José Antonio Merlo Vega
Profesor del Departamento de Biblioteconomía y Documentación de la Universidad de Salamanca
 

¿Por qué me duele que se cierre la sede de la Fundación en Salamanca?

Quedada lectora, cartelLa Fundación Germán Sánchez Ruipérez, “la Fundación” para los del oficio, ha anunciado que cierra su sede de Salamanca. Al conocer la noticia, preferí  ser prudente antes de manifestar mi opinión, porque no daba crédito, no podía ser posible. Pero sí, parece que existe la determinación de poner fin al trabajo de tantos años. La Fundación está en su derecho, es una entidad privada y como tal no tiene que dar cuentas de sus actividades, pero esta decisión me duele.

Me duele por los trabajadores, preparados, vocacionados, ejemplares, que no se merecen que se les trate como enseres que se mueven sin más. Hace unos meses derrumbaron los primeros cimientos, despidiendo a personas que pusieron a la Fundación en el lugar más alto. Ahora al resto les ofrecen la mudanza o el desempleo. Les pongo cara, les pongo vidas y no querría estar en su lugar, aunque esté con ellos.

Me duele por la profesión, que pierde un centro de referencia local, nacional e internacional, que hace honor a su nombre. Se llevan servicios consolidados para dar vida a un proyecto que se está dibujando en otra parte. Tiene suerte los vecinos, que tendrán los mejores fichajes. La profesión pierde proyectos ejemplares, una biblioteca infantil que lleva décadas destacando o unos servicios para adolescentes dignos de los manuales bibliotecarios. Todavía la semana pasada ponía como ejemplo la actividad juvenil de la Fundación ante un foro de bibliotecarios públicos de Estados Unidos. Podremos seguir usando sus servicios en línea, sí, igual que empleamos los de cualquier parte del mundo, pero la profesión dejará de tener a la Fundación como punto de encuentro, como lugar donde tanto se ha aprendido, reflexionado,  transmitido. La alta cultura vive de los pequeños lectores y precisamente los pequeños lectores –que crecieron como grandes lectores- ha sido la especialidad del centro de la Fundación en Salamanca.

Me duele por mi ciudad, Salamanca, que pierde un centro muy vinculado con los servicios culturales públicos. Hay cientos de testimonios de agradecimiento de la ciudad a la Fundación. Un simple recorrido por las cada día más limitadas hemerotecas locales bastaría para darse cuenta de que lo que se había conseguido, que los ciudadanos nos tomáramos a la Fundación como algo nuestro. Estábamos equivocados, parece ser. O no lo estábamos, pero el momento era otro; ahora son malos tiempos para la lírica y el amor al arte. Es grave que el centro de la ciudad de Salamanca se quede sin servicios bibliotecarios infantiles, porque, con una pequeña excepción, la oferta está en los barrios, gracias a los activos servicios bibliotecarios municipales. La Biblioteca de Salamanca nació sin sala infantil, algo contrario a la legislación. Siempre se empleó el argumento de que a escasos metros estaba la biblioteca infantil de la Fundación. El complemento perfecto. Ahora tendremos una ágil Biblioteca Pública en la que no hay ni puede haber sala infantil y a escasos metros un gran edificio lleno de fantasmas sonrientes, por la cantidad de gente a la que se ha hecho feliz en sus salas.

Me duele por la Fundación, que olvida sus orígenes e ignora que lo que es y lo que ha sido se debe a los centros de Salamanca y Peñaranda de Bracamonte, que podrían apabullar a cualquier auditor con los datos de sus proyectos, con las cifras de sus resultados y, lo esencial, con los cientos de personas que han vivido con la Fundación y pueden testimoniar lo que la Fundación ha supuesto para ellos. Prueba de vida, lo llaman.

Y me duele por mí, que pierdo un recuerdo. Allí di mis primeros pasos en el mundo de las bibliotecas. He aprendido con ellos, he trabajado con ellos. Suelo referirme al fundador como Don Germán, ya que para mí fue una de las pocas personas que han merecido el Don. La última vez que conversamos fue cuando la Universidad de Salamanca, mi Universidad, mi ciudad, le concedió el título de Doctor Honoris Causa. Expliqué a compañeros que yo había trabajado para Don Germán; él me corrigió diciendo que no trabajé para él, que había sido su colaborador. Como colaborador, como compañero, como profesional de las bibliotecas, como salmantino, pido a la Fundación que no desaparezca su herencia y a las instituciones culturales que acudan al rescate de estas infraestructuras y servicios, sin los cuales están dejando huérfanos a una ciudad.

José Antonio Merlo Vega
31 de mayo de 2013

Merlo

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