Por Martina Jiménez y Manuela Martín
Si hoy en día, en pleno siglo XXI queremos hablar de una educación de calidad, inevitablemente debemos mirar hacia atrás para entender hacia dónde queremos ir teniendo en cuenta nuestro punto de partida. La Institución Libre de Enseñanza (ILE) nos enseñó que la escuela no es un simple lugar al que vamos para prepararnos para la vida adulta o en el que nos enseñan cómo afrontar los problemas y adversidades que podemos encontrar en el futuro. La escuela es la vida misma, donde ocurre el aprendizaje y las cosas que recordaremos siempre.
Para Francisco Giner de los Ríos (1924), la clave de la educación era el respeto de la libertad del niño y su capacidad de pensar por sí mismo, sin necesidad de que el sienta que lo que está haciendo no está bien o no es suficiente. Sin embargo, la dificultad real aquí viene principalmente con una cuestión importante; cómo podemos fomentar el pensamiento crítico en un sistema que sigue manteniendo a los alumnos en un rol de espectador. No tiene sentido que queramos formar a niños autocríticos y esperemos que aprendan a serlo sentados en una mesa escuchando horas de clases teóricas de un maestro, sin ningún tipo de participación. Si verdaderamente queremos niños con pensamiento crítico, lo primero que tenemos que hacer es darles libertad para expresarse y que así, puedan sentir las escuelas como parte de la vida.
Por eso, con este artículo, buscamos reflexionar sobre la necesidad urgente de transformar los centros en verdaderas comunidades de participación. Para ello, nos apoyaremos en investigaciones recientes acerca de la voz del alumnado y en la idea de que participar no es sólo estar, sino ser y hacer dentro del aula.
Desde nuestra postura de estudiantes, creemos que en los centros hay una gran trampa. A menudo, los centros se enorgullecen de sus mecanismos de participación. Tenemos delegados, consejos escolares y juntas de alumnos. Sin embargo, si nos paramos a analizar con precisión esos espacios, nos damos cuenta de que muchas veces caen en el que los expertos han denominado participación simbólica.
Como señala el estudio de Esteban-Tortajada y Novella Cámara (2020), hay una distancia importante entre lo que dicen las leyes educativas (como la LOMLOE) y la realidad de esos centros. A la hora de la verdad, la participación suele quedar restringida a la dimensión de democracia representativa; esto quiere decir que elegimos a alguien para que nos represente, pero esa persona realmente tiene muy poco poder real para influir en lo verdaderamente importante en el centro, como los métodos de evaluación o el contenido de las materias. Esto es lo que los autores describen como decoración que en la escala de participación de Hart se encuadra dentro de los niveles no participativos ya que permite al alumnado presencia para dar una imagen de modernidad, pero luego, su opinión no hace que cambie nada en la institución.
Gracias a un estudio realizado en Zaragoza por Bernad-Vicente y Coma-Roselló (2025) hemos podido observar a través de sus resultados como los niños de Educación Primaria tienen un gran deseo por participar en la escuela. Estos niños no ven la participación como un trámite administrativo, que es como la ven la mayor parte de los centros. Estos niños lo ven como una oportunidad para mejorar su convivencia, una nueva forma de aprender. Lo ven con ilusión e inquietud que es exactamente lo que desde los centros debería buscarse.
Pese a la importancia de la realización de esta investigación, consideramos que el hallazgo central de la misma es preocuparte ya que se ha demostrado que el poder sigue estando muy centralizado en la figura del profesorado. Los alumnos perciben que pueden decidir sobre cuestiones de mínima importancia como el color del mural, pero luego ven cómo se sienten excluidos de las decisiones pedagógicas. Eso nos ha llevado a una reflexión; si en la etapa de primaria que es cuando la curiosidad y el compromiso están en su punto más alto cortamos a los alumnos las alas en el sentido de no dejarles tomar decisiones de mayor relevancia ni damos rienda suelta a sus inquietudes, realmente estamos formando ciudadanos pasivos, que al llegar a cursos superiores, mostraron desinterés hacia el sistema.
Para poder considerar la participación como una parte más para la educación de la vida, debemos dejar de verla como algo que está alejado de la vida cotidiana y la educación en la escuela. Aquí os explicamos las 4 dimensiones de la participación que tenemos que ser capaces de integrar en el día a día de la educación escolar:
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Principio Metodológico: En este caso nos centramos en cómo con un correcto uso de la participación podemos convertir una actividad aparentemente superficial y de poca importancia en una actividad que provoque en el niño un aprendizaje significativo. ¿Por qué no participar en nuestra propia evaluación? La evaluación compartida y el aprendizaje por proyectos son herramientas donde el alumno deja de ser un receptor para ser un co-creador de su conocimiento.
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Contenido Curricular: La democracia no se aprende solo leyendo un libro de texto de Valores Cívicos; se aprende ejerciéndola. De aquí que destaquemos la importancia de la transversalidad con todas las materias. Además, para favorecer la curiosidad de los niños y por tanto su interés por participar es importante que les demos la opción de proponer temas sobre los que estudiar, hablar, investigar…
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Seña de Identidad: desde este ámbito conseguimos que los niños se centren en ellos e identifiquen quienes son por ello es importante que el centro se abra al entorno, ya que la participación no termina en la puerta del colegio, sino que debe conectarse con el barrio y la comunidad.
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Democracia Real: Esta dimensión busca hacer partícipes a todos los alumnos por igual de la toma de decisiones de su centro. Con ella se pretende superar el modelo del “delegado que solo pide más tiempo de recreo” para pasar a actividades donde la voz del alumno sea importante a la hora de escoger algunos de los proyectos de mejora del centro.
En conclusión, creemos que la verdadera participación requiere algo que a veces escasea en el sistema educativo: confianza. No cualquier tipo de confianza, sino la de los adultos en la capacidad de los niños para aportar soluciones válidas ante problemas en los que ellos mismo están involucrados. También, buscamos la confianza de la institución en que un caos controlado en ocasiones puede llegar a ser más educativo que el orden impuesto.
Como futuras maestras, nuestra responsabilidad no es sólo enseñar contenidos, sino crear espacios donde el alumnado se sienta con la libertad de poder expresarse libremente, siguiendo el ejemplo de aquel boletín de la ILE que hoy tratamos de copiar. Creemos que una verdadera educación de calidad es aquella que permite y valora la participación de sus alumnos. Sin la voz del alumno, la escuela es un edificio vacío de significado.
Referencias Bibliográficas
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Bernad-Vicente, J., y Coma-Roselló, T. (2025). Participar para transformar la escuela: Perspectiva del alumnado sobre su experiencia en Educación Primaria en Zaragoza (España). Revista Electrónica Educare.
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Esteban-Tortajada, M. B., y Novella-Cámara, A. M. (2020). Participación del Alumnado en los Centros Educativos: Legislaciones, Voces y Claves para el Avance. Universidad de Barcelona.
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Hart, R. A. (1993). La participación de los niños: de la participación simbólica a la participación auténtica. Ensayos Innocenti, UNICEF.
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Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOMLOE). Boletín Oficial del Estado, 340, de 30 de diciembre de 2020.
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Giner de los Ríos, F. (1924). Pedagogía universitaria. La lectura



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