Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Ya somos cultos. El “Libro de estilo” de la RAE

 

He observado en otras entradas, de cuyo título no quiero acordarme, que, por más que se quiera repetir que en la actualidad el papel de la Real Academia Española ha de ser el de “notario del uso” (¿el uso de quién, dónde, cuándo, para qué…?), lo que reclama la gran mayoría de los hablantes a esta y a cualquier otra institución normativa son, precisamente, normas de uso correcto. Como es fácil imaginar, un profesor de Lengua suele recibir muchas consultas por parte de familiares, amigos, compañeros y alumnos sobre si algo está bien dicho, sobre cómo se escribe tal palabra o incluso sobre si tal otra existe. Y, cada vez que les contesta “Son correctas las dos formas” o “No hay una norma clara”, como a menudo se ve obligado a hacer, puede observar la desilusión y la desconfianza en sus rostros. Situación esta que resulta muy reveladora sobre cómo piensan acerca de la lengua sus verdaderos creadores y dueños, los hablantes comunes; esos pobres ignorantes que son incapaces de entender que la Real Academia y los lingüistas no estamos para preocuparnos por cosas tan anticuadas e irrelevantes como la prescripción. Ironías aparte, los únicos que podrían merecer el calificativo de anticuados son los que siguen fieles a ese descriptivismo radical que hoy debería estar más que superado. Las normas son necesarias en cualquier ámbito de la vida social, y los ciudadanos necesitan que existan esas normas, aunque muchas veces no las conozcan, ni mucho menos se esfuercen por respetarlas sistemáticamente.

Todo esto viene al caso porque acabo de revisar la sección Cuestiones gramaticales del Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica, recientemente publicado por la docta institución, la cual suele aprovechar la llegada del periodo navideño para lanzar al mercado algún nuevo producto con el que las personas preocupadas por la corrección expresiva podamos completar nuestra carta a los Reyes Magos. Por supuesto, antes de entrar en materia gramatical, uno se siente obligado a leer el prólogo con el consabido panegírico de nuestra vetusta lengua, incluyendo la estimación (sin respaldo bibliográfico alguno) sobre el número total de bocas que la hablan (en esta ocasión son quinientos cincuenta millones [p. 15]; cabe esperar que en la próxima edición de la Ortografía superemos de una vez al chino mandarín). Y con la aclaración de que “Las recomendaciones de las academias se basan, por tanto, en la percepción que tienen de los juicios lingüísticos que los hablantes considerados cultos llevan a cabo sobre la lengua, y de cuyos usos tienen conciencia” (p. 14). Por cierto que, si alguna vez las universidades están masificadas y no desean que acceda a ellas nadie más, siempre podrán incluir este fragmento en los exámenes de EBAU, para que los alumnos lo analicen sintácticamente y lo expliquen con sus palabras.

No obstante, se afirma también al final del prefacio que “El descuido generalizado en el uso por las jóvenes generaciones [¿solo por ellas?] de la lengua española ha llevado a calificarlo como paupérrimo y zarrapastroso” (p. 17) y que el presente libro quiere “estimular una reacción” (ibid.). Ello podría resultar esperanzador con respecto a los contenidos y las intenciones de la obra; como lo es que, ya en la primera página de la citada sección de gramática, la Academia se apresure a recalcar que “el masculino pued[e] emplearse para referirse a seres de ambos sexos” y que las modas políticamente correctas como l@s niñ@s o lxs niñxs “contravienen las reglas gráficas y morfológicas del español” (p. 21). Sin embargo, junto a decisiones e indicaciones obviamente acertadas, hay otras muchas discutibles, que ponen en cuestión la capacidad del presente manual para remediar en alguna medida el abandono general de la corrección expresiva en la comunicación pública. Y, así, en el plano morfológico nos encontramos con la claudicación frente al feo y casi impronunciable currículums (p. 26), en lugar de defender posibilidades como currículos o un currículum invariable (ya se sabe que curricula, por más que a algunos nos guste, difícilmente podría triunfar); o con la afirmación de que el superlativo nuevísimo es “más normal hoy que novísimo” (p. 32). El gran problema reside, a mi juicio, en ese uso constante de términos como normal, que suele entenderse como frecuente, pero que, obviamente, significa a la vez mucho más. Y que, al fin y al cabo, viene de norma.

