Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

¿Hay variación en la ortografía?

 

Se suele aceptar que, en cualquier nivel de análisis de la lengua, hay formas distintas de decir lo mismo (según sostienen algunos) o formas distintas de decir cosas parecidas (según creemos otros); se trata de lo que la lingüística moderna ha denominado variantes. Su tendencia a agruparse y a asociarse a determinadas regiones, grupos sociales o situaciones de comunicación da lugar a las variedades de la lengua: dialectos, sociolectos, estilos, etc. No es difícil suponer que, en el uso real, las variedades no suelen presentarse claramente diferenciadas, salvo en casos muy estereotipados, y que para los investigadores no resulta sencillo aislarlas; en todo caso, son abstracciones de la realidad del uso. Lo que nos interesa en este momento es observar que, a menudo, las situaciones de variación dan lugar a juicios de valor por parte de muchos hablantes o de la sociedad en general. Hay variantes (y, por lo tanto, variedades) que se consideran más estándares, correctas o cultas que otras; puede ser injusto o caprichoso, pero lo cierto es que esos juicios existen y que suelen condicionar nuestros hábitos de comunicación y nuestras elecciones expresivas.

En particular, las fuentes de la norma (la Real Academia Española y las demás Academias de la Lengua, junto a autores individuales dedicados a la creación de obras normativas, y otras fuerzas de supuesto prestigio lingüístico de las que no quiero acordarme) consagran ciertas formas como propias de una variedad estándar, ya sea la de una región, de un país o incluso, si esto es posible en una lengua tan extendida por el mundo, de todo el dominio hispanohablante. Y, así, en el ámbito de la pronunciación, no se considera igualmente correcto articular he estado y he estao (mi ordenador acaba de subrayar esta última palabra en rojo, lo que ya nos sugiere por dónde va el plano gráfico); en la gramática, la norma establece que es más correcto le dije la verdad que la dije la verdad, o habrá problemas que habrán problemas; en el léxico, existen múltiples formas de denominar una intoxicación etílica, muchas de ellas tenidas por dialectales o coloquiales, si bien en el caso de los vocablos supuestamente sinónimos suele resultar más difícil elegir una sola forma como la propiamente estándar.

Hoy se suele entender que el hecho de que algo no sea estándar no significa que no pueda resultar adecuado en cierto contexto dialectal, social o situacional; simplemente, no pertenece a esa variedad básica y compartida (solo supuestamente) por todos los hablantes, y que en la práctica se asocia sobre todo a los grupos cultos y a las situaciones de cierta formalidad, o a aquellas en que hemos comunicarnos con personas que utilizan variedades muy diferentes de las nuestras, o que poseen una competencia limitada, como los hablantes extranjeros. En este sentido, la ortografía se revela como un plano lingüístico especial en el que la variación, si existe como tal, se ve simplemente como desviación. Es decir, mientras que los diversos fenómenos de variación citados en el párrafo anterior son objeto de estudio de la lingüística científica (en ramas como la sociolingüística), la cual analiza cómo se habla y escribe realmente y no cómo se debería hablar y escribir, no se suele pensar que las faltas de ortografía sean variantes propias de determinados contextos que coexisten con las del estándar.

No me refiero a determinados recursos de economía expresiva, relacionados con la necesidad de ahorrar tiempo y espacio en situaciones concretas (así, acortar palabras o utilizar símbolos personales en los apuntes de clase; eliminar letras no imprescindibles en los tiempos, ya lejanos, de la comunicación por SMS; suprimir los puntos y otros signos en los actuales sistemas de mensajería instantánea); todos ellos son parte de las exigencias comunicativas de esos contextos. Muy distinto sería afirmar que en ciertas situaciones o regiones se puede escribir bolber por volver (en este caso, el ordenador no subraya la primera variante, sino que la corrige directamente); ni siquiera en los casos de faltas que sí podrían justificarse por la necesidad de rapidez: por ejemplo, eliminar las haches o las tildes. A priori, se antoja difícil encontrar un estudio lingüístico o un manual de estilo que afirme que estos fenómenos son variantes propias de ciertos registros, y, salvo raras excepciones, tampoco que sean rasgos típicos de ciertas zonas geográficas o grupos sociales. Suponiendo que se reconozca su propia existencia, se verán simplemente como errores, fruto de una instrucción insuficiente o de limitaciones en la competencia lingüística. Son, pues, equivalentes a claros estereotipos en otros niveles, como el famoso me se ha caído, que inevitablemente lleva a formular juicios sobre quien lo emite.

