En la Universidad de Salamanca, el Curso Académico de las universidades de Castilla y León se inaguró con una lección magistral, en su doble acepción de magisterio y maestría, impartida por el profesor Mínguez Fernández. Una lección inaugural muy oportuna, porque de forma implícita recordaba a todos los presentes la necesidad de aunar el rigor intelectual y la conciencia crítica como misión indefectible de la universidad. Además de explicar el riesgo de la manipulación de los procesos históricos, el conferenciante aludió a la marginación de las Humanidades que propicia el Proceso de Bolonia y su pretensión mercantilista. Probablemente, a la vista de los acontecimientos que han ido sucediéndose en torno a la crisis económica, hoy sería más fácil comprender que el Proceso de Bolonia es un producto más de los mercados, esos entes abstractos, despersonalizados, místicos pero paradójicamente cotidianos que nos gobiernan.
La adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior estuvo presente en los discursos de los restantes oradores en el citado acto de inauguración. El rector Hernández Ruipérez dijo que ya no era tiempo para el debate, que Bolonia es la realidad, dando por sentado que alguna vez existió tal debate. Y el presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, hizo referencia a los grupos reducidos de alumnos, provocando risas y murmullos de indignación en el profesorado.
Las bondades prometidas de Bolonia no han llegado, ni se esperan ya, por falta de voluntad política y financiación. Los males, derivados de la concepción mercantilista de la universidad, sí se dejan ver -por ejemplo, en los planes de estudios y másteres irracionales que ya se han aprobado-, aunque, afortunadamente, la resistencia al cambio de la organización universitaria evita, de momento, las consecuencias más nefastas que tendría una reforma profunda en el sentido planteado. Lo que sí es plenamente cierto es el caos organizativo que ha generado el proceso de reforma. Se pone de manifiesto, por un lado, en el ámbito de la Unión Europea, la insuficiencia del método abierto de coordinación para llevar a cabo procesos tan complejos como el de Bolonia. Por otro, la incapacidad del Gobierno de España para dirigir la reforma. No es de recibo que, en un mismo Gobierno, la política universitaria haya estado en manos de cuatro ministros distintos en tan sólo seis años. Aquí reside buena parte de la incoherencia de las decisiones adoptadas, los continuos cambios de rumbo y la grave inseguridad jurídica creada en el sector universitario. El desgobierno de la universidad no es sólo consecuencia de la injerencia del poder económico en la autonomía universitaria, aun siendo el factor más relevante, sino que también obedece al dislate administrativo en que se ha convertido la implementación del Espacio Europeo de Educación Superior.
Recuerdo hace un par de años que, en los días previos a las elecciones generales, bromeaba entre socialistas con mi deseo de que el Partido Popular ganara las elecciones. Aducía, claro está, que ello era lo mejor que le podía pasar al Partido Socialista. En esos días previos, a pesar del párpado infectado de Solbes, todos pudimos ver lo que después vino.
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