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Actitudes de los jóvenes ante el empleo

En 2011 realicé, junto con Begoña Cueto (Universidad de Oviedo) un estudio sobre los jóvenes en el mercado de trabajo de Asturias. Al consultar ese estudio recientemente, me he dado cuenta que no sólo los resultados siguen de actualidad, sino que podrían extenderse a los jóvenes de toda España. El trabajo fue encargado y financiado por el Servicio Público de Empleo del Principado de Asturias.

A continuación, resumo la parte que me parece más novedosa, dedicada a las actitudes de los jóvenes ante el empleo. Quien desee leer el informe completo lo puede descargar gratuitamente aquí (en formato PDF). La información cualitativa se obtuvo mediante grupos de discusión y entrevistas con informantes clave. Gracias a Vanesa Rodríguez Álvarez (Universidad de Oviedo), que estuvo al cargo de su organización. Se llevaron a cabo ocho grupos de discusión con los siguientes tipos de jóvenes por nivel de instrucción (con una composición adecuada por sexo): jóvenes con ESO (dos grupos) y bachiller (dos grupos); 2) estudiantes de ciclos formativos de grado medio; 3) estudiantes de ciclos formativos de grado superior; 4) estudiantes de PCPI (Programas de Cualificación Profesional Inicial); y 5) universitarios. Los grupos de estudiantes de bachiller y ESO fueron los más numerosos (treinta personas), en los de ciclos (medio y superior) el tamaño estuvo en quince, PCPI diez personas y universitarios ocho. En cuanto a las entrevistas con informantes clave se realizaron diez a profesores (de ESO, bachiller y ciclos y orientadores laborales), una a un profesor de academia privada y dos a responsables de contratación en empresas.

En el informe original se comentan en detalle los resultados de este análisis cualitativo por alumnos de cada nivel educativo y de los informantes clave. Lo que aparece a continuación está tomado de la sección 4 del informe, que sintetiza y valora esta información.

 

Actitudes de los jóvenes ante el empleo: Valoración de conjunto de la información cualitativa

 

La idea de la educación como medio para conseguir mejores trabajos está asumida por todos los jóvenes en todos los niveles educativos, aunque los educadores señalan que los jóvenes actuales parecen no adquirir una visión de largo plazo, con lo que las elecciones sucesivas que les plantea el sistema educativo las resuelven en función de objetivos de corto plazo (como escoger asignaturas u opciones más “sencillas”) lo cual les puede recortar algunas opciones futuras de elección. La manera en que definen un buen trabajo se refiere de manera mayoritaria y casi exclusiva al sueldo que podrán tener. Los jóvenes también expresan en general (y más los de bachiller) que si pudieran tendrían un trabajo que no supusiera un gran compromiso personal (ni en términos de horas ni en términos de responsabilidades adicionales).

Las expectativas salariales se van volviendo más realistas conforme tratamos a jóvenes enrolados en niveles más altos del sistema educativo. Sobre todo, en el sentido de que parecen ir aprendiendo que el sueldo que se cobrará no sólo estará en función de su formación sino también que hay una pauta creciente a lo largo de la vida laboral (al principio se accede a menores salarios) y que el sueldo también depende de la situación concreta del mercado de trabajo cuando se incorporen a él. Así, los universitarios son muy conscientes del mal momento del mercado de trabajo, mientras que los que están en niveles secundarios (especialmente, en bachiller) parecen ver el mercado de trabajo como algo muy lejano y su información sobre el mismo no parece recoger ideas o argumentaciones propias, sino que más bien repite frases y posiciones poco relacionadas con el mercado de trabajo (y más relacionadas con la política en general).

El contexto familiar y territorial se ha revelado, a través de los informantes clave, como algo que podría en algunos casos generar puntos de referencia para las elecciones laborales que distorsionarían las verdaderas posibilidades de elección de algunos jóvenes. Sin que parezcan ser problemas extendidos, cuando se producen sí que podrían dar lugar a problemas intensos para esos jóvenes. Así pues, se podrían desarrollar actuaciones encaminadas a mostrar que algunas características asociadas con ventajas (por ejemplo, una edad relativamente baja de jubilación) están íntimamente relacionadas con claras desventajas (por ejemplo, problemas importantes de salud a edades relativamente tempranas).

Los que están en ESO y Bachiller ven los estudios como un medio para conseguir un buen empleo, pero no parecen tener ninguna idea concreta sobre en qué les gustaría trabajar. Una muestra clara es la de los alumnos de Bachiller en la opción científico-tecnológica, que en general no muestran una preferencia clara por estos estudios por los empleos futuros a los que pueda dar acceso. Antes bien, escogieron dicha opción como puerta a una serie de carreras (ingenierías) que encajan en el modelo de estudios con los que se consigue un “buen” empleo. Siempre entendido que básicamente eso significa acceso a un empleo con un buen sueldo (y con elevado prestigio social), pero no se resalta ningún tipo de ambición sobre el contenido de los empleos, sobre lo que se hace en ellos.

Un problema relevante es el de los alumnos que se van quedando descolgados en la parte obligatoria del sistema educativo. Los informantes clave resaltaban el caso de los niños que con 12 o 13 denotan falta de interés por el estudio, pero para los cuales el sistema educativo sólo les ofrece seguir asistiendo a clase hasta los 16 años. Los datos cuantitativos de la tasa de idoneidad confirman la potencial extensión de este problema, pues en 2010 el 40 por ciento de los estudiantes de 15 años no se encuentran en el nivel que les correspondería por su edad, habiéndose quedado rezagados en la educación obligatoria. La experiencia de los PCPI y lo señalado por los informantes avalarían intervenciones proporcionando una alternativa dentro del sistema (entre los 12 y los 15 años) con formación más práctica e incluso con un contacto con las empresas, no tanto trabajando (por estar debajo de la edad legal) como adquiriendo los hábitos y actitudes propios del mundo laboral. Esto puede darles un ámbito en el que se haga una especie de transición “suave” hacia el empleo cuando adquieran la edad laboral mínima o bien para que sean conscientes de lo que exige realmente un puesto de trabajo y que con más formación pueden acceder a más y mejores empleos. En todo caso, el dato de la tasa de idoneidad junto con la percepción de los educadores de este problema muestra la existencia de un problema serio para un grupo de estudiantes al final del periodo de educación obligatoria que exige nuevas actuaciones.

Mientras que las empresas, los orientadores laborales y los educadores (en especial los de formación profesional y ciclos) resaltan la importancia crucial de las actitudes para una buena entrada de los jóvenes en el mercado de trabajo, sólo los jóvenes más cercanos al momento de entrada en dicho mercado muestran haber asumido la importancia de las actitudes. Los jóvenes en ESO o bachiller parecen estar más bien imbuidos de la idea de que son los estudios sin más los que les garantizarán un buen empleo y que la buena entrada dependerá de los “enchufes”. En esta línea, tampoco parecen tener una conciencia de los servicios públicos de empleo como mecanismos de intermediación laboral, pues los perciben muy ligados al cobro de prestaciones y útil sólo para colectivos con graves problemas de integración laboral.

A pesar de que el análisis cuantitativo [presentado en la primera parte del informe] muestra que la opción de formación profesional es prácticamente tan buena como la universidad en el acceso al empleo (para ambos sexos y también para el acceso al empleo indefinido) los ciclos formativos (medios y superiores) se ven socialmente como una opción de segundo orden para quienes no pueden acomodarse al ritmo del bachiller (en definitiva, a llegar a tener una titulación universitaria). Sin embargo, los que cursan los ciclos (en especial los superiores) sí que muestran estar satisfechos con las oportunidades que esta vía formativa les ofrece. Valoran especialmente su mayor cercanía al mundo laboral.

Hay que resaltar que los ciclos de grado superior aparecen mucho más como elecciones conscientes, a pesar de la mala imagen social de los mismos. Los alumnos de los ciclos de grado superior se quejan de haber tenido que argumentar y convencer a todo el mundo para seguir esta opción.

Como apreciación de conjunto de los alumnos de bachiller, hay que decir que no se ven a sí mismos como futuros trabajadores, sino que se ven como estudiantes. De entrada, dicen que estudian para obtener un trabajo mejor; sin embargo, todo lo relacionado con el mercado de trabajo les es completamente ajeno, lo ven lejano y no les preocupa más allá de los típicos clichés: “la cosa está muy mal”, “al principio te explotan”, “estudiar una carrera demuestra un mayor interés por aprender que un módulo”, etc. En definitiva, la percepción de los estudiantes de bachiller es que éste es un tránsito hacia otros estudios, no un fin en sí mismo, lo cual se relaciona con su lejanía respecto del mundo del trabajo y lo que el desempeño de un trabajo requiere.

En principio los alumnos de bachiller no tienen de forma explícita una idea peyorativa de los ciclos y si se les pregunta directamente hablan bien de ellos, aunque no se han planteado en ningún momento estudiarlos. Sin embargo, al hablar de otros temas subyace la idea de los ciclos como algo inferior a la universidad (están bien para los que “no llegan” a poder estudiar bachiller).

Son los universitarios junto con los de ciclos (medio y superior) los que tienen una perspectiva de la participación en el mercado de trabajo como algo que no se acaba en un momento, sino que es un proceso que se desarrolla a lo largo del tiempo. Tienen una visión de su participación en el mercado de trabajo como el desarrollo paulatino de una carrera laboral, en especial los primeros años. Son conscientes de la importancia de las actitudes en el proceso de integración laboral y de la acumulación de la experiencia (entendiéndola como aquello que no se enseña en el sistema educativo sino en el seno de la empresa desempeñando un puesto de trabajo).

Dada la metodología de este estudio, no es posible saber si los universitarios de hoy tuvieron unas expectativas como las de los alumnos de ESO y bachiller de hoy, pero fueron evolucionando hacia sus valoraciones actuales. Tampoco conocemos si los alumnos de ESO y bachiller de hoy acabarán teniendo unas expectativas más ajustadas acumulando información con los años. Es muy posible que lo que aparece en el estudio cualitativo no sea más que fases de un proceso evolutivo.

malo
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