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Universidad de Salamanca
José Miguel López Cuétara
“Daß wir miteinander reden können, macht uns zu Menschen.”
 

Emil Cionar

No es bueno que el hombre recuerde a cada instante que es hombre. Pensar en uno mismo es ya malo; pensar en la especie, con el celo de un obseso, es todavía peor: es prestarle un fundamento objetivo y una justificación filosófica a las miserias arbitrarias de la introspección. Mientras se tritura el propio yo, se tiene el recurso de creer que se está cediendo a un capricho; en el momento en que todos los yo se convierten en el centro de una interminable rumia, por una suerte de rodeo, los inconvenientes de la propia condición se encuentran generalizados, el propio accidente se erige como norma, como caso universal. Primero percibimos la anomalía del hecho estricto de existir, y sólo después la de nuestra situación específica: la sorpresa de ser hombre. Sin embargo, el carácter insólito de nuestro estado debería constituir el dato primordial de nuestras perplejidades: es menos natural ser hombre que solamente ser. Eso lo sentimos por instinto, de ahí esa voluptuosidad cada vez que nos alejamos de nosotros mismos para identificarnos con el sueño bendito de los objetos. No somos realmente nosotros hasta que, puestos frente a uno mismo, no coincidimos con nada, ni siquiera con nuestra singularidad. La maldición que pesa sobre nosotros pesaba ya sobre nuestro primer ancestro, incluso antes de que se dirigiera hacia el árbol del conocimiento. Insatisfecho de sí mismo, más lo estaba de Dios a quien envidiaba sin estar consciente; iba a estarlo gracias a los buenos oficios del tentador auxiliar, y no autor, de su ruina. Antes, vivía con el presentimiento del saber, en una ciencia que se ignoraba a sí misma, en una falsa inocencia, propicia al estallido de los celos, vicio engendrado por el comercio con seres más afortunados; ahora bien, nuestro ancestro congeniaba con Dios, lo espiaba y era espiado por él. Nada bueno podía resultar. “Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, pues el día en que comieras morirás seguramente”. La advertencia superior se reveló menos eficaz que la advertencia inferior: mejor psicólogo, la serpiente ganó la partida. Por otra parte, lo que el hombre pedía era morir; queriendo igualar a su Creador por el saber y no por la inmortalidad, no tenía ningún deseo de aproximarse al árbol de la vida, no sentía interés alguno; de eso se dio cuenta Jehová puesto que no le prohibió el acceso a él: ¿por qué temer la inmortalidad de un ignorante? Pero todo cambiaba si el ignorante comía de los dos árboles y entraba en posesión de la eternidad y de la ciencia. En el momento en que Adán tomó el fruto inculpado, Dios, comprendiendo finalmente con quién se las tenía que ver, perdió el juicio. Al emplazar el árbol del conocimiento en el medio del jardín, al alabar sus méritos y, sobre todo, sus peligros, cometió una grave imprudencia pues se adelantó al más secreto deseo de la criatura. Prohibirle el otro árbol hubiera sido mejor política. Si no lo hizo fue porque sabía sin duda que el hombre, aspirante taimado a la dignidad de monstruo, no se dejaría seducir por la perspectiva de la inmortalidad en cuanto tal, demasiado accesible, demasiado banal: ¿acaso no era ésa la ley, el estatuto del lugar? La muerte, por el contrario, pintoresca de otra manera, investida con el prestigio de la novedad, podía intrigar a un aventurero dispuesto a arriesgar por ella su paz y su seguridad. Paz y seguridad bastante relativas, es cierto, pues el relato de la caída nos permite entrever que ya en el corazón del Edén el promotor de nuestra raza resentía un malestar, de otra forma no se explicaría la facilidad con que cedió a la tentación. ¿Cedió a ella? Más bien la llamó. Ya se manifestaba en él esa incapacidad para la dicha, esa incapacidad de soportarla que todos hemos heredado. La tenía a la mano, podía apropiársela para siempre; la rechazó, y, desde entonces, la perseguimos sin encontrarla, e incluso si la encontráramos, tampoco nos adaptaríamos a ella. ¿Qué otra cosa esperar de una carrera iniciada con una infracción a la sabiduría, con una infidelidad al don de ignorancia que nos había otorgado el Creador? Precipitados en el tiempo a causa del saber, fuimos inmediatamente dotados de un destino, pues sólo fuera del paraíso hay destino”.

Emil Cionar (1911 – 1995), Filósofo rumano-francés.

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