Villa Laurentina sobre un acantilado, de Krier

Propuesta para la Villa Laurentina sobre un acantilado, de Krier

Al final de la terraza, después de la galería y del jardín, hay un pabellón que es mi favorito, verdaderamente mi favorito: yo mismo lo he construido; en él hay una habitación soleada que mira por un lado a la terraza, por otro al mar, y por ambos al sol; hay también un dormitorio que se asoma a la galería por una doble puerta, y al mar por una ventana. Hacia la mitad de la pared posterior hay un gabinete elegantemente diseñado que se puede incluir en la habitación, si se abren sus puertas de cristales y sus cortinas, o independizarlo, si se cierran. Caben en su interior un lecho y dos sillones; tiene el mar a sus pies, las villas próximas a su espalda, los bosques en frente; se pueden contemplar gran número de vistas panorámicas o separada o simultáneamente por otras tantas ventanas. Unido a este gabinete hay un dormitorio para el descanso nocturno, que ni las voces de mis esclavos, ni el murmullo del mar, ni el estruendo de las tormentas ni el fulgor de los relámpagos, ni siquiera la luz del día, pueden penetrar, a no ser que las ventanas estén abiertas [Traducción J. González Fernández].

Vista perspectiva de la Villa Laurentina propuesta por Krier

Vista perspectiva de la Villa Laurentina propuesta por Krier

Estoy harto del cine, ese terreno de ambición y locura en procura de una ilusión, ¿o debería decir de un delirio?

Ayer, durante casi siete horas, fui sometido a una ráfaga de preguntas sin pausa, la cabeza me giraba como un trombo. Huí. Al llegar al apartamento de Charing Cross Road, una enorme pila de cartas me bloqueaba la puerta de entrada: ¿me interesaría escribir? ¿Ser jurado? ¿Asesorar? ¿Asistir? ¿Aprobar? ¿Contribuir? El teléfono suena hasta que de pronto me encuentro corriendo hacia él. ¿Qué felicidad me ha traído esta cacofonía? ¿Y qué habré logrado con todo ello, si hasta la milagrosa villa de Plinio desapareció sin dejar rastro?

No obstante, en la última entrada del mes, donde Jarman afirma no haber sido más feliz que durante esa última semana, la milagrosa villa de Plinio parece no haberse desvanecido, sino ser una realidad palpable en los quehaceres del jardín de su villa particular, Prospect Cottage.

Martes 28 de febrero de 1989

Mi sentido de confusión permanente ha llegado a los titulares, empujado por el anuncio público de que estoy infectado con VIH. Ya no sé cuál es el centro de atención, ni en lo que a mí respecta ni en lo que respecta al interés público. La gente ahora reacciona a mí de manera diferente. Advierto cierta actitud de culto y respeto que me preocupa. Tal vez me lo haya buscado.

[…] En estos últimos dos años he pasado muy pocas y esporádicas noches fuera de casa. Aunque practique sexo seguro, siento que pongo la vida de mi compañero en mis manos. Esto difícilmente dé pie a una noche de abandono. He avanzado mucho en la aceptación de esas limitaciones. Pero sueño con una improbable vejez en la que pueda comportarme como un sátiro peludo.

Este lamento no nace de mi estado de ánimo; salvo por las molestias que persisten del pasado –el cine, el sexo, Londres–, nunca he sido más feliz que durante esta última semana. Levanto la vista y a través de mi ventana veo el mar azul profundo bajo el cielo de febrero, y hoy he visto mi primer abejorro. Planté lavanda y pequeñas plantas de flor de cohete.

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El jardín de Prospect Cottage

Estas entradas de Naturaleza Moderna, con su correspondiente mención a Plinio, proponen una manera física y espacial, a través del hogar (aquí materializado en Prospect Cottage) de recordar cómo lo público y lo privado se encuentran interconectados. Y, particularmente, de tener presente que, como ya nos mostraba otra carta del mismo Plinio, «la felicidad pública y la felicidad privada se alimentan mutuamente». Puesto que, como señala Matt Cook (2014: 247), la idea del hogar como algo privado fue siempre una falacia, ya que este ha sido el escenario desde donde se han estructurado políticas de sexualidad, género y familia a nivel general. Estos imperativos, que han llegado a parecer obvios a fuerza de costumbre, fueron desafiados por Jarman con Prospect Cottage, un lugar, como manifiestan especialmente los diarios de Naturaleza Moderna, relacionado íntimamente con el sentido que Jarman tenía de sí mismo y su historia personal, de su diferencia, su activismo y la repercusión política de estos. De este modo, también se estaba sumando a las ideas predominantes sobre la capacidad de producción del individuo del hogar, sin rechazar sus tradiciones o su educación, como la cita de Plinio viene también a demostrar. Eso sí, siendo consciente de ellas y dándoles su propio toque «camp, queer, incómodo y revelador» (ibid.).

 

REFERENCIAS

Cook, M. (2014). At Home With Derek Jarman. Studies in Gender and Sexuality, 15, 244–249.

González Fernández, J. (2005). Plinio el Joven. Cartas. Gredos.

Salas, H. (2019). Naturaleza Moderna, Derek Jarman. Caja Negra.

Villafruela García, I. (2016). La arquitectura de la Villa Laurentina: Análisis de su evolución histórica. [Trabajo de Fin de Grado, Universidad Politécnica de Madrid]. http://oa.upm.es/39225/

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