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En el plano de la sintaxis, si bien se podrían dedicar cientos de páginas a señalar y corregir las discordancias casi sistemáticas del lenguaje periodístico actual, descubrimos con cierto estupor que, por ejemplo, “es frecuente y se considera válido incluso en registros formales poner el verbo en la persona del sujeto” (p. 61) en casos como Yo soy el que lo hice o Tú eres quien más sabes. Y eso que en tales contextos sería fácil defender que el verbo de la subordinada tiene que concordar en plural con su antecedente, por razones de mera lógica gramatical, a pesar de que la prominencia del sujeto anterior potencie la aparición del singular. Como consecuencia, la RAE se ve obligada a aceptar otras discordancias: Yo soy uno de los que quiere hacerlo (p. 62); si bien, al menos, se proscribe en este ejemplo la primera persona (Yo soy uno de los que quiero hacerlo). Cabe suponer que en futuras ediciones del libro se levantará el veto en esta y otras cuestiones; de hecho, se afirma en otro lugar (p. 67) que expresiones como delante mío o encima nuestro “no se han integrado todavía en la lengua culta general”, y me veo obligado a subrayar ese todavía porque me resulta más terrorífico que Jack Nicholson en El resplandor. Es evidente que la Academia no tiene problema en aceptar que, antes o después, las mayores aberraciones gramaticales acabarán siendo correctas. Puede que sea así; las lenguas cambian. Pero, una vez más, su misión como agente normativo es precisamente negar que esas aberraciones puedan llegar a considerarse cultas. Para darlo todo por bueno ya está el uso irreflexivo (“paupérrimo y zarrapastroso”) al que todos nos vemos expuestos y al que, en mayor o medida, contribuimos.

No puedo por menos de / que prestar especial atención a las notas sobre el uso de los clíticos. Parece poco coherente seguir censurando el leísmo masculino plural (A Juan y a Antonio les vi ayer) si se acepta el singular (A Juan le vi ayer) (p. 56), aunque también en este último caso se anota, diríase que con poca convicción, que “lo más indicado es usar lo”. Por otro lado, “No es incorrecto omitir el pronombre” (p. 54) en casos como Me hizo sentir Ø muy bien o La hizo levantar Ø, a pesar de que es evidente que se está utilizando el clítico para dos verbos distintos que, además, no están coordinados entre sí (y, en el segundo ejemplo, ni siquiera se trataría del mismo clítico en uno y otro verbo). Tampoco se observa un gran esfuerzo por distinguir niveles de formalidad entre las construcciones gramaticales; se toman como equivalentes Voy a empezar a hacerlo, Voy a empezarlo a hacer y Lo voy a empezar a hacer (p. 53), sin ninguna alusión a que las dos últimas variantes, sobre todo la intermedia, resultan notoriamente coloquiales.

Rasgo quizá poco criticable, pero desde luego nada elegante, y que se acepta ahora plenamente es la omisión de la preposición en el día Ø que vino (p. 76); no se sabe si como homenaje a los títulos de cierto joven literato que triunfa actualmente entre los círculos más exquisitos. Por su parte, la galicista temas a tratar se considera “aceptable” (p. 69) en el lenguaje administrativo, pero no en otros ámbitos, por lo que se desaconseja ladrillos a poner (ejemplo que, más que incorrecto, me parece casi humorístico; será porque no es administrativo). Algo de razón hay en afirmar que giros como bajar abajo o salir fuera (p. 68), repetidamente censurados en la clase de Lengua, pueden tener cierto sentido, por la información que aporta el adverbio. Pero por ese mismo camino se llegará a aceptar erario público, hemorragia de sangre, sinagoga judía y cualquier otro de los pleonasmos flagrantes con los que conseguimos gastar tiempo y papel. El hecho de que no se mencionen casos como estos en el glosario final ya sugiere que a los responsables del libro no les parecen inadecuados.

Respiraremos un poco, al menos, al comprobar que se sigue censurando (a pesar de que existen pocos errores más frecuentes) la omisión del artículo en construcciones como la mayoría de Ø personas (p. 72). Por el contrario, a los autores sí les suena bien otro cliché periodístico poco motivado y que hoy no puede faltar en ninguna oración periodística que se precie de serlo: la omisión de los artículos en coordinaciones como Ø Madre e Ø hija aparecieron finalmente sanas y salvas (p. 79).

La conclusión que se obtiene de la lectura de este capítulo es que los hablantes a los que la Academia caracteriza como considerados cultos son, básicamente, todos los que hablan y escriben en los medios de comunicación, en las redes sociales o en los blogs. Agradeceremos esa consideración por la parte que nos toca, pero, desde luego, hay que decir que el manual ilustra perfectamente el resultado de tomar como modelos de uso lingüístico tales fuentes de dudosa idoneidad. Lo que se consigue es normalizar o incluso consagrar muchos de los solecismos, anacolutos y extranjerismos que campan a sus anchas por los citados ámbitos; el criterio es la mera frecuencia de las construcciones en los corpus que maneja la Academia, y no su lógica gramatical, su coherencia conceptual o su utilidad comunicativa. En las muy escasas sesenta y tres páginas dedicadas a la gramática (si bien el glosario añade indicaciones sobre voces concretas) se obvian numerosos y graves problemas con los que nos encontramos todos los días. En otras ocasiones será posible abordar las normas ortográficas recogidas en el libro, así como sus propuestas sobre la comunicación digital (las cuales han sido, en esta ocasión, el principal reclamo publicitario).

 

maaijon

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