Caótico no neutral

19/09/10, 15:55

4ministros1En la Universidad de Salamanca, el Curso Académico de las universidades de Castilla y León se inaguró con una lección magistral, en su doble acepción de magisterio y maestría, impartida por el profesor Mínguez Fernández. Una lección inaugural muy oportuna, porque de forma implícita recordaba a todos los presentes la necesidad de aunar el rigor intelectual y la conciencia crítica como misión indefectible de la universidad. Además de explicar el riesgo de la manipulación de los procesos históricos, el conferenciante aludió a la marginación de las Humanidades que propicia el Proceso de Bolonia y su pretensión mercantilista. Probablemente, a la vista de los acontecimientos que han ido sucediéndose en torno a la crisis económica, hoy sería más fácil comprender que el Proceso de Bolonia es un producto más de los mercados, esos entes abstractos, despersonalizados, místicos pero paradójicamente cotidianos que nos gobiernan.

La adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior estuvo presente en los discursos de los restantes oradores en el citado acto de inauguración. El rector Hernández Ruipérez dijo que ya no era tiempo para el debate, que Bolonia es la realidad, dando por sentado que alguna vez existió tal debate. Y el presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, hizo referencia a los grupos reducidos de alumnos, provocando risas y murmullos de indignación en el profesorado.

Las bondades prometidas de Bolonia no han llegado, ni se esperan ya, por falta de voluntad política y financiación. Los males, derivados de la concepción mercantilista de la universidad, sí se dejan ver -por ejemplo, en los planes de estudios y másteres irracionales que ya se han aprobado-, aunque, afortunadamente, la resistencia al cambio de la organización universitaria evita, de momento, las consecuencias más nefastas que tendría una reforma profunda en el sentido planteado. Lo que sí es plenamente cierto es el caos organizativo que ha generado el proceso de reforma. Se pone de manifiesto, por un lado, en el ámbito de la Unión Europea, la insuficiencia del método abierto de coordinación para llevar a cabo procesos tan complejos como el de Bolonia. Por otro, la incapacidad del Gobierno de España para dirigir la reforma. No es de recibo que, en un mismo Gobierno, la política universitaria haya estado en manos de cuatro ministros distintos en tan sólo seis años. Aquí reside buena parte de la incoherencia de las decisiones adoptadas, los continuos cambios de rumbo y la grave inseguridad jurídica creada en el sector universitario. El desgobierno de la universidad no es sólo consecuencia de la injerencia del poder económico en la autonomía universitaria, aun siendo el factor más relevante, sino que también obedece al dislate administrativo en que se ha convertido la implementación del Espacio Europeo de Educación Superior.

Gobernar, ¿para qué?

11/09/10, 11:52

indice-nRecuerdo hace un par de años que, en los días previos a las elecciones generales, bromeaba entre socialistas con mi deseo de que el Partido Popular ganara las elecciones. Aducía, claro está, que ello era lo mejor que le podía pasar al Partido Socialista. En esos días previos, a pesar del párpado infectado de Solbes, todos pudimos ver lo que después vino.

En el laberinto de la crisis económica, el Gobierno buscó en vano la salida social: el minotauro del mercado estaba hambriento. El poder económico no iba a permitir un nuevo contrato del bienestar, porque tras la caída del Muro de Berlín había desaparecido cualquier ápice de igualdad entre las partes. El trabajo tendría que adherirse a las condiciones generales abusivas que unilateralmente fijaba el capital.

El Gobierno socialista cedió al chantaje, y puede que lo hiciera como un ejercicio de responsabilidad. Los recortes sociales y la regresión en los derechos de los trabajadores eran el precio a pagar para seguir gobernando so pena de provocar un descalabro mayor de la situación económica. Aunque parezca insólito, la dimisión era la única respuesta honesta ante las fuertes presiones de lobbies de especuladores, gobiernos e instituciones internacionales, tal y como reflejó recientemente un excelente artículo de Almudena Grandes. Pero, lejos de asumir su debilidad, Zapatero prefirió hacer suyo el discurso que le habían impuesto: el tijeretazo se hacía en beneficio de la ciudadanía. En definitiva, la socialdemocracia se inmolaba y el PSOE se encomendaba al doblepensar. Desde un punto de vista simbólico, era palpable que la izquierda -la izquierda con opciones de gobernar- había renunciado a transformar la sociedad, siquiera a representarla.

«Pasé la noche esperando al índice Nikkei», contestaba Zapatero a El País. Que esta frase pase desapercibida, que semejante confesión carezca de repercusión alguna, es la mejor prueba de la normalidad y resignación con que se ha aceptado el golpismo económico. «Vivimos en una dictadura», afirmó recientemente Iñaki Gabilondo. El diagnóstico no es nuevo, pero sí su creciente arraigo.

Cierto es que la socialdemocracia llevaba años coqueteando con el neoliberalismo. El margen de maniobra de las políticas económicas de izquierdas es mayor. Pero no en pocas ocasiones, a lo largo de los últimos dos siglos, la izquierda con respaldo electoral se ha visto compelida a materializar postulados derechistas. La democracia tiene unos límites, y en este mismo contexto deben interpretarse los golpes, en este caso bajo la apariencia político-militar, contra la Segunda República española, la Chile de Allende o más recientemente el caso hondureño.

Que a nadie extrañe que la Huelga General del 29 de septiembre no suela relacionarse con Zapatero. Sin eximir su responsabilidad, lo que está en juego trasciende a la figura de un presidente. El conflicto capital-trabajo es hoy el conflicto capitalismo-democracia.