Hay que tener en cuenta que la ortografía es el nivel de la lengua en que existe una reglamentación más clara y sistemática, difundida internacionalmente (no cabe hablar de normas ortográficas diferenciadas en España y en América, ni en los diversos países de este continente, como sí se hace cuando se examinan otros planos lingüísticos). Por la misma razón, es especialmente apreciada por los normativistas como supuesta garantía de la unidad del español: por muy diferente que sea nuestra forma de hablar en Salamanca y en Guayaquil, todos escribimos (o deberíamos escribir) según las mismas reglas. No obstante, se detecta cierta incoherencia cuando son las propias Academias de la Lengua las que introducen cambios en la norma: al hacerlo, están abriendo la puerta a la variación y destruyendo, según su propio razonamiento, esa unidad. Así ha ocurrido durante el periodo de transición en que se ha considerado correcto escribir tanto guion como guión, o truhan como truhán (el ordenador subraya las formas con tilde, en coherencia con la norma actual, que ya las ha desterrado); lo mismo con la muy polémica decisión de prescindir de la tilde en el adverbio solo.

Se vende ó se alquila

Pero, incluso cuando las instituciones normativas ya han adoptado una postura clara, es fácil sospechar que los hablantes mantendrán sus seculares costumbres expresivas durante bastante tiempo; eso si no se niegan directamente a aceptar dichos cambios, al percibirlos como muestras de un típico esnobismo académico que vive de espaldas a la calle. La tilde de sólo parece más viva que nunca (incluso cuando es adjetivo, lo cual sí sabemos que es incorrecto); la propia RAE reconoció hace ya tiempo el escaso éxito de su recomendación. Lo mismo ocurre con la conjunción o cuando va entre números (2 ó 3) y hasta con los demostrativos, que son las víctimas más veteranas de esta ofensiva académica. Hoy me sorprendo al leer trabajos y exámenes de alumnos de dieciocho años que ponen tilde en éste o en ésas (a veces incluso cuando funcionan como determinantes). Y, por supuesto, seguimos encontrando la rayita de la discordia sobre palabras como guión, truhán y similares monosílabos que en la península se articulan como bisílabos, y que seguramente seguirán acentuándose durante mucho tiempo. Yo, por ahora, tampoco voy a penalizar a los estudiantes que así lo hagan.

Todo esto sin mencionar hechos más evidentes: el propio diccionario académico recoge variantes como whisky y güisqui, así como (agárrense) ocupar y okupar (como si fueran un caso de homofonía y no de mera extensión semántica con estilización gráfica), junto a pares como psiquiatría y siquiatría, pseudónimo y seudónimo o gnomo y nomo; casos en los que, de nuevo, la aparente apuesta de las esferas normativas por la eliminación de letras etimológicas no parece tener ningún éxito entre el común de los hablantes (sin duda, la psiquiatría es mucho menos científica cuando le quitamos la p). Por lo tanto, podemos afirmar que en la ortografía sí hay variación, aunque no siempre resulte tan evidente su relación con factores geográficos, sociales o situacionales. Y es que la variación es lo más natural, omnipresente e interesante en las lenguas humanas y en todos sus niveles, por más que parezca estorbar para eso de la unidad.

 

 

maaijon

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