Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Huexólotl

 

YO sé que la luz del sol entra por la ventana: alguien ha abierto las cortinas, quizá haya sido yo mismo: tengo el libro entre las manos y noto cómo el libro me va leyendo, por no decir que me va escribiendo: letra a letra, segundo a segundo se va escurriendo el tiempo, la vida, la sangre, el papel: París, Nueva York: el arco del golfo en Veracruz. Esa mañana lo esperaba con alegría: cruzamos la calle cuando el semáforo se puso en verde viento, verdes ramas: el destino de América siempre es el mismo: quitar a un tirano para poner a otro. Veo el libro cuarteado entre los cuatro cristales de una puerta acristalada: es como si hubiera cuatro libros: uno no es quien cree que es, sino quien sus palabras dicen que es. Domine non sum dignus, y por lo tanto no soy, no serás. Sigo leyendo: me pierdo en las hojas, me hago hoja de árbol, de libro, naturaleza muerta: la vida.

 

TÚ volverás a tomar el libro que habrás leído mucho después y siempre recordaste lo que leerás ayer. Hoy es todo lo que será y mañana es todo lo que había sido. Te preguntarás si no habrás leído ya este tipo de novelas hace muchos años, cuando todo te llamará la atención, sobre todo esas novelas vanguardistas que mezclan las tres personas gramaticales, y sobre todo las que utilizan la segunda persona, con un aura legendaria: qué original: pero sabrás que no es una segunda persona de verdad: es un desdoblamiento: el personaje te desdoblas en una conciencia objetiva que puede absolverte y condenarte a voluntad. Tú soy yo, pero yo es él. Es pretencioso y es un verdadero tiempo de silencio, roto paralelamente por el vuelo de una mosca. El vuelo coincidirá con el primer grito de la primera explosión interestelar que dio origen a los volcanes y los guacamayos: tu lectura será la misma del monje que, con el breviario en las manos y parapetado tras una cruz, pisará un nuevo mundo viejo para dar nuevos nombres y vestidos a los viejos dioses de piedra: Quetzalcóatl que huye al contemplar su propio reflejo en una puerta de cuatro cristales. Has leído, lee, leeré.

 

(2020: julio 7)

ÉL abrió por tercera vez el libro y entendió que el momento en que lo abría era el año 1962 y que había que darse prisa y contar las historias de otra manera, antes de que volviera el clasicismo comercial y todo volviera a contarse en orden cronológico y en tercera persona con una omnisciencia de lo más rutinario, normalmente con analepsis inicial para destripar el final de la historia sin necesidad, porque ya se sabe cómo acaban las revoluciones y lo que ocurre cuando se quita a un tirano, a la vez era el año 2020 y qué quedará de Fuentes, de Martín-Santos, de Vargas Llosa, que ahora va a MasterChef para ver ganar a Tamara: qué queda de todos aquellos que exactamente en 1962 contarán las cosas de otra manera: qué habrá sido, antes, de Stein y de Faulkner en la época en que uno pudiste llenarlo todo de hipervínculos y ya no era necesario ir a las bibliotecas para saber que uno no sabe nada. Y al final lo que más se recuerda son cuentos de aldeas colombianas en las que todo el mundo se llamará igual y parece que casi no hay cuentos contados por idiotas, llenos de ruido y furia: cruzaron la calle a caballo cuando el semáforo se puso en rojo. La luz del sol entró por la ventana: alguien había abierto las cortinas.

 

 

maaijon

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