Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Váyanse

 

No hará falta aclarar sobre qué tema versa la presente entrada, teniendo en cuenta que desde hace tres días en este país no se habla de nada que no sea (política, corrupción, fútbol, populismo, violencia machista, otra vez corrupción, calentamiento global, operación salida y) la decisión de esos señores de admitir iros como imperativo de irse, simplemente porque idos es cursi, mientras que íos, según dicen, no lo usa nadie. Por lo que respecta a la solución propuesta por Lola Flores, que sin duda es la mejor, se ha abusado tanto del chascarrillo que ya resulta más cansino que aquello del mileniarismo. La noticia la entregó al mundo, como no podía ser menos, Pérez-Reverte (tan admirable en algunos aspectos), a través del mismo medio que hoy en día usan los presidentes de gobierno para dictar sus resoluciones. Este vetusto problema de la conjugación, en realidad, solo nos afectaba a los peninsulares y a los baleáricos, que somos los que utilizamos regularmente ese invento de vosotros (coherente, desde luego, con la existencia de dos paradigmas de segunda persona en el singular); en el resto del mundo hispanohablante se bastan con un ustedes que quizá no permite tantos matices interpersonales, pero que, en este caso, resuelve toda discusión con un certero e inapelable váyanse.

Como siempre que esos señores deciden dar una campanada para que los medios se acuerden de su existencia (y para que la legión de intelectuales tuiteros no se aburra de tanto levantar el país), la cuestión resulta absurda y contradictoria desde el principio hasta el final. Para empezar, ¿qué significa que lo van a aprobar? El escritor especifica que se va a marcar la forma como “de uso habitual” (una duda: ¿dónde va a aparecer esa marca? El DLE no recoge formas verbales conjugadas, y menos si encima hay que tener en cuenta todos los posibles reflexivos que se les peguen. Y el DPD, que yo sepa, no se ha actualizado desde 2005. Quizá en la próxima edición de la NGRAE, dentro de unas décadas). Y entonces entramos en las ambigüedades de siempre. ¿Un diccionario que supuestamente establece el léxico estándar del español tiene que recoger, como recoge, asín, toballa, murciégalo (que originalmente es correcto), bluyín, arremangarse y tantos otros vulgarismos y dialectalismos recónditos (también de Castilla)? No tiene mucho sentido, por más que se preocupen de marcarlos como tales (y no siempre lo hacen, ni mucho menos; lo que unas veces es vulgar otras es coloquial, familiar, poco usado, anticuado y un sinfín de caracterizaciones igualmente impresionistas). Peor aún cuando encima se dejan llevar por las modas imperantes en la red a cada minuto, como también hemos criticado en la Fundéu. Por si faltaba algo, Pérez-Reverte añade, como justificación, ese tópico tan progresista de que la RAE es “notario, no policía”. Me imagino a los jueces diciendo lo mismo de la justicia: basta con constatar que los delitos son “de uso habitual”; no vamos a perder el tiempo en perseguirlos. Y no es una broma: a todas luces resulta evidente que la sociedad avanza (es un decir) en esa dirección, del mismo modo que los profesores ya no estamos para enseñar ni para corregir, sino para facilitar experiencias de aprendizaje. Todo vale, todo es igualmente bueno. Irosirse, qué más da. Pásame el mando de la Play.

Mosaico

Me temo que los académicos cada vez tienen menos claro cuál es su misión en la vida. Para describir y explicar, sin juzgar, el uso del español en cualquier lugar y en cualquier época, ya estamos los lingüistas. La propia RAE, ciertamente, es responsable de importantísimas iniciativas que nos ayudan mucho en nuestro trabajo: enormes corpus sincrónicos y diacrónicos, tesoros lexicográficos, el Diccionario Histórico siempre en construcción, etc. Ahora bien, señores, lo que a la inmensa mayoría de los hablantes les interesa de ustedes no son el CREA ni la nueva edición de la Gramática de Nebrija, sino que les digan lo que está bien y lo que está mal. Seguramente todos vamos a seguir usando formas como iros (sobre todo cuando vaya seguido de a la m****a), pero como hablantes necesitamos tener una referencia de que eso no es correcto, del mismo modo que el ciudadano necesita leyes que le marquen modelos de comportamiento, aunque no siempre las cumpla escrupulosamente. En su afán por resultar modernos, se dedican a introducir innovaciones que nadie necesita, porque nadie le ha exigido a la RAE que acepte iros, como algunos exigirían la legalización de la marihuana. Es su obligación establecer las normas, y que cada uno hable como quiera; la penalización por no seguir esas normas será, en todo caso, de consideración social (y en esto, en realidad, la institución tampoco tiene mucho que decir, porque a menudo sus normas no coinciden con las patrocinadas por los medios y otros estratos sociales: incluso hablar bien es un concepto muy ambiguo).

En fin, dado que la desintegración del estándar es imparable, esperemos que al menos se evite la incoherencia que supondría admitir iros y seguir censurando el uso de otros infinitivos como imperativos, muchos de ellos utilizados diariamente por profesores que, a veces, estamos demasiado tensos como para cuidar la corrección gramatical: callaros, sentaros, etc. Sobaros, pasiegos: se supone que, a partir de ahora, iremos a enviar los paquetes a Correros. Y, por supuesto, todo infinitivo deberá aceptarse como imperativo, ya no solo el típico empujar en las puertas: será correcto dar órdenes como decirme la verdad o salir de aquí ahora mismo. Con una r bien marcada, que da más autoridad que la d. Ya se sabe que esta última siempre nos ha resultado incómoda y hemos procurado sustituirla por cualquier otra cosa, desde una z que en tiempos fue muy presidencial hasta una t que suena algo secesionista. Y resulta que el futuro era la r, tan alemana ella.

Así que, utilizando la muy explícita y estandarizada forma verbal que sin duda preferirían nuestros hermanos canarios, americanos y de cualquier otra parte del mundo que no sea esta vieja y envilecida península que continuamente reniega del fruto de sus montañas, solo puedo decirles una cosa, señores académicos: si no saben para qué están, váyanse.

 

 

maaijon

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