Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Las palabras del año pasado

 

Parece haber alcanzado cierta notoriedad la elección de la palabra del año que lleva a cabo, desde 2014, la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA). El valor científico de la iniciativa es el que es, y no va mucho más allá de ofrecer uno de tantos pretextos para que los medios de comunicación puedan llenar sus páginas y espacios informativos con algo de cultura de andar por casa entre tuit y tuit de Piqué. Aun así, hay que valorar que en este caso no se nos proporcione una información interesantísima sobre grafiteros que hacen su trabajo con ayuda de drones, exposiciones de imágenes religiosas profanadas y animales desollados o, peor aún, el premio Planeta. Por una vez se habla de cuestiones lingüísticas y, de algún modo, se invita al público a reflexionar sobre el léxico que oímos, leemos y utilizamos diariamente, casi siempre de manera automática y sin preguntarnos si es apropiado, útil, impreciso, discriminatorio, hermoso o extemporáneo. Aunque las tengamos por artefactos meramente intelectuales, las palabras son realidades tan ciertas como nosotros y como las cosas que nos rodean. O un poco más.

Resulta algo triste comprobar que buena parte de las palabras finalistas de la edición de 2016 eran términos innecesarios y (esperemos) efímeros cuyo mayor mérito es, se supone, el de aparecer una media de tres veces en cada secuencia seudogramatical que logra redactar un periodista o un usuario de las redes sociales; así, abstenciocracia, cuñadismo, LGTBfobia (primer bebé híbrido de sigla y sufijoide), ningufoneo (¿existe?), posverdad, sorpasso (se supone que para cubrir la cuota de extranjerismos comunitarios) o youtuber(o). Por desgracia, el principal criterio para elaborar tal selección parecen haber sido simplemente las modas imperantes durante la última media hora en Twitter (las cuales no deberían confundirse con la actualidad), en lugar de atender a la utilidad, la creatividad o la mayor riqueza conceptual que pueden aportar los neologismos a nuestra vida. Pero, no nos engañemos, el concurso resulta en sí mismo muy representativo de su época.

La ganadora fue (tenía que ser) populismo, junto a su correspondiente adjetivo populista. A mi juicio, constituye una elección plenamente acertada, al menos desde un punto de vista cuantitativo. Ninguna otra palabra se habrá repetido tanto como estas durante el último año en los medios de comunicación, hasta el punto de que (como ocurre con todas aquellas etiquetas de las que se abusa) ambas ya no significan nada, si es que alguna vez significaron algo. Y es en ese aspecto donde se echa de menos un análisis algo más sutil de estas dos joyas. El populismo no es simplemente, como quiere creer el DLE, la “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares” (reconoce, eso sí, que úsase más en sentido despectivo). Es que populismo y populista son, de principio a fin, insultos. Son los términos que hoy en día usa todo el mundo para denigrar a su adversario y, en general, a cualquiera que le caiga mal, basándose en la muy sesuda ecuación populista = malo. ¿Ese partido puede quitarnos escaños? Son populistas. ¿Los vecinos ponen la música muy alta? Malditos populistas. ¿Mi mujer se ha ido con otro? Francamente, cariño, siempre has sido una populista. Esto explica el hecho, tan desconcertante para todos los profesionales de la tertulia televisiva, de que pueda haber populistas de extrema izquierda, de extrema derecha, de medio centro y del Getafe. Porque populista es todo el mundo y, por la misma razón, no es nadie. Basta con plantearse esta cuestión: un político que no es populista ¿qué es? ¿Hay en el mundo algún político que no tenga interés en atraerse a las clases populares? Me temo que el único antónimo aproximado que se me ocurre es elitista. ¿Alguien se atrevería a presentarse a las elecciones por el Partido de los Ricos, Elegantes y Cultos (PREC)? De hecho, en un país tan irremediablemente romántico como España, me temo que ni siquiera los verdaderos elitistas votarían a un elitista confeso. De todo ello se concluye la inanidad de las elegidas como palabras del año. Inanidad característica, sin duda, de los tiempos que nos ha tocado vivir.

Populismo

Populismo y populista desaparecerán mucho antes que todo aquello que pretenden designar. Son, simplemente, las palabras del año pasado; poco valor conservan en el momento en que escribo esto y en el que, sin duda, hay otros millones de personas ante otras pantallas planas, creando o remozando nuevos términos para que la masa unipensante de la red los repita y multiplique cual eco planetario. Se irán sin hacer ruido, como se va todo en este mundo vertiginoso, en el que cualquier vocablo cool, cualquier vídeo de YouTube y, en general, cualquier estupidez tarda dos minutos en viralizar y uno en olvidarse para siempre. Y nos dejamos llevar por esa ilusión de cambio constante, sin llegar a comprender que, en el fondo, siempre estaremos buscando populistas a los que sacarles el dedo por la ventanilla del coche, aunque no los llamemos así. Quizá en esos sentimientos y actitudes que no cambian es donde habría que buscar la palabra del año… y de todos los años.

 

maaijon

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