Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Las lenguas de la ciencia

 

Con ocasión de la publicación de Constructing Us, muchas personas han vuelto a plantearme, de una u otra forma, la pregunta que más temo desde hace años: ¿Por qué escribes en inglés? La temo, en primer lugar, porque no siempre me resulta fácil saber hasta qué punto he de percibir un matiz de reproche (si bien doy por supuesto que, en la mayoría de los casos, se trata de una simple curiosidad sin tal valor ilocutivo, como se dice en pragmática). Pero, sobre todo, porque yo mismo suelo encontrar problemas para explicar esta cuestión sin sugerir cierto reproche a mí mismo, lo cual, incluso en el caso de que se mereciera, tampoco es lo que pretendo. Por supuesto que he publicado muchos trabajos en español (empezando por mi tesis doctoral) y sigo haciéndolo (ahora mismo tengo más de un texto sufriendo los rigores de la evaluación por pares, procedimiento que ya es prácticamente universal, independientemente del impacto del que hablaremos después). Pero ahora se trata de explicar los motivos para escribir y publicar en una lengua extranjera, y que no es precisamente la más simpática desde ciertos puntos de vista.

En primer lugar, es comprensible que resulte llamativo, sobre todo para quienes no desarrollan su actividad en el mundo de la investigación, que un hablante de español redacte artículos y libros sobre gramática española en inglés. Además, al menos en mi caso, esto obliga a dedicar mucho esfuerzo a traducir los ejemplos de textos españoles que analizo (ya en época temprana me di cuenta de que traducir es una tarea mucho más complicada que escribir directamente en inglés, y el resultado suele ser mucho menos natural). Esto, además, lleva a aumentar considerablemente la extensión de cada artículo, y lo cierto es que los límites de palabras impuestos por muchas revistas son muy reducidos; en esto, como en tantos otros aspectos, vamos derivando hacia la cultura de las ciencias teóricas y experimentales, en que un simple trabajo de dos páginas refleja cientos de horas de investigación por parte de muchas personas, y puede constituir una contribución de valor incalculable. En letras siempre hemos preferido los estudios interminables que, en gran parte, se dedican a repetir por enésima vez todo lo que se ha investigado desde el principio de los tiempos. Pero es lógico: nos encanta escribir.

Foto del libro

Para un lingüista, todas las lenguas deberían ser interesantes; cuanto más se lee sobre lenguas de distintas zonas, más se comprende la inmensa variedad y riqueza que existe, y se abandonan los prejuicios que nos hacían pensar que lo que ocurre en español es lo normal. Hay lenguas que admiten palabras sin ninguna vocal; lenguas que, aparentemente, no tienen adjetivos; lenguas que marcan el género y el número al principio de las palabras y no al final; lenguas en que solo el receptor, y no el paciente de la acción, puede ser sujeto de una oración pasiva. Y esta es la principal justificación para publicar en inglés: si yo he tenido la oportunidad de leer estudios sobre el croata, el menomini, el suajili o el yinjibarndi, y extraer ideas interesantes para mis propias investigaciones sobre el español, es porque sus autores no los redactaron en las lenguas sobre las que versaban, sino en una que era más probable que yo conociera. El inglés, como todas las lenguas, se inventó para facilitar la comunicación entre las personas, aunque a veces las utilicemos justo para lo contrario. Y, por bienintencionados que hayan sido los intentos de desarrollar artificialmente lenguas universales, como el esperanto, la realidad es que ya tenemos una lengua de comunicación internacional por defecto. Obviamente, a todos nos gustaría que fuera la nuestra, pero una serie de razones históricas, políticas y económicas han otorgado ese privilegio a una variedad germánica desarrollada en la isla de Britannia, e influida por el latín y el francés hasta ser casi irreconocible para su propia familia. Quien publica sus resultados en inglés, los está poniendo a disposición de los muchos millones de investigadores que, en diversos grados, son capaces de entenderlo.

Pero, por otro lado, el reconocimiento de la enorme utilidad científica que supone la existencia de una lengua propiamente internacional no debe llevar a una actitud de menosprecio o rechazo de esas otras que hablamos como maternas, y que casi parecerían convertirse en obstáculos para alcanzar difusión global. Es lícito luchar por que (opino que aquí se debe escribir separado, pero la RAE me desautorizará) cualquier lengua, y muy en especial las que de por sí cuentan con enormes cantidades de hablantes, como el español, pueda alcanzar plenamente ese estatus internacional de que goza el inglés. Pero aquí surge otro problema más práctico, que cualquier investigador del mundo universitario conoce perfectamente: hoy en día, si uno desea obtener reconocimientos de méritos, aumentos salariales y acreditaciones para la promoción profesional, se está haciendo casi imprescindible contar con publicaciones en revistas indexadas en esa base de datos denominada con las terroríficas siglas JCR; en términos más cotidianos, revistas de impacto. Y el problema es que la gran mayoría de estas revistas publican trabajos exclusiva o preferentemente en inglés (por eso son de impacto, claro: círculo vicioso). Esta es otra de las muchas costumbres que hasta hace poco caracterizaban únicamente a las ciencias teóricas y experimentales, y que ha ido extendiéndose al resto de las áreas de conocimiento, en una inevitable homogeneización de criterios de calidad que, por una parte, puede parecer lógica y justa, pero que a la vez tiende a desdeñar las peculiaridades, a veces muy significativas, de cada campo de investigación. Y no cabe duda de que en el de la filología hispánica y, de modo más general, en las humanidades de cualquier ámbito no anglosajón parece muy discutible que haya que publicar sistemáticamente en inglés (véase la exposición, mucho más desarrollada, de Gutiérrez Rodilla sobre la situación y las perspectivas del español frente al inglés en el ámbito científico y académico).

Como en muchos casos, las soluciones intermedias deberían ser las más productivas. Los investigadores humanistas podemos y debemos aprovechar las oportunidades de dar a conocer nuestro trabajo a una audiencia internacional y que, reconozcámoslo, no tiene la obligación de entender nuestra lengua materna; y está claro que, hoy por hoy, el medio más obvio para lograrlo es el inglés. Pero, al mismo tiempo, hay que potenciar la actividad científica en otras lenguas: de hecho, si nuestro trabajo posee alguna relevancia es, precisamente, porque en este mundo todavía existen lenguas y culturas aparte de la anglosajona, con lo cual no debemos entregarnos acríticamente a una globalización académica que, a la larga, nos perjudicará. No es que quiera sonar a Rubén Darío en horas bajas, o a discurso de ministro de guardia en congreso internacional de la lengua. Por decirlo de modo más ordinario: escriban en la lengua que les dé la gana; y, si puede ser en más de una, mucho mejor.

 

 

maaijon

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