Comunicación de la Comisión al Consejo y al Parlamento Europeo [COM(2006) 208 final]: “Las universidades deberían asumir una mayor responsabilidad por su propia sostenibilidad financiera a largo plazo”.
La Universidad de Zaragoza ha puesto en marcha, en colaboración con Laboratorios Boiron, una Cátedra sobre homeopatía. Sabido es que los expertos rechazan esas prácticas rituales por su carácter acientífico. Lo que no suele explicarse es por qué la universidad comienza a encomendarse a la superstición. La proliferación de cátedras creadas conjuntamente por Universidades y empresas se enmarca en el modelo de enseñanza superior que subyace en el Proceso de Bolonia. Uno de sus postulados más reiterados, que consta en numerosos documentos de carácter institucional, consiste en incrementar la financiación privada en las Universidades públicas. Se trata, sin duda, de una vía encubierta de privatización, por más que los rectores y otros agentes de la comunidad universitaria vean en este perverso objetivo una solución a los problemas de suficiencia financiera de las instituciones universitarias. El sector privado, caracterizado por la búsqueda de beneficios económicos, no invierte en la universidad por altruismo. El caso de la cátedra de homeopatía permite comprender a la perfección la incompatibilidad de la búsqueda del lucro privado con la pretensión de una universidad pública y científica. Ésta es la medicina de Bolonia.
Artículo 16.2 Constitución Española: «Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias».
En la Universidad de Salamanca, el Curso Académico de las universidades de Castilla y León se inaguró con una lección magistral, en su doble acepción de magisterio y maestría, impartida por el profesor Mínguez Fernández. Una lección inaugural muy oportuna, porque de forma implícita recordaba a todos los presentes la necesidad de aunar el rigor intelectual y la conciencia crítica como misión indefectible de la universidad. Además de explicar el riesgo de la manipulación de los procesos históricos, el conferenciante aludió a la marginación de las Humanidades que propicia el Proceso de Bolonia y su pretensión mercantilista. Probablemente, a la vista de los acontecimientos que han ido sucediéndose en torno a la crisis económica, hoy sería más fácil comprender que el Proceso de Bolonia es un producto más de los mercados, esos entes abstractos, despersonalizados, místicos pero paradójicamente cotidianos que nos gobiernan.
Dice el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, que sobran estudiantes universitarios. Un diagnóstico que llega en plena implementación del Proceso de Bolonia, cuyos mejores críticos denuncian, entre otras cosas, precisamente la elitización de la universidad. Lograr una adecuación entre la formación libremente elegida y la posterior ocupación laboral parece un objetivo deseable. Primero, para garantizar el libre desarrollo de la personalidad. Segundo, para maximizar la eficiencia de los sistemas educativo y productivo.
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