Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Aberriko hizkuntzak

 

No hay patria sin lengua. Es imposible construir el sueño de una nación diferenciada sin un supuesto idioma propio, genuino, que pueda utilizarse como arma arrojadiza contra ellos y como escudo protector para nosotros. Pero las lenguas, como las culturas y las razas, forman un continuum; el monolingüismo, la pureza racial y la integridad nacional son mitos al servicio de intereses políticos y económicos, o simplemente percepciones erróneas e ingenuas de la realidad. Gran parte de los habitantes del planeta cuenta(n) con el privilegio de poseer dos o más lenguas (o, si se quiere, variedades lingüísticas), que es como tener dos o más corazones y almas (“Mit jeder Sprache, die du kannst, wirst du ein Mensch mehr”, decía la primera página del libro con el que empecé a estudiar alemán). Siempre surgirán algunos que intenten convencer a los demás de que solo una de esas lenguas es la nuestra, la del pueblo, mientras que las otras han sido impuestas por opresores externos y solo están aquí para destruirnos. Pero, ciertamente, no hay mayor libertad que la de poder pensar, sentir y comunicarse con los instrumentos que uno desee, ni mayor tiranía que la de negar a otros, o incluso a uno mismo, ese derecho.

Fernando Aramburu eligió una de las lenguas autóctonas del País Vasco, el castellano o español, para escribir Patria (Tusquets, 2016), una novela que podemos calificar de histórica en todos los sentidos. Y a cuya lectura podemos acercarnos buscando no solo literatura de calidad, ni solo una explicación (si es que esta es posible) a décadas de odios, sufrimientos y crímenes consagrados a cierta idea de patria, sino también una aproximación a la convivencia entre las lenguas que son patrimonio de los vascos. Entre ellas, el castellano, ese romance hispánico que los vascos, seguramente, hablaron antes que nadie, encargándose de consolidar sus cinco vocales, tan nítidas y diferenciadas, además de condenar a la desaparición a muchas /f/ iniciales que les resultaban incómodas, y cuya ausencia constituye hoy un rasgo singularizador en el dominio románico.

¿Cómo hablan los personajes de Patria, cuyas voces se entremezclan muy a menudo con la del propio narrador, en un coro narrativo que parece girar sobre sí mismo? No esperemos, en general, encontrar los estereotipos con los que muchos tenderíamos a caricaturizar al hablante vasco (esto no es, afortunadamente, Ocho apellidos vascos ni sus ramificaciones televisivas); las hostias y los cagüendiós aparecen, por lo general, cuando conviene al contexto; el ahí va pues es prácticamente inexistente. Pero, por otro lado, en una sociedad plurilingüe son inevitables los préstamos léxicos y las transferencias sintácticas, que en sí mismos pueden acabar siendo riqueza y símbolo cultural.

Por lo que respecta a los vocablos tomados directamente del euskera, no se puede decir que sean muy abundantes a lo largo de las más de 600 páginas de la novela; de hecho, todos ellos se recogen en un glosario final de tres páginas y media. Destacan los términos de parentesco, de uso común en la comunicación cotidiana (ama, aita, amona, aitona, osaba); saludos y expresiones de afecto (kaixo, egun on, maitia, bihotza); elementos de la cultura tradicional (aurresku, bertsolari); y, sobre todo, conceptos y lemas de la jerga nacionalista y terrorista (ekintza, txakurra, batzoki, dispersiorik ez, presoak kalera, etc.). En conjunto, no hay mucho más de lo que puede conocer un hablante de cualquier otra región de España, sin más formación en euskera que la obtenida de los medios de comunicación o del contacto ocasional con nativos; no se busca un exceso de costumbrismo ni, desde luego, un alarde de conocimientos, sino una visión realista del ambiente en que ocurren los hechos. Se da por supuesto que muchas de las conversaciones ocurren en euskera, pero no tendría sentido reproducirlas íntegramente en esta lengua.

Paraguas

Por su parte, el plano gramatical ofrece varios aspectos de interés. Probablemente el fenómeno más conocido del castellano del País Vasco y zonas limítrofes, y que el autor plasma repetidamente en el habla de algunos personajes, es el uso del condicional en diversos contextos donde el estándar exigiría el pretérito imperfecto de subjuntivo, como reflejo de la indistinción temporal del euskera entre la prótasis y la apódosis de las condicionales: “Si yo tendría veinte años menos” (p. 309); “Les vino de perlas que se moriría” (p. 339); “Aunque sería mi aita” (p. 171). Se puede discutir la costumbre de marcar estos usos en cursiva; más aún cuando aparecen en textos supuestamente escritos por los personajes. Cabe señalar que se sigue el mismo procedimiento con los vulgarismos y coloquialismos que surgen ocasionalmente: “contra menos gente esté en el ajo” (p. 449); “a mí dejarme tranquilo” (p. 171); “los fascistas van detrás suyo” (p. 68). No creo que Aramburu o sus editores necesiten aclarar que saben que tales giros “están mal” desde el punto de vista del estándar; todos ellos son parte de las formas de hablar de los personajes, lo que hace innecesario el juicio de valor que por sí mismo implica el énfasis tipográfico.

Otro rasgo dialectal, ya no marcado en cursiva, y por ello quizá más difícil de percibir para el lector común, es el superlativo formado a base de duplicar el adjetivo (quizá recordemos, en cualquier caso, cierta expresión estereotípica de un cocinero televisivo): “aquello estaba oscuro-oscuro” (p. 355); “los ojos negros-negros” (p. 465). Destaca también la abundancia de participios de presente con el sufijo -nte y otros adjetivos deverbales con -dor, que (a mi juicio) pueden reflejar las nominalizaciones en euskera por medio del morfema -t(z)en: “hondo-respirantes del tibio aire de mediodía” (p. 283); “hablaban, masticantes, untadores de pan en la salsa” (p. 597); “se negaba a comer volcadora de plato, escupiente de comida” (p. 540).

No obstante, el aspecto gramatical que más singulariza a esta variedad del español es el uso de los clíticos verbales, y lo cierto es que sorprende un tanto la escasez de vestigios en este sentido; probablemente, el dominio de la variedad estándar y la preocupación por la corrección gramatical han hecho que el autor evite reflejar los fenómenos más característicos. Apenas encontramos el habitual leísmo, que en estas variedades se da tanto con referentes masculinos como femeninos (ej. A Ana le llamé ayer), y se relaciona con la ausencia de medios morfológicos para marcar la distinción de género en euskera. Como mucho, hay alguna excepción dudosa: “mirarle a la cara [a Bittori]” (p. 461). Más bien al contrario, el autor se muestra escrupuloso en el mantenimiento de la distinción de géneros, hasta el punto de utilizar lo y la donde otras variedades peninsulares optarían naturalmente por le: “a Aránzazu la sorprendió el tono vehemente de sus palabras” (p. 366); “juzgaba improbable que a Xabier no lo picara la sospecha” (p. 512); “lo sacó tirándolo del brazo” (p. 564); “a los niños (…) los horrorizaba tener que matarlo” (p. 527).

Tampoco se da apenas la indexación clítica de complementos posverbales, normalmente caracterizada como redundante (ej. Le llamé a tu hermano). En cambio, sí hay algunos ejemplos de omisión de clíticos anafóricos (ej. Esa película no Ø he visto), aunque a menudo surgen en contextos de referente neutro indeterminado y, por ello, no resultan excesivamente llamativos desde el punto de vista del estándar: “Llamo a la ama y no coge” (p. 556); “si te sale un hijo rubio o negro, ¿cómo explicas?” (p. 601); “Y esto, ¿qué? ¿Y dónde tienes? ¿Y dónde guardas?” (p. 272). En la gran mayoría de los casos, sí se expresan esos elementos anafóricos: “La radio tienes que tenerla puesta” (p. 494).

Todos los rasgos citados, con los que Aramburu caracteriza las distintas voces que construyen el texto, son efecto natural de una convivencia lingüística que no tiene por qué significar degradación, sino, al contrario, enriquecimiento. Las lenguas pueden (deben) coexistir y ser un elemento de unión entre las personas y los pueblos. Nada más absurdo y lamentable que un supuesto patriota vasco que colabora en el asesinato de un supuesto enemigo de la patria, cuando lo cierto es que este último es hablante nativo de euskera y aquel ni siquiera lo ha estudiado como segunda lengua. Una situación de este tipo se plantea en Patria, y es, sin duda, uno de los muchos detalles impactantes e inolvidables de esta novela.

 

 

maaijon

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