Quien más quien menos ha tenido huéspedes o compañeros extranjeros que se quejan amargamente de los horarios de actividades y comidas de España y abogan por que la nación descarriada vuelva al redil de las buenas costumbres. En este artículo veremos que no llevan razón. Además, responderemos desde un punto de vista racional qué horario, el de verano o el de invierno, es el que se debe mantener en el caso de que se dejen de producir los cambios de hora de primavera y otoño.
La rotación terrestre produce la alternancia de días y noches en un periodo de 24 horas. Sin embargo y debido a la traslación del planeta alrededor del sol y la inclinación de su eje de rotación, la duración de la noche y el día no es pareja. El fenómeno es extremo en la zona polar, donde medio año es noche eterna y en el otro medio, el sol sube y baja pero no llega nunca a ponerse en seis meses. En las latitudes en las que se encuentra España, en invierno, el sol se levanta perezosamente por el sureste y le lleva unas nueve horas esconderse por el suroeste. Mientras, en verano, amanece mucho más pronto y al sol le da tiempo a subir mucho más en el cielo, lucir implacable al mediodía y tardar quince horas en ocultarse por el noroeste. En latitudes cercanas al ecuador, el efecto se va amortiguando hasta hacer que en la práctica no existan diferencias apreciables en la duración del día y la noche a lo largo del año.
El momento en que el sol se encuentra a medio camino entre su salida y su puesta, situado lo más alto en el cielo que estará durante ese día, se denomina, como no podría ser de otro modo, mediodía. El grueso de países del mundo sitúa en ese justo momento las doce del mediodía, etiquetando las horas anteriores como AM (ante meridiem) y las posteriores, PM (post meridiem). Debe hacerse notar que, debido a irreguraridades en la órbita terrestre, a lo largo del año, el sol se retrasa o se adelanta y por noviembre, se adelanta cerca de un cuarto de hora, mientras que en febrero, sin duda perezoso por los fríos invernales del norte o sofocado por el calor del sur, llega otro cuarto de hora tarde a su cita del mediodía. Esto se conoce como ecuación de tiempo. En España, hasta el 31 de diciembre de 1900, se usaba este esquema racional que lleva a que una persona que trabaje en el campo haga una pausa a mitad del día, es decir, a las 12 del mediodía, para descansar y comer y, en el caso del verano, ponerse a resguardo de las horas donde se produce un calor más extremo. Con ligeras variaciones, y siendo una notable excepción Canarias, en España se adoptó una hora de referencia que, salvo variaciones inevitables debido a la extensión del territorio, cumplían con esa premisa. Pero en 1940, en plena ocupación nazi de Europa, el General Franco impuso la adopción del horario alemán (CET, Central European Time) en el territorio peninsular, de modo que ya no coincidían las 12 del mediodía con el momento en que el sol está más alto sobre el horizonte ni con la mitad del día. El papel lo aguanta todo, pero los usos y costumbres se adaptan. Y de este modo, podemos responder a la primera pregunta diciendo que no, los españoles no tenemos horarios extraños. Un turista inglés come a las dos en verano en España justo en el mismo momento que comería a las 12 en Inglaterra: cuando el sol está más alto sobre el horizonte, a la mitad del día. Y, a partir de ahí, el resto de nuestro horario se adapta. Si queremos responder a la segunda pregunta acerca de qué horario adoptar, el de invierno o el de verano si se cesa en cambiar la hora, debemos hacer alguna consideración adicional.
Para tratar de paliar el desfase entre las duraciones del día y de la noche, y con diferentes razones como el ahorro de energía, a principios del siglo XX, se propuso adelantar una hora los relojes en el periodo estival. Este sistema se impuso (uno quiere pensar que no por la fuerza) en prácticamente todo el globo, incluso en aquellas naciones donde, como se ha explicado, el cambio de hora carece de todo sentido. En la actualidad, la racionalidad se ha impuesto y en todo el hemisferio sur (salvo Chile, Nueva Zelanda y parte de Australia) y la práctica totalidad de estados del hemisferio norte (salvo EE.UU., partes de Canadá, Europa y Egipto) no se realiza ningún cambio horario a lo largo del año.
Al adelantar una hora en verano, se amortigua, al amanecer, el efecto de alargamiento y acortamiento de los días. Pero, y ahí está la clave, el elevado precio que se ha de pagar es que el desfase al atardecer se vuelve el doble. Por consiguiente, el cambio horario, tal cual está planteado supone el triunfo de las personas diurnas, de la España que madruga, sobre el resto, y a costa de la salud y del bienestar de los segundos. Tomemos el ejemplo de Salamanca, con el cambio estacional actual, que es aproximadamente extrapolable al resto de la península. El 14 de junio es el día que amanece más temprano, a las 6:49, frente al 3 de enero, día en que amanece más tarde, a las 8:47. Esto supone un desfase máximo entre el horario del amanecer de dos horas a lo largo del año. Sin embargo, fijémonos en el día que atardece más pronto (día que no por casualidad es el 8 de diciembre). Ese día atardece a las 17:55. El 27 de junio, por su parte, atardece en Salamanca a las 21:58. Son cuatro horas de desfase, el doble que en el caso del horario del amanecer.
Los abogados del cambio horario esgrimen razones múltiples como la necesidad de que la gente siempre pueda acudir al trabajo ya amanecido (y uno se pregunta cómo sobreviven en otros países donde esto simplemente no es posible) o razones más peregrinas como que eligiendo este horario amanece a la misma hora en Berlín que en Madrid en invierno. Todo esto oculta la verdadera razón expuesta anteriormente: aquellos que tienen una disposición natural a madrugar imponen su criterio sobre aquellos cuya disposición es a trabajar y estar activos al atardecer. Ambas poblaciones seguro que fueron imprescindibles para la supervivencia de la especie humana, pues alguien debía vigilar al grupo por la noche. Pero siempre los madrugadores han gozado de mejor fama. En la actualidad, ya pocos trabajan en el campo y los horarios escolares y laborales tratan de adaptarse en muchos casos a un horario matutino de actividad obligatoria con un descanso por la tarde. Según se va acercando los días de otoño, periodo en que el frío comienza a aparecer, los días se vuelven naturalmente más cortos y esto afecta psicológicamente a muchas personas. En estas circunstacias, se impone un cambio horario que agrava bruscamente la situación. Se pasa en apenas un mes, del 15 de octubre al 15 de noviembre, a contar con una hora y tres cuartos menos de tiempo para poder, por ejemplo, practicar deporte al aire libre. Justo cuando es más necesario.
Como consecuencia de todo lo dicho, es de justicia anular el cambio horario estacional y que ambas poblaciones humanas, alondras y búhos, lidien en igualdad con la variación anual natural del día y la noche. Pero, puestas así las cosas, ¿con qué horario debemos quedarnos?
La respuesta es sencilla. Cualquiera. Si queremos seguir comiendo sobre las dos de la tarde, se ha de mantener el horario de verano. Si preferimos la una del mediodía, el de invierno. Si optamos por un horario más europeo, la hora actual de invierno de Canarias o Portugal. Es un hecho natural, dada la latitud de España, que en cierto periodo del año y mientras no se cambie la jornada laboral o se haga una estacional, uno acuda a trabajar antes del amanecer y no ocurre nada grave por ello. Se elija el horario que se elija, los usos y costumbres se adaptarán. De hecho, incluso con el cambio de hora actual, existen horarios comerciales de invierno y verano sin mayor problema.



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