Entre la animalidad y la magia, Michelle Corali Álvarez Barboza

| El Celo, Sabina Urraca, Alfaguara, 2024 |

| Michelle Corali Álvarez Barboza |

En 2014, Netflix le presentó a las masas un mundo habitado por animales antropomorfos: Bojack Horseman nos mostró caballos con depresión y alcoholismo y gatos adictos al trabajo navegando por la vida junto a humanos con problemas similares. Diez años después, Sabina Urraca, editora y escritora española, nos regala con El Celo una idea parecida y sin embargo refrescante: una visión teriomorfa de la vida en la que las líneas entre humano y animal se vuelven borrosas en cada personaje.

Y aunque sea esta una historia casi completamente acerca de humanos, desde que La Humana, nuestra protagonista, encuentra a una perra callejera llena de parásitos y decide llevarla consigo (quizá por la influencia del MDMA que había consumido) vemos cómo la animalidad y la humanidad van conformando un baile en el que, cada vez más pegado, se deja de identificar a quién pertenece cada miembro. Vemos hombres que son garrapatas, ciclistas monstruos en celo… y muchas perras.

Al lector no se le presenta demasiada información al principio mucho más allá de que la Humana ha vuelto a la ciudad recientemente tras haber tenido un intento fallido en la vida de campo con un novio que ya no está por ningún lado, pero cuya voz parece estar en todas partes. Vemos que no sabe muy bien por qué decidió dejar que la Perra la acompañara, se rehúsa a nombrarla, al igual que no se nombra a sí misma, y le cuesta un poco lidiar con todo lo que conlleva compartir el espacio con un animal. Y, aun así, la Humana ve en sí misma un poco de perra también. Está estresada por el celo desaforado, pero no puede dejar de identificarse con esta furia hormonal, pues “hace no tanto, ella cruzó calles con coches zumbando, llamada por la fragancia intoxicante de un amor.”

Y es precisamente el celo uno de los temas centrales de la obra. La Humana no solo fue maltratada como su Perra, sino que también se percibe a sí misma como una víctima del celo. Sabina Urraca nos presenta el deseo sexual como un superpoder, una fuerza, que cada quien cosecha pero que también puede ser usado en contra de su dueña, puede ser robado, despojado, vuelto nada, convertido en un arma que te apunta a la cabeza. No en balde la Humana rememora a Bernarda Alba: Esto tiene ser mujer, decía. ‘Malditas sean las mujeres’ respondía su hija Magdalena. La Humana había hecho de Magdalena en el grupo de teatro de la universidad, pero hasta conocer al Predicador no había sentido el grosor de los barrotes.

Lo que nos encontramos al leer El Celo es un relato sobre estos barrotes: sobre la violencia que deja la violencia. Es una especie de diario de recuperación del ser, vemos a la Humana luchando por retomar su voz, por recuperarse de un robo o quebramiento de su esencia. Para ello, rememora a su abuela, a su madre, se ve en ellas y reconoce una especie de maldición genealógica, de un miedo hereditario que ella, quizá sin ser consciente, decide romper de la mejor forma posible.

El estilo de la narración es crudo: entra como una tenia que se alimenta de incomodidad y va tomando fuerzas. Hay fluidos corporales, imágenes violentas y maldiciones, pero todas forman parte, para bien o para mal, de la experiencia femenina. La Humana recorre su experiencia junto a su perra, y más atrás, el lector va viendo como ambas van aprendiendo a ser felices, aunque quizá no de forma lineal.

Sin duda alguna El Celo es incómodo, pero esta obra de arte, pulida y diseñada cuidadosamente, logra mover algo en la fibra de su lector y encontrar un lugar permanente en el corazón de este. Sabina Urraca supo cómo contar la historia de una mujer violentada sin caer ni en la victimización ni en la culpabilización. Muchos dicen que esta novela no es para cualquiera, yo debo diferir: es un libro que todos deberían leer, como mínimo, una vez en la vida.

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