Historia de vida realizada por Rebeca Salinero Pastor (Estudiante del Grado en Trabajo Social).
Bautista tiene 75 años y es de origen español. Él proviene de un pueblecito de la comarca de las Hurdes (Cáceres) y se fue a Suiza en el 1970, con 26 años, a trabajar para buscar un mejor porvenir para él y su familia. Por aquel entonces, en España no había mucho trabajo y menos en la zona de las Hurdes, lugar donde residía, ya que se trataba de un área rural, muy poco desarrollada y con escasez de recursos y servicios, por ello, decidió marchar a Suiza, concretamente a Zúrich, donde había una mayor calidad de vida y un alto nivel económico.
Suiza se divide en varios estados llamados cantones, y cuenta con cuatro idiomas oficiales: alemán, francés, italiano y romanche. Se encuentra ubicado en Europa central y no tiene salida al mar. Además, se caracteriza por su política de relaciones exteriores neutral sin haber participado activamente en ningún conflicto internacional desde 1815 y por ser uno de los países más desarrollados del mundo.
La decisión de marcharse no fue fácil puesto que dejaba en las Hurdes a su mujer y a sus dos hijas, pero después de reflexionarlo y hablarlo con su esposa, finalmente partió a Suiza. Para poder entrar en Suiza, tenías que poseer un contrato de trabajo ya que, sino no te dejaban cruzar la frontera, debido a ello, antes de planear el viaje y partir dirección al país europeo, habló con su primo (que se encontraba allí trabajando), el cual le consiguió un contrato de trabajo en Zúrich, y le comentó las cosas que debía saber a la hora de emigrar hacia la ciudad suiza. Los contratos de trabajo en aquellos años tenían una duración de nueve meses y al finalizar este tiempo, tenías que abandonar el país y volver a tu lugar de origen ya que no te podías quedar más tiempo residiendo allí, sino te expulsaba la policía. Una vez en España te quedabas dos meses, aproximadamente, de vacaciones y te volvían a mandar un contrato de trabajo de otros nueve meses, el cual lo podías aceptar si querías volver o rechazar, y así sucesivamente hasta llegar a los cinco años donde tenías la posibilidad de ser residente y poder quedarte en Suiza a vivir. Los primeros nueve meses no te daban vacaciones, las siguientes veces ya te daban tres semanas de vacaciones.
Una vez que consiguió el contrato de trabajo y preparó todo lo necesario, contacto con la empresa con la que iba a trabajar en Suiza para concertar el día en el que tenía que partir y posteriormente, compró un billete de autobús y junto con su hermano marcharon a Zúrich.
A la hora de llegar a la frontera, la policía registraba todas las maletas y realizaba un reconocimiento médico, si estabas en buenas condiciones de salud te dejaban pasar, y si no, tenías que volver a España.
Ya en Zúrich, la empresa para la que trabajaban él y su hermano, les proporcionaba una casa para pudieran alojarse, junto a otros españoles, mientras estuvieran allí trabajando (aunque cada mes le descontaban del sueldo los gastos relativos a la casa) y gestionaban los trámites pertinentes como la seguridad social, etc. Junto a ello, al llegar a la ciudad, lo primero que se debía hacer es ir a la policía a que te realizarán el “Libreto del Extranjero” en donde se tenía que presentar la dirección de tu domicilio en Zúrich, y de esta manera, se hacían cargo de que la persona no cometiera ninguna infracción o delito (si lo realizabas, te deportaban).
Los primeros meses le fueron muy duros dado que no entendía el idioma y le era muy difícil comunicarse y comprender la lengua, ocasionando que no pudiera defenderse como él quería. A ello se le sumó que la empresa para la que trabajaba, al dedicarse a la albañilería tenía que desplazarse cada cierto tiempo a un sitio diferente a trabajar originándole más problemas a la hora de manejarse y moverse por la ciudad. Después de unos meses, cambió la empresa y esto hizo que ya no tuviera que realizar tantos viajes y que estuviera fijo en una misma obra. Eso fue un gran beneficio puesto que, de esa manera, no tenía tantos inconvenientes a la hora de trasladarse de su casa al trabajo y del trabajo a su casa. Además, los alojaron a otra casa mejor a él, a su hermano y a los compañeros que vivían con ellos ya que la casa donde se encontraban era muy vieja, no tenía calefacción sino una estufa de leña y no estaba muy bien ubicada (pasaban todo el rato los trenes y tranvías).
En lo referente a las expectativas que tenía del país, no se llevó ninguna decepción puesto que no sabía nada de Suiza ni tenía ninguna expectativa ni idea del sitio al que iba a ir, marchaba “a ciegas”. Lo único que había oído es que se trabajaba mucho pero que se ganaba bien.
Su estancia en Zúrich fue agradable, poco a poco fue cogiendo soltura con el idioma, aprendiendo a manejarse en italiano y alemán (este último en menor medida) y ello le ayudó a desenvolverse mejor en su día a día. También le trataban bien en el trabajo y la gente de Zúrich era bastante amable. Asimismo, a pesar de que no fuera con su hermano ni nadie conocido a trabajar, al vivir con él y con otros españoles en la misma casa podía relacionarse y hablar con gente haciendo que así no se sintiera solo. En general, él y sus demás compañeros no dedicaban mucho tiempo a otras actividades que no fuera el trabajo o las tareas del hogar, dado que iban a Suiza con el propósito de ahorrar y mandar dinero a su familia cada mes, y si salían mucho no tenía dinero suficiente puesto que en Zúrich las cosas eran más caras.
Después de tres años y al acabar su contrato de nueve meses, decidió quedarse en España, no renovar el contrato y, por consiguiente, no regresar a Zúrich porque le resultaba muy doloroso el estar lejos de su mujer y sus hijas ya que se había casado para estar en familia y no para estar separados. Igualmente, sentía mucha culpa de dejar a su mujer trabajando y criando a sus hijas sola.
Por último, el proceso migratorio le ayudó a madurar, a desarrollar nuevas habilidades y aprendizajes y a valerse por sí mismo. No obstante, no volvería a repetir una experiencia similar si no es junto con su familia.


