Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Grandes destructores del español (II): los políticos

 

Lingüísticamente (y quizá en otros aspectos), los representantes de los partidos políticos actuales no suelen parecerse mucho a los grandes oradores de la Antigüedad clásica, y ni siquiera a los participantes de los debates parlamentarios en el siglo XIX y las primeras décadas del XX. Como en el caso de los periodistas, existe en gran parte de la sociedad cierta conciencia, no por intuitiva menos fundada, de que los políticos hablan mal. Si realmente fuera así, esto no haría más que reflejar la propia evolución de la clase política. Hemos pasado del estadista clásico, con una amplia formación en los diversos ámbitos de la vida y la cultura, al político de profesión, que en muchos casos no posee más mérito que el de estar afiliado al partido. No nos engañemos: el diputado, el senador, el subsecretario y el alcalde, a pesar de sus sueldos, dietas, gastos de desplazamiento, pensiones vitalicias y/o inmunidad parlamentaria según los casos, no suelen ser más cultos ni expresarse mejor que cualquiera de nosotros. Por no hablar de que, de un tiempo a esta parte, muchos ni siquiera se sienten obligados a llevar traje ni corbata en el Congreso; ya es bastante duro tener que representar a eso que ellos llaman la gente.

Los medios de comunicación, siempre ávidos de material para llenar minutos o páginas en un mundo donde ya nada interesa, dan cobertura preferente a personas que, a través de la política, han alcanzado una destacada posición socioeconómica, pero cuyo dominio de la lengua estándar culta deja bastante que desear. Obviamente, la mayoría de ellas se cuidará de utilizar las expresiones generalmente consideradas vulgares (como me se ha ocurrido, haiga, opino de que, etc.), ya que esto las estigmatizaría (mientras que no parece ocurrir lo mismo con la corrupción, la mala educación o la ineptitud en su trabajo). Pero, constantemente, recurren a otras soluciones no menos incorrectas, y quizá más rechazables, dado su carácter seudoculto e incluso pretencioso. En la jerga pública del político podrían destacarse multitud de detalles, algunos muy evidentes y otros más sutiles:

- Habla entrecortada, con pausas cada dos o tres palabras, epeticiones constantes e incomparable pobreza léxica. Aunque se trata de un estilo insufrible para quien escuche con la intención de enterarse de algo, cabe sospechar que no es el caso de la mayor parte del público. Se intuye cierta noción de que el trabajo del político es hablar, y no decir.

- Tendencia a enfatizar el discurso acentuando la primera sílaba de las palabras, lo que da lugar a una entonación notablemente artificial. Todas las palabras largas se hacen esdrújulas o sobresdrújulas: En esta célebración del ániversario de la Cónstitución… La combinación de este rasgo con las pausas citadas en el punto anterior puede abrirnos las puertas de la Moncloa; de hecho, el gran patrocinador de esta neoprosodia parece haber sido un presidente de Gobierno.

- Palabras y expresiones que sirven para todo y que, de nuevo, no dicen nada, pero que llegan a convertirse en símbolos o eslóganes, gracias a sus connotaciones de retórica socioliberal: democracia, igualdad, progreso, cambio, consenso, medidas sociales, solidaridad, Estado de derecho, oposición constructiva, etc. Todo político contemporáneo, si aspira a redimir a las masas de la oscuridad en que viven sumidas, deberá utilizar profusamente los verbos visibilizar y empoderar, además de la locución poner en valor, tan insufriblemente francesa y que va camino de fagocitar a todos los verbos del español.

- En la misma línea, la Guardia Civil se ha incautado recientemente de un arsenal de clichés repetitivos, rebuscados y rancios, pero útiles para toda ocasión: las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, ejercer su derecho constitucional al voto, la fiesta de la democracia, expresar nuestra más enérgica repulsa, fomentar el diálogo con los actores sociales, defender los intereses de la clase trabajadora, etc. Combinando adecuadamente tres o cuatro de ellos, tendremos para toda una gira de mítines por España.

- Errores gramaticales como el queísmo (debido, sin duda, a la inseguridad sobre la propia capacidad de evitar el dequeísmo, mucho más estigmatizado socialmente): Estoy convencido que se va a conseguir acabar con la violencia; Los españoles (y las españolas) se han dado cuenta que el Gobierno les engaña; así como constantes discordancias que, probablemente, no vienen del corazón.

- Obsesión patológica por el eufemismo y la corrección política, que casi siempre supone incorrección lingüística. El mejor ejemplo es la necesidad de mencionar los dos géneros gramaticales en lugar de utilizar, de acuerdo con la tendencia natural del español, el masculino como no marcado: los ciudadanos debería ser suficiente para incluir a todos y a todas. Clichés como la sempiterna palabra ciudadanía intentan sortear, en parte, esta exigencia tan incómoda (del mismo modo que en contextos educativos se pretende generalizar el alumnado frente a los alumnos).

Se podría pensar que el creciente divorcio entre la clase política y el ciudadano medio hará que esta jerga, en general rebuscada y antinatural, difícilmente pueda alcanzar difusión general. No obstante, sí ha de tener alguna repercusión, ya que, como se señaló con respecto al lenguaje de los periodistas, es una de las principales muestras de comunicación pública y supuestamente cercana al estándar que reciben muchas personas. Inevitablemente, estas tenderán a pensar que lo que oyen en la televisión o en la radio está bien (si no, no lo emitirían). Y el resultado se puede comprobar cuando oímos en los medios a participantes no relacionados directamente con la política o con otras actividades públicas: surge la tendencia imitativa.

Hay que subrayar, además, que la pobreza formal siempre recubre pobreza conceptual. No se trata solo de que los personajes públicos no usen las formas correctas y lógicas, sino de que, al no usarlas, están renunciando en gran medida a la capacidad de transmitir ideas coherentes y bien estructuradas. El mensaje se reduce a algo como “Vótame porque soy mejor que los otros, o porque los otros son todavía peores que yo”; pero, realmente, no se ofrece ningún argumento racional. Este es el gran peligro: al empobrecer la gramática y el vocabulario, se empobrecen las mentes. También es cierto que el principal objetivo de los políticos no es informar, sino convencer. ¿Lo consiguen? Probablemente lo hacen en la medida en que los votantes quieren dejarse convencer. Si estos se detuvieran a analizar el discurso en sí, probablemente se darían cuenta de la escasez de ideas que se esconde tras los múltiples tópicos, redundancias y construcciones enrevesadas que plagan casi cualquier intervención en el debate político de nuestro país. ¿Para cuándo un golpe de Estado lingüístico?

 

maaijon

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