Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Badajod

 

«Pero a nuestros paisanos electos y elegidos, les falta eso y lo otro para meter el carné en un sobre y mandarlo a la calle de Ferrad.»

(La Gaceta de Salamanca, 16-6-04, p. 6)

 

Este fragmento, recogido hace años, siempre me recuerda eso de que nunca llueve a gusto de todos. Si el error ortográfico es una catástrofe a ojos del defensor de la norma, para el científico que intenta descubrir la realidad del uso lingüístico puede constituir un verdadero tesoro. Quien escribe (o transcribe) Ferrad en lugar de Ferraz es, muy probablemente, porque no percibe una diferencia de pronunciación entre la d y la z cuando aparecen al final de una sílaba o una palabra. Opta por escribirlo como d porque hay otras muchas palabras acabadas en esta letra (desde luego, más que en z), y todas le suenan igual. La hipótesis nos resultará bastante plausible en Salamanca, donde estamos acostumbrados a tratar a la gente mayor de ustez, y a veces nos desplazamos al gran centro comercial de Valladoliz para efectuar algunas compras de Navidaz. Como mucho, puede sorprendernos encontrar un error como el de Ferrad en un periódico… vale, a estas alturas eso tampoco nos sorprende lo más mínimo. Hay que aclarar que el problema no lo tiene solo la d, sino muchas consonantes que en posición implosiva son relativamente raras y resultan incómodas de pronunciar. Es posible que hayamos oído a una psicóloga escolar referirse a los aluznos, o que en las prácticas de la autoescuela nos hayan dicho que tenemos que respetar el estoz, o incluso que alguien se haya referido a una película llamada Hoz, versión adulta y melancólica de Peter Pan dirigida por Steven Spielberg hace ya tiempo. Todo esto, lógicamente, lo he vivido o al menos me lo han contado.

Y es lo que desde el papel nos está gritando un detalle tan simple como la d de Ferrad. Es sabido que la lingüística histórica siempre ha trabajado con faltas de ortografía (dejando aparte el hecho de que, para que se pueda hablar de faltas, tiene que haber una norma, la cual no ha existido o no ha sido igualmente clara en todas las épocas, por no hablar de las dificultades que habrán planteado su difusión y su afianzamiento). Si en un texto medieval leemos azer (por hacer), es señal de que quien escribió esa palabra no pronunciaba la F- del latín, y ya ni siquiera la aspiraba, como se seguía haciendo y aún se hace (o jace) en algunas zonas. La inexistencia de documentos orales hasta tiempos recientes obliga a los investigadores a olfatear este tipo de pistas y realizar deducciones a partir de ellas (“el mejor uso posible de los peores datos posibles”, creo que dijo Labov, si es que no fue Oscar Wilde). A no ser que exista algún problema específico de desarrollo lingüístico, la inmensa mayoría de los errores que cometemos al escribir se basan, simplemente, en que nuestra pronunciación no nos permite diferenciar entre dos o más formas posibles de escribir algo. De ahí el secular enfrentamiento entre la b y la v (precisamente por haberse puesto de acuerdo en sonar igual), o el problema de la h, que encima de ser muda tiene que sufrir el odio o la desconfianza de muchos.

Obviamente, a quienes dentro de cinco siglos analicen el español del siglo XXI (si es que por entonces quedan seres humanos y si, además, tienen algún interés en analizar esas cosas) no deberían faltarles materiales audiovisuales para ello. Aun así, me ilusiona pensar que alguien podría encontrar este fragmento de un examen, recogido también por mí, y deducir a partir de él que en el sur de Castilla y León, en los primeros años de este siglo, el último sonido de Badajoz tendía a pronunciarse igual que el de Madrid (y, lógicamente, no era el sonido de una d).

 

Badajod

 

 

maaijon

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