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Universidad de Salamanca
Miguel Ángel Aijón Oliva
The public life of words
 

Despropósitos de Año Nuevo

 

El cambio de año es ese momento en que hacemos el balance de lo bueno y malo y nos entregamos a la exhibición de hipocresía (ante nosotros mismos, porque seguramente no engañamos a nadie más) que suponen los propósitos de hacer más ejercicio, aprender inglés (¿hay alguien que todavía no sepa inglés? Sí, por supuesto, cada vez más) y leer mucho, como si no pásáramos ya suficientes horas diarias descifrando mensajes en la pantalla del móvil. Y, por supuesto, nos proponemos también seguir luchando por aumentar el descrédito y la postración de nuestra lengua. No merece la pena seguir lamentándose por nimiedades como los signos de puntuación; las comas se han reducido al mínimo y, cuando aparecen, casi siempre lo hacen en los lugares equivocados. Pulsar la tecla de la interrogación o la exclamación inicial supone tal esfuerzo que la generación más conectada de la historia no puede permitírselo. Se democratiza la confusión: para qué avisar desde el principio por medios gráficos de la modalidad de la frase, si podemos dejar que el interlocutor se vea obligado a reinterpretarlo todo al llegar al final y encontrarse el signo correspondiente.

Qué decir de la nueva ortografía preventiva o algospeak, que no es hablar de algo, sino más bien no hablar de nada. En un alarde de rebeldía frente al dios del algoritmo, se ha decidido que escribir murte o suicdio, o bien ciertas metáforas que enseguida dejan de ser ingeniosas y se hacen rutinarias, es la mejor forma de engañar a una inteligencia artificial que, seguramente, se está riendo de nosotros en binario. Hemos vuelto a los jeroglíficos y a las palabras truncadas, no por censura estatal, sino por el miedo a que una red social nos haga perder tres visualizaciones, que constituyen la gran riqueza de nuestro tiempo. Triunfa así el discurso del miedo: la deformación de la expresión para que una máquina nos dé una palmadita virtual en la espalda.

En el plano léxico impera, asimismo, nuestra perentoria necesidad, no por secular menos triste, de parecer más interesantes importando términos en inglés para conceptos que ya disponían de significantes perfectamente válidos en el código autóctono. Ya nadie tiene un amor platónico o alguien que le gusta; ahora se tiene un crush. Nada es ya imprevisto o casual; todo es súper random, y nos da fomo no estar presentes cuando ocurra. Es enternecedor ver a adultos funcionales esforzarse por meter red flags y POV en cada oración, como si hablar su propio idioma les produjera urticaria o los hiciera parecer sospechosamente antiguos. Ocurre lo mismo que con esos padres de hace unas décadas que intentaban establecer good vibes con sus hijos a base de emplear tronco, dabuti y otras expresiones que, por entonces, ya estaban prácticamente obsoletas. Por desgracia, no engañamos a nadie: no somos parte del grupo target y todo el mundo lo sabe, sobre todo el propio grupo target.

Se ha señalado ya en más de una ocasión el curioso caso de la palabra literalmente, convertida en mero elemento de énfasis que se aplica de manera sistemática a mensajes que no son literales: Estoy literalmente muerto y, a pesar de ello, sigo escribiendo tonterías con fruición. Este desprecio por el contenido semántico inherente a las unidades lingüísticas nos está llevando a un mundo en que estas ya no significan lo que dicen, sino lo que nos gustaría que dijeran en el momento de euforia digital.

Parece claro que tales despropósitos de año viejo y de Año Nuevo no son exclusivos de los adolescentes que desarrollan gran parte de su vida en TikTok; han infectado el discurso público y hacen las delicias de los dos grandes grupos de enemigos de la corrección expresiva, a los que hemos dedicado muchas entradas: los periodistas y los políticos. Ya no construyen argumentos ni, al parecer, se les exige que lo hagan: lanzan hashtags orales. Frases cortas, huecas, diseñadas para el titular de cinco segundos, en que la sintaxis ha sido sacrificada en el altar del impacto. Se ponen en valor la resiliencia, la inclusividad y la transversalidad sinérgica mientras el precio de la compra semanal va… sí, lo han adivinado: como un cohete.

Y uno no sabe si merece la pena dedicarse a escribir textos desabridos para fustigar la vulgaridad de una época en que, a todas luces, se consigue mucho más con tres emoticonos de fuego, un anglicismo mal escrito y un gruñido. ¡Qué progreso más top!

 

maaijon

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