La medicina de Bolonia

10/11/10, 0:03

medicina-de-boloniaComunicación de la Comisión al Consejo y al Parlamento Europeo [COM(2006) 208 final]: “Las universidades deberían asumir una mayor responsabilidad por su propia sostenibilidad financiera a largo plazo”.

La Universidad de Zaragoza ha puesto en marcha, en colaboración con Laboratorios Boiron, una Cátedra sobre homeopatía. Sabido es que los expertos rechazan esas prácticas rituales por su carácter acientífico. Lo que no suele explicarse es por qué la universidad comienza a encomendarse a la superstición. La proliferación de cátedras creadas conjuntamente por Universidades y empresas se enmarca en el modelo de enseñanza superior que subyace en el Proceso de Bolonia. Uno de sus postulados más reiterados, que consta en numerosos documentos de carácter institucional, consiste en incrementar la financiación privada en las Universidades públicas. Se trata, sin duda, de una vía encubierta de privatización, por más que los rectores y otros agentes de la comunidad universitaria vean en este perverso objetivo una solución a los problemas de suficiencia financiera de las instituciones universitarias. El sector privado, caracterizado por la búsqueda de beneficios económicos, no invierte en la universidad por altruismo. El caso de la cátedra de homeopatía permite comprender a la perfección la incompatibilidad de la búsqueda del lucro privado con la pretensión de una universidad pública y científica. Ésta es la medicina de Bolonia.

¿A quién le importa?

16/10/10, 15:51

capilla_normArtículo 16.2 Constitución Española: «Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias».

Falta poco para la visita del Papa. Para que no se enfade, el Gobierno ha postergado el debate sobre la reforma de la ley de libertad religiosa. El mensaje que se traslada con este tipo de gestos es desolador: la religión condiciona la agenda política. Ahora que todos los analistas comienzan a hacer balance de lo que ha supuesto el zapaterismo, es necesario denunciar que este Gobierno, demonizado por sus supuestos ataques a la religión católica, no ha hecho nada para cumplir el mandato aconfesional de la Constitución Española.

Con frecuencia, quienes defienden la intervención del Estado en la religión aluden falazmente a la libertad religiosa. Así, la presencia de símbolos religiosos en los edificios públicos se justificaría por las creencias religiosas de muchos de los usuarios. Esta posición es interesadamente errónea. En verdad, la laicidad del Estado constituye un presupuesto necesario para el ejercicio del derecho fundamental a la libertad religiosa. Una de las facultades -no precisamente menor- de este derecho consiste en no declarar las creencias religiosas. Sin embargo, en el momento en que el Estado institucionaliza los actos y símbolos religiosos, los ciudadanos que no comparten esas creencias se ven compelidos a declararlo. Son los casos del ciudadano que «se casa por lo civil», del que «marca la casilla de las ONG», del que «promete» en vez de «jurar», del que «no coge la religión» para su hijo en el colegio, etc. Sin duda, se trata de posiciones que alguien ateo o agnóstico puede llegar a defender con orgullo, pero que, fuera del contexto de lucha por el derecho, suponen la vulneración del mismo derecho que se pretende ejercer. Ver para creer, en la Universidad de Salamanca se planea la elaboración de un censo de no católicos. La siguiente respuesta es real: «En relación con su solicitud de exclusión del listado de correos electrónicos que reciben información de las actividades de la Junta de Capilla de la Universidad de Salamanca, le comunico que se han dado las instrucciones pertinentes a los Servicios Informáticos, que están elaborando un sistema de listas para atender estas situaciones».

Caótico no neutral

19/09/10, 15:55

4ministros1En la Universidad de Salamanca, el Curso Académico de las universidades de Castilla y León se inaguró con una lección magistral, en su doble acepción de magisterio y maestría, impartida por el profesor Mínguez Fernández. Una lección inaugural muy oportuna, porque de forma implícita recordaba a todos los presentes la necesidad de aunar el rigor intelectual y la conciencia crítica como misión indefectible de la universidad. Además de explicar el riesgo de la manipulación de los procesos históricos, el conferenciante aludió a la marginación de las Humanidades que propicia el Proceso de Bolonia y su pretensión mercantilista. Probablemente, a la vista de los acontecimientos que han ido sucediéndose en torno a la crisis económica, hoy sería más fácil comprender que el Proceso de Bolonia es un producto más de los mercados, esos entes abstractos, despersonalizados, místicos pero paradójicamente cotidianos que nos gobiernan.

La adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior estuvo presente en los discursos de los restantes oradores en el citado acto de inauguración. El rector Hernández Ruipérez dijo que ya no era tiempo para el debate, que Bolonia es la realidad, dando por sentado que alguna vez existió tal debate. Y el presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, hizo referencia a los grupos reducidos de alumnos, provocando risas y murmullos de indignación en el profesorado.

Las bondades prometidas de Bolonia no han llegado, ni se esperan ya, por falta de voluntad política y financiación. Los males, derivados de la concepción mercantilista de la universidad, sí se dejan ver -por ejemplo, en los planes de estudios y másteres irracionales que ya se han aprobado-, aunque, afortunadamente, la resistencia al cambio de la organización universitaria evita, de momento, las consecuencias más nefastas que tendría una reforma profunda en el sentido planteado. Lo que sí es plenamente cierto es el caos organizativo que ha generado el proceso de reforma. Se pone de manifiesto, por un lado, en el ámbito de la Unión Europea, la insuficiencia del método abierto de coordinación para llevar a cabo procesos tan complejos como el de Bolonia. Por otro, la incapacidad del Gobierno de España para dirigir la reforma. No es de recibo que, en un mismo Gobierno, la política universitaria haya estado en manos de cuatro ministros distintos en tan sólo seis años. Aquí reside buena parte de la incoherencia de las decisiones adoptadas, los continuos cambios de rumbo y la grave inseguridad jurídica creada en el sector universitario. El desgobierno de la universidad no es sólo consecuencia de la injerencia del poder económico en la autonomía universitaria, aun siendo el factor más relevante, sino que también obedece al dislate administrativo en que se ha convertido la implementación del Espacio Europeo de Educación Superior.

¿Sobran universitarios?

25/07/10, 19:22

anna_samDice el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, que sobran estudiantes universitarios. Un diagnóstico que llega en plena implementación del Proceso de Bolonia, cuyos mejores críticos denuncian, entre otras cosas, precisamente la elitización de la universidad. Lograr una adecuación entre la formación libremente elegida y la posterior ocupación laboral parece un objetivo deseable. Primero, para garantizar el libre desarrollo de la personalidad. Segundo, para maximizar la eficiencia de los sistemas educativo y productivo.

Más allá de confrontar cifras y datos, que podría y debería hacerse, es necesario reflexionar sobre la conclusión del ministro. Porque la educación universitaria no sólo proporciona cualificación laboral. Y ello pese a que la última reforma universitaria pretende subordinar la educación superior a las necesidades de las empresas. Echo de menos, en nuestro tiempo, reflexiones y obras utópicas sobre la consecución de una sociedad ideal; pero sí estoy seguro de que en una sociedad verdaderamente libre y democrática los universitarios nunca sobrarían.

Recuerdo un libro de una cajera francesa (Tribulaciones de una cajera, Ediciones Ámbar) que, por cierto, logró un gran éxito de ventas y notable repercusión en la vida política de Francia. Anna Sam era licenciada en literatura y llevaba trabajando ocho años en una caja registradora de un supermercado. Comenzó a escribir en un blog sus vivencias detrás de la caja, y posteriormente publicaría un libro. No es, o al menos a mí no me lo pareció, el típico libro superfluo sobre anécdotas más o menos divertidas de determinadas profesiones (azafatas, enfermeras…). Tampoco era un relato brillante, pero sí una descripción aguda de alguien con formación universitaria y vocación literaria. A veces incluso con profundidad, como cuando describió el síndrome “Breve ataque de biiip” para aludir a la alienación que le producía su rutinario trabajo.

El caso de Anna Sam es, claro está, excepcional. Pero su ejemplo ilustra a la perfección las virtudes cívicas que trae consigo la formación universitaria. Si nuestro destino, el de los jóvenes, es formar parte del ejército de reservas, con uno u otro rango, mejor alistarse con estudios universitarios y ser conscientes de la frustración. Bienvenido sea el excedente de conciencia crítica.