| Yeguas exhaustas, Bibiana Collado Cabrera, Pepitas de calabaza, 2023 |
| Eva Tabares Ordóñez |
Hija de padres migrantes andaluces, Bibiana Collado Cabrera (Borriana, Castelló de la Plana, 1985) es doctora en Literatura Hispanoamericana y profesora de Lengua y Literatura. Irrumpe en la narrativa con Yeguas exhaustas (Pepitas de calabaza, 2023), si bien es autora de Como si nunca antes (Pre-Textos, 2012), El recelo del agua (Rialp, 2016; accésit del Premio Adonáis), Certeza del colapso (Ediciones Complutense, 2017) y Violencia (La Bella Varsovia, 2020), todos reconocidos poemarios, todos atravesados por la otredad, la tensión de clases y la histórica opresión femenina.
Con una escritura activamente entonada desde la conciencia de clase y de las tiranías del género, Collado Cabrera indaga, sirviéndose de la ficción y del personaje de Beatriz, en su propia biografía para reflexionar en primera persona sobre toda una suerte de temas que abarcan desde el cuerpo hasta los abusos, pasando por las élites culturales, la relación maternofilial o la condición migrante.
La voz de Beatriz, la protagonista, no presenta un discurso ordenado y sistemático, sino una exposición, fresca y genuina, de distintos episodios con continuidad temática que funcionan a modo de collage. Los 10 capítulos que componen la obra se intercalan con digresiones metaficcionales que rompen el ensueño realidad-ficción. “¿Por qué no lo contamos todo?”, inquiere el personaje de Beatriz a la propia autora. Yeguas exhaustas transita por el ejercicio de nombrar, de poner palabras claras y explícitas a las violencias silenciosas ante las que nuestras madres tuvieron que callar. Es la palabra, la palabra liberada de miedo —o precisamente dicha con miedo, pero dicha—, la que colectiviza un sufrimiento que al fin se identifica no como problema individual, sino como fruto de unas dinámicas estructurales.
La conciencia de clase de la narradora se extiende también al ámbito literario. Si la escritura ha sido históricamente de las élites, Collado Cabrera muestra la pretensión de romper con esa ficción “tradicionalmente conservadora”. La palabra que denuncie ha de ser sencilla, directa; debe contar a través de la experiencia, de lo vivido, desasiéndose por un momento del discurso teórico para regresar a una suerte de oralidad dialógica, para construir un relato que llegue también a la mujer de dedos cansados de triar naranjas y limpiar casas ajenas, a todas aquellas que no sabrían deletrear Foucault.
La novela supone el reconocimiento de una herencia, un legado femenino y pobre que se edifica sobre la culpa y la vergüenza, sobre una otredad permanente allá donde vaya, pero que, sin embargo, bebe también de las canciones de Camela compartidas en un coche familiar, de las verbenas con amigas, de una colectividad compleja, pero, a su modo, amorosa. “¿A qué tenías miedo? ¿Qué te hicieron a ti, mamá?”, se cuestiona Beatriz. Se hereda una herida que es materialidad histórica; se transmite la violencia como una condena que acompaña a una estirpe. No obstante, también se lega la fuerza: es desde la potencia de la rabia, desde el abrazo a la historia colectiva, desde donde se escribe.
La obra presenta el deseo de identificarse, ya con orgullo, en una genealogía que puebla los márgenes y habita la precariedad, una larga tradición de mujeres que luchan por llegar a fin de mes, son acosadas por hombres en situaciones de poder o señaladas por su acento de migrante. Ese es el legado de saberse “yeguas siempre exhaustas al final de una carrera que no se acaba nunca”.
Yeguas exhaustas narra las vivencias de un yo para conseguir explicar un nosotras, para evidenciar lo que supone ser migrante —o hija de—, ser niña, ser madre, ser trabajadora. Incómoda y ligera, asequible y afilada, Bibiana Collado Cabrera construye una novela que, en su brevedad y sencillez, consigue, lejos de ostentosas pretensiones estéticas, una denuncia social que rastrea y manifiesta los atropellos de un sistema —económico, afectivo, cultural, universitario— que ataca impunemente y ante el que se decide no guardar más silencio.



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