Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Grandes destructores del español (I): los periodistas

 

Empecemos rompiendo una lanza por los periodistas y, con ello, sorprendiendo a propios y extraños. Aunque los profesionales de los medios de comunicación parecen constituir el blanco preferido de los defensores de la corrección lingüística, es dudoso que podamos afirmar que estas personas hablan y escriben peor que otras. Todos cometemos errores de expresión a diario, y todos podríamos y deberíamos ser mucho más cuidadosos. Pero sí es cierto que los descuidos de los periodistas pueden tener mucha más trascendencia, ya que su discurso llega a una audiencia muy numerosa, que lo tomará como modelo expresivo, al menos en situaciones formales. Su exposición al escrutinio público conlleva una responsabilidad social de la que, a menudo, no parecen ser conscientes.

Como cualquier lenguaje sectorial, el del periodismo tiende a desarrollar sus propios recursos, y de hecho se parece poco a lo que podríamos denominar lengua común. Posee una variedad de giros peculiares que lo convierten casi en un argot para iniciados, o al menos en un registro o sublenguaje muy definido, como ya observaba Lázaro Carreter (en “El idioma del periodismo, ¿lengua especial?”, en VVAA: El idioma español en las agencias de prensa. Madrid / Salamanca: Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1990):

El lector de prensa (u oyente de informativos previamente escritos) tiene que estar habituado a una cierta retórica inexistente en la lengua oral o en la escrita no periodística. Así, la que impone el resultado de un cálculo antes de anunciar qué es lo que da origen a aquel cálculo o cuantificación. Ejemplo: «Dos terroristas muertos, veinticinco individuos detenidos, la localización de quince pisos francos y la incautación de abundante material explosivo y armamento, es el balance de la espectacular operación llevada a cabo por la Guardia Civil». Dejando aparte el hecho de que no es un balance, sino un saldo, no puede imaginarse nada más contrario al orden «natural» de nuestra ideación y de nuestra sintaxis que esta presentación de las noticias. Que no se limita a las cuantificaciones. He aquí otra ordenación típica: Un alto el fuego de veinticuatro horas, un intercambio de prisioneros, y el comienzo de conversaciones bilaterales que conduzcan a un tratado de paz, es lo acordado ayer en la conferencia de Ginebra. El lector tiene que volver atrás para recuperar la información, si se ha sentido interesado por la acción que se narra; y si no es lector, sino oyente, no puede recobrarla ya: se le ha perdido aunque le interesara mucho. Se trata, pues, de un rasgo que caracteriza como lengua especial a la del periodismo, un verdadero «tic» que tiene que hacer suyo un profesional para mostrarse digno del clan. Y pocas cosas, sin embargo, deben ser más evitadas por un redactor de agencia.

Ampliando estas observaciones, hay que subrayar que, como los integrantes de cualquier otro gremio, los periodistas han acabado por desarrollar una serie de términos propios y un estilo muy definido, que se reflejan claramente en su forma de escribir y de hablar en público. Estos rasgos peculiares no tienen por qué ser incorrectos, pero sí es cierto que acaban resultando repetitivos y produciendo cansancio, ya que se han convertido en clichés, tópicos y muletillas que se repiten irreflexivamente, como mera indicación de pertenencia al club. Es poco habitual que un periodista diga que algo ha empezado o comenzado: lo normal es que diga que ha dado comienzo. Y no es que la construcción dar comienzo sea incorrecta; pero sí que resulta más bien artificial y forzada, teniendo en cuenta que a un amigo nunca le diríamos “Siéntate, que va a dar comienzo la película”.

Lo mismo cuando se dice que “Mil personas se han dado cita en la plaza”, en lugar de se han reunido, han acudido, etc. Se usan de modo abusivo verbos como registrar: “En el incendio se registraron varios heridos”, cuando resultaría mucho más natural “Varias personas sufrieron heridas”. De modo similar, el periodista que se precie de serlo no puede limitarse a decir “No hubo heridos graves”; dirá “No hubo que lamentar heridos de consideración”. Cuando hay elecciones (lo cual es cada vez más frecuente), los locutores muestran cierta reticencia a reconocer que los españoles votan; prefieren decir que “ejercen su derecho al voto”, circunloquio cansino y repetitivo (aunque, desde luego, muy adecuado para llevar a cabo una pedagogía de la democracia).

Periodistas

A veces encontramos creaciones lingüísticas que en su origen pudieron ser curiosas y originales, pero que han acabado por resultar consabidas: “Por toda la geografía española”, “Un espectáculo dantesco”, etc. Obsérvese, asimismo, la tendencia a emplear palabras innecesariamente largas, por creer que son más cultas y prestigiosas que otras que resultarían naturales y correctas: problemática en lugar de problemas, climatología en vez de tiempo o clima, etc. Nada que decir sobre verbos como visibilizar o viralizar.

¿Hasta qué punto influye realmente este sublenguaje periodístico en la lengua común? No es una cuestión de fácil respuesta. Por un lado, diversos sociolingüistas (así, J. K. Chambers o Penelope Eckert) sostienen que la influencia de los medios de comunicación en el habla vernácula es escasa o nula, ya que dicha habla se configura necesariamente a través de la interacción cara a cara. Frente a ellos, ha sido postura tradicional de los normativistas el sostener que los periodistas son los principales responsables del empobrecimiento general de la lengua: según el mismo Lázaro Carreter, “la potencia de su acción sobre el comportamiento idiomático supera en mucho a la de la escuela”. Ahora bien, en esta misma cita puede estar la solución del problema: ¿hasta qué punto influye también la escuela en el habla vernácula? Tengo la impresión de que, por lo general, los medios de comunicación se toman como modelo para el discurso público, el utilizado en situaciones serias, formales, etc., pero no necesariamente el de las interacciones cotidianas. No parece probable que en estas últimas los hablantes recurran a todos esos clichés que aparecen a cada paso en el lenguaje periodístico, arriesgándose con ello a hacer el ridículo, del mismo modo que no hablarán como el profesor de Lengua.

En cualquier caso, no cabe duda de que los redactores y locutores también educan lingüísticamente a sus lectores y oyentes, sobre todo a aquellos que no poseen una formación lingüística sólida y pueden resultar, por ello, más proclives a absorber neologismos (aunque esto dependerá también de su actitud y sus aspiraciones sociales). Una persona puede empezar a repetir una forma o una construcción errónea simplemente porque la ha oído en la radio o en la televisión, sin preguntarse si tiene sentido según las reglas de la lengua española. Casos evidentes son los eslóganes publicitarios en general: así, el Pues va a ser que no o el Porque yo lo valgo utilizados en diversas campañas, y que se han incorporado al acervo común como expresiones coloquiales. Lo malo no es que se empleen estos giros, sino que acaben por sustituir completamente a la gama mucho más amplia de posibilidades comunicativas con que cuenta nuestra lengua.

No es cierto que en los medios se deba hablar como en la calle (si bien algunos periodistas presumen, erróneamente, de hacerlo), ya que cada situación requiere su particular registro o estilo expresivo. Lo que se debe defender es un lenguaje cuidado y a la vez natural, sin giros rebuscados ni afectación, pero también sin incorrección ni vulgaridad. Contamos con medios de sobra para ello.

Y en otra ocasión hablaremos del Gobierno. Esto es, de los políticos.

 

maaijon

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