Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Déjate querer

 

En muchas entradas de este blog hemos dado a entender, si es que no lo hemos afirmado rotundamente, que pensar es una tarea excesivamente compleja y exigente para muchos hispanohablantes de hoy en día. No lo es más, seguramente, para los que hablan o escriben en público; pero es inevitable que en el caso de estos últimos todo resulte mucho más llamativo cada vez que se expresan sin un razonamiento previo. De ahí, también, su especial responsabilidad en el aparente proceso de destrucción de la lengua española.

Por ello, es habitual encontrarse con expresiones que resultan, simplemente, absurdas, y que quizá nunca habrían llegado a materializarse si sus emisores hubieran dedicado un segundo a la reflexión antes de quebrantar con ellas la belleza del silencio o de la página en blanco. Hoy nos interesa el dejarse perder que aparece en el subtítulo de esta noticia (gracias a Roberto Sánchez por la aportación):

 Dejarse perder Róber

 

Aunque, ciertamente, se oye en ocasiones que alguien se dejó perder en una competición, es obvio que lo correcto es dejarse ganar (o vencer, o derrotar…; véanse también las indicaciones de la Fundéu), expresión que, de hecho, utilizan después los propios redactores en el texto. Quizá dejarse ganar no sea siempre lo más correcto desde el punto de vista moral (no está bien eso de apartarse para que entre el balón a cambio de una prima), y de ahí la polémica a la que alude el texto; pero sí lo es, sin duda, en términos lingüísticos. La construcción reflexiva del dejar causativo (verbo interesantísimo de por sí, igual que hacer en el mismo tipo de estructura) implica que la acción descrita por el subsiguiente verbo en infinitivo y sus posibles complementos recae sobre el sujeto, el cual permite que así sea.

Es decir, si El niño se deja bañar, es que deja a otros que lo bañen; si La niña se deja cortar el pelo, es que deja a otros que le corten el pelo. Como se puede observar, el infinitivo puede regir al sujeto del verbo principal como objeto directo (así es en el primer caso) o como indirecto (en el segundo). No parece, en cambio, que sea factible la construcción con otras funciones como las de complemento de régimen o circunstancial. En el ejemplo de la imagen, es obvio que el equipo pudo dejarse ganar, es decir, dejar que otros le ganaran (el partido; se trata, pues, de un caso de complemento indirecto, pero el mismo equipo sería directo con los también citados vencer y derrotar). Por otro lado, lo de dejarse perder solo tendría sentido si, por ejemplo, alguien permite que otra persona lo pierda (Juan se dejó perder por su mujer, a base de no hacerle caso). Así las cosas, desde luego, mejor que dejarse perder será dejarse querer, como suplicaba la canción de José Manuel Soto.

Las construcciones gramaticales, que, como sabemos, siempre están dotadas de un significado inherente, van desarrollando valores figurados o metafóricos por medio del uso. El caso que nos ocupa no es una excepción. A veces alguien nos dice que una película se deja ver, o que una especialidad culinaria se deja comer; y es de suponer que estos seres inertes no poseen la voluntad necesaria para decidir si se someten o no al consumo por parte de los seres humanos. Más bien se está realizando un juicio de valor, un tanto despectivo por más que formalmente aprobatorio, sobre su calidad. Asimismo, encontramos con frecuencia en la prensa ese dejarse sentir que resulta útil para describir lo que hacen los seísmos y otros fenómenos naturales, también a priori privados de volición (“Un pequeño terremoto de magnitud 2,5 se ha dejado sentir en Caudete”). Pero los verbos causativos ofrecen, en realidad, todo un océano de complicaciones gramaticales. Es posible que en otra ocasión hablemos sobre sus pequeños problemas con nuestros queridos clíticos le, la y compañía. Por ejemplo.

 

 

maaijon

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