La persecución al Juez Garzón por su intento de acabar con la impunidad del franquismo y la corrupción del Partido Popular ha dado la razón a todos esos padres que miran por el bien de sus hijos: generaciones que se reconocen en la emblemática expresión “hijo, no te metas en política”. En España, este consejo paternal tiene una indudable connotación histórica: la ausencia de libertad y el miedo a las represalias. Muy especialmente, la represión franquista dejó una impronta de pánico colectivo en la población de alcance indetectable para investigadores de biblioteca: detenciones, asesinatos y los temidos paseos que nuestros abuelos han sabido transmitir de generación en generación. Cuesta admitir, y prima facie puede parecer descabellado, que tras más de treinta años de democracia todavía persistan las secuelas de la dictadura, más aún cuando el establishment político y mediático se recrea en el éxito de nuestra ejemplar Transición.
He aquí que llega la crisis económica mundial, la más profunda de nuestra historia reciente, y evidencia injusticias flagrantes, pero la respuesta de la sociedad española ha sido singularmente tímida. Sólo en los últimos meses han emergido diversos movimientos ciudadanos que convergen en la proclama de una regeneración del sistema político y económico, pero todavía con una intensidad limitada y de forma muy fragmentada. Llama la atención el movimiento Juventud Sin Futuro. Sus eslóganes son: “Sin casa, sin curro, sin pensión”, para finalizar con un desafiante “sin miedo”. Sin miedo, porque el movimiento no sólo cuestiona un modelo económico que ataca el Estado de bienestar, sino que plantea una afrenta generacional. El insolente lema de la juventud también simboliza el rechazo del paternalismo y el miedo colectivo a participar en política, mientras que los padres ven en Garzón la constatación de sus temores.
Recientemente he escuchado unas
Aún no lo he leído, quizá no lo haya encontrado, pero voy a escribir lo que me gustaría leer, a la espera de que las plumas cualificadas me satisfagan. Es un lugar común atribuir el desastre nuclear de Chernobyl al fracaso de la URSS y del comunismo totalitario, ora como metáfora del derrumbe soviético, ora como causa explicativa del accidente. Pero la hemeroteca puede ser radiactiva, por ejemplo, para nuestros ex ministros de Asuntos Exteriores. Esto escribía Josep Piqué (La Vanguardia, 20/10/07): “El problema fue la incompetencia, la opacidad y el cinismo propios del sistema comunista. Y no es justo que todo eso pase al debe de una fuente de energía fundamentalmente segura”. Y esto otro Ana Palacio (ABC, 15/09/08): “Un caso -hemos de recordarlo- único, acaecido en una planta claramente subestándar fruto de un sistema político viciado”. No parece criticable que se relacionen las grietas de las dictaduras comunistas con el accidente de Chernobyl, pero sí que se defienda la seguridad de la energía nuclear esgrimiendo la excepcionalidad del contexto soviético.
A la luz de las revueltas populares de los países árabes, en España se está gestando otra revuelta, no popular, sino protagonizada por un sector díscolo de los operadores jurídicos. Toda vez que la Política se ha tornado incapaz de hacer frente a la Economía, se recurre al Derecho para paliar las injusticias socioeconómicas que la crisis ha destapado.
En tiempos en los que el desempleo constituye el principal problema para la ciudadanía, se multiplica el papel de intermediación laboral de las instituciones públicas. A través de una de éstas, un despacho profesional trasladó recientemente una oferta de trabajo para, previa beca, contratar a una abogada, excluyendo expresamente a los hombres del perfil profesional requerido.
Después de todo lo que se ha dicho y escrito tras la prohibición de las corridas de toros en Catalunya, es difícil aportar algo nuevo. Me limitaré a diseccionar algunos argumentos. En primer lugar, es de justicia enfatizar el ejemplar procedimiento llevado a cabo. Una iniciativa legislativa popular, un largo debate público -social, político e incluso científico- y una votación sin disciplinas de partido en las dos fuerzas políticas principales. Todo un ejercicio de democracia participativa y deliberativa que resiste a la tergiversada calificación de autoritarismo.
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