Al Bierzo en Bizi. Diario de un cicloturista aficionado.

9 de agosto de 2021. Etapa 1. Salamanca – Ricobayo. 96 Km.
Amanece en Salamanca mientras pongo rumbo al norte. Serán tres días para ver el mundo, un pequeño rincón del mundo, a fuego lento. El Camino (que además es de Santiago) entre el Cubo de la Tierra del Vino y Zamora es una sucesión de trampas, con arena, zanjas y otros obstáculos, divertidos para el cicloturista aficionado, pero también cansados. Creo que así está bien de todas formas. Los caminos son como tienen que ser.
Unos kilómetros más allá, encuentro la primera sorpresa: el “Brocal de las promesas” y los “Monolitos de las tres calzadas” un conjunto monumental -un poco friki la verdad- nuevo pero abandonado cerca del municipio de Entrala, en el punto donde confluyen tres rutas hacia Santiago: Mirandesa, Dalmacia y de la Plata.
La entrada en Zamora por su lugar natural es un espectáculo que desgraciadamente nos perdemos quienes venimos habitualmente por carretera: el trazado de las nuevas autovías impide ver la ciudad amurallada, su catedral y al pie el Duero, tranquilo y generoso a estas alturas. Una maravilla.
Saliendo de la muy noble y leal, me encuentro con un par de cicloturistas belgas con los que entablo conversación. Vienen de hacer diez mil kilometros por Europa, de Bruselas al Báltico, luego Estambul, Viena, Granada, Oporto… De repente mi aventura se convierte en una nimiedad. Decido seguir adelante.
Apenas a media hora de mi destino debo afrontar el único kilómetro de carretera nacional que pisaré en todo el recorrido. Entro con paso firme, hay mucho tráfico pesado, habrá que hacerlo ligero… y ocurre el pinchazo. Caminar medio kilómetro entre camiones que van y vienen a toda velocidad es una experiencia aterradora. Anoto redoblar esfuerzos para trazar mejores rutas, y evitar, siquiera un kilómetro, estos peligros.
El miedo y las reparaciones me dejan exhausto a 3 kilómetros de mi destino. Encuentro una terraza con buena sombra, césped y lo que parecen neveras llenas de bebidas frías. Descanso. Entablo conversación con el paisanaje, alguno resulta ser casi de mi pueblo. El mundo es muy pequeño, o quizá es que me he movido poco, aunque haya costado mucho.

10 de agosto de 2021. Etapa 2. Ricobayo – Castrocontrigo. 110 Km.
Amanece y justo antes de salir, un paisano quiere ser amable conmigo. Me regala una botella de vino, fresquita dice, para el viaje. ¿Qué hace el cicloturista aficionado cuando alguien, de corazón, le hace un regalo? Lo primero, pienso en rechazarlo, porque pagaré el precio del peso extra. Después, comprendo que no debo hacerlo. Me acompañará el resto del viaje. Encontraré el momento para compartirla como se merece.
Voy dejando atrás un paisaje lunar, con molinos de viento a media asta, y cauces de antiguos valles, ahora secos por un pantano vacío. Pienso en la sequía, el cambio climático, y la especulación energética. Desde la altura del sillín de mi bici, y al paso de un cicloturista, no entiendo estas majaderías por un puñado de euros. Lo pagaremos caro, mucho más caro que el recibo de la luz.
Entro en la Sierra de la Culebra con buen ánimo. Es curioso el relieve de estos parajes. Si se explica el de las rías gallegas por la huella de los dedos del hacedor, este es literalmente un arañazo de la misma mano, de este a oeste, que en ruta de sur a norte se convierte en una sucesión de toboganes emocionantes. Muy divertido en carreteras secundarias por las que viajo, y que por aquí son muchas y muy tranquilas. Un regalo.
Así vamos llegando al río Tera, siempre generoso en zonas de baño donde la gente disfruta de manera sencilla. Me llama la atención cada una de ellas, pero no me detengo. Desde aquí y hasta bien entrado el día de mañana, la ruta será una incesante subida. Toca meta y descanso.

11 de agosto de 2021. Etapa 3. Castrocontrigo – Ponferrada. 79 Km.
Amanece al pie de las montañas que dan al Bierzo su personalidad. A esta comarca sólo se llega subiendo, y subiendo se sale de ella. Ideal para el cicloturista aficionado. Al desnivel acumulado hasta llegar a este punto, hay que sumar otros más de mil metros en esta última jornada. Se harán.
La subida es tendida, y permite disfrutar el panorama. Parece mentira que unos pocos kilómetros más abajo la sequía domine el paisaje. Cruzo valles, cascadas, prados verdes que por más que uno espera encontrar, nunca dejan de sorprenderle. Y por fin, el puerto. El remate final, la guinda del pastel.
El paso de “Los Portillinos” (1957 msm) es una pequeña tortura, en su tramo central. Nunca he pasado un puerto tan constante en sus rampas, sin dar un descanso. Menos mal que llegan a mi rescate las armas más eficaces: primero, la gente, que pasa y anima, se paran, te ofrecen ayuda y aliento. Imprescindibles. Segundo, el viento, inesperado porque durante todo el viaje me ha dado de cara, pero justo cuando más falta hace, aparece a favor. Gracias. Tercero, la paciencia. Para un cicloturista aficionado -con las alforjas llenas y las piernas vacías- olvidar la prisa, la hora, y sobre todo no pensar en lo que queda, es un arma casi infalible. Aún así, la subida se hace dura…
Deseamos lo que no tenemos. Después de horas esperando que llegue el momento de no tener que ganar cada metro a golpe de riñón, llega el descenso. Es cierto que no requiere dar pedales, se agradece, pero requiere a cambio toda la atención, y la tensión de la velocidad, que se acumula en las manos. En los pocos ratos que la bajada me lo permite, pienso que el cicloturismo aficionado es una sucesión de cansancios. Buscados, bien hallados, pero cansancios al fin y al cabo. Descanso.

Fotografía del cicloturista aficionado en el alto de Los Portinillos (1957msm), al fondo molinos de viento y El Cierzo

 Salamanca – Ponferrada. 9 al 11 de agosto de 2021.

About ahueteg

Sociólogo, dedicado a la docencia e investigación sobre sociología, educación, salud, discapacidad y otros asuntos en relación con la exclusión social. Trabajo en la Universidad de Salamanca. Me puedes encontrar en Twitter, Facebook, Linkedin y otras redes sociales.

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