La celebración de elecciones primarias en el PSOE madrileño es saludable en tanto que contribuye a democratizar el Partido. Sin embargo, también pone de manifiesto la peor acepción de la política. ¿En qué difieren los programas políticos de ambos candidatos? En nada. No se contraponen aquí dos visiones distintas del socialismo ni dos estrategias políticas para ganar la Comunidad de Madrid. Se trata de una lucha del poder por el poder, un conflicto entre dos hordas que pertenecen a una misma casta. En cualquier caso, en esta batalla, como en casi todas, hay una parte débil. Y ese papel lo representa Tomás Gómez. Parece poco ético filtrar una encuesta a un medio afín para favorecer a la candidata oficialista del aparato estatal del Partido. Intentan presentar a Gómez como un candidato derrotado de antemano, ignorando su palmarés de inmaculadas victorias y que Trinidad Jiménez ya conoce la derrota en el Ayuntamiento de Madrid. Utilizan el agujero de la memoria para olvidar que Gómez representaba la renovación y el impulso necesario para ganar Madrid, como creía y había pronosticado Zapatero, quien le aupó no demasiado tiempo atrás. En este proceso de manipulación, los medios de comunicación también cuentan a la hora de presentar la contienda, como bien recordará Josep Borrell. ¿Es creíble que una simple encuesta pueda servir para desterrar a un líder emergente como Gómez? Entre otros recelos, quizá Zapatero, cuestionado en plena crisis, no quiere a un compañero que, de ganar la Comunidad de Madrid, se postularía como un sucesor que podría eclipsarle. Prefiere por ello utilizar un comodín que asume su rango de gregaria de la Nueva Vía, aunque también tenga cualidades para la política del marketing. El Maquiavelo de León es un experto a la hora de eliminar la competencia. El socialista de base debería estar alerta ante tanta manipulación y, en todo caso, exigir un debate ideológico y programático en lugar de una lucha cainita por el poder. Los ciudadanos lo agradecerían.
Primarias sí, primarios también
17/08/10, 12:28Lo trágico y lo cómico
15/08/10, 12:14
Hace un par de años hubo quien predijo el fin del capitalismo o, al menos, de una de sus versiones más radicales. Numerosos analistas de izquierdas se felicitaban por la inminente refundación del capitalismo. Sin embargo, el tiempo les ha quitado la razón. La reacción de los poderes económicos a través de sus instituciones supranacionales y los grandes medios de comunicación ha revitalizado las políticas económicas de derechas: regresividad fiscal, reducción del gasto público, recortes sociales y precarización de las condiciones de trabajo. ¿Había motivos para predecir lo contrario? Parece que no. La desigualdad de fuerzas entre el capital y el trabajo permite paliar cualquier síntoma de fracaso del sistema. Y la izquierda, ¿qué hace? De entrada, se empeña en combatir en vano el neoliberalismo. A mi juicio, no se ha comprendido la lección práctica más importante de estos últimos años, predicha siglos atrás. La derecha, los mercados, los neoliberales, los neoconservadores, o como se quiera llamar a ese conjunto de actores que detentan el poder real, no es fiel a la ideología neoliberal, por más que esa ideología pretenda ser el reflejo de unos determinados intereses económicos. Podemos perder el tiempo criticando la desregulación de la economía mientras se nacionalizan, literalmente, las millonarias pérdidas de esos agentes privados.
En España, además, la izquierda es incapaz de articular un plan de acción sólido ante la reacción de los poderosos. Sorprende la escasez de crítica en el seno del PSOE ante los bandazos del Gobierno socialista, al margen de tímidas discrepancias protagonizadas por la corriente de opinión interna Izquierda Socialista. En Izquierda Unida llevan meses inmersos en un proceso de refundación, tan improbable o más que la del capitalismo, que de momento no ha conseguido el impulso necesario. Por otra parte, los sindicatos han actuado tarde y mal, postergando una huelga general de vital importancia. Mientras tanto, se está gestando un nuevo partido verde de ámbito estatal tras la alianza de Joan Herrera y el ex Greenpeace Uralde, precisamente en un momento histórico en el que la contradicción o el clivaje de la cuestión social acapara todas las atenciones. En la llamada izquierda radical, la irrupción de Izquierda Anticapitalista, que traía un soplo de aire fresco, se ha ido desvaneciendo con los decepcionantes resultados de las elecciones europeas, y más bien puede percibirse como una escisión innecesaria de una formación, Izquierda Unida, que ahora pretende aunar alianzas. Así las cosas, las propuestas más consistentes de la izquierda no proceden de un partido político, sino de Attac. Por lo demás, han surgido algunas iniciativas coyunturales contra la crisis que, amén de su invisibilidad e ineficacia, yerran al identificar el objetivo, pues la crisis es sistémica, es decir, la crisis es el sistema. El actual escenario exige mejores -no necesariamente más- actores, y también algunos guionistas, capaces de atraer al público y, sobre todo, evitar la tragedia.
Pequeño salto mortal
8/08/10, 3:22
Recuerdo un artículo de Manuel Alcántara, El destino de los Elefantes, publicado en el diario El País -un artículo, por cierto, que fue criticado con dureza por el también Catedrático Bartolomé Clavero-. En el artículo, el profesor Alcántara constata la escasez de estudios sobre el destino de los políticos una vez abandonan sus cargos electos, y, posteriormente, acaba reprochando la tendencia a la reelección indefinida de los políticos en el subcontinente americano. Desconozco si alguien ha recogido el guante y ha llevado a cabo esas labores de investigación, sin duda oportunas desde un punto de vista académico y necesarias en una sociedad democrática.
Sin pretensión alguna de acometer dicho estudio, creo necesario realizar algunas reflexiones en estos breves y humildes párrafos. En primer lugar, la polémica cuestión de la reelección indefinida no debe situarse en el mismo plano que el posterior desempeño de determinadas actividades privadas por parte del alto cargo. La primera cuestión constituye una opción institucional, con sus pros y sus contras, pero con trascendencia, sobre todo, en el ámbito de la rendición de cuentas y, por tanto, de la calidad de la democracia. El político que no se presenta a las siguientes elecciones puede ser tan o más problemático que el gobernante que se acomoda legislatura tras legislatura en el poder, pues el electorado no tiene la posibilidad de controlar su gestión.
Sin embargo, la cuestión del político que recala en el sector privado se inserta, a mi juicio, en el plano de la ética pública, los conflictos de intereses y la corrupción política. En España, siendo el legislador consciente del problema, la Ley 5/2006, de 10 de abril, de regulación de los conflictos de intereses de los miembros del Gobierno y de los Altos Cargos de la Administración General del Estado, establece algunas limitaciones al ejercicio de actividades privadas con posterioridad al cese de los altos cargos. Estas disposiciones son insuficientes de por sí (por ejemplo, su alcance se limita a los dos años inmediatamente posteriores al cese, y su ámbito de aplicación se reduce a la Administración General del Estado), pero uno duda incluso de su cumplimiento. Hace unas semanas, los medios de comunicación informaban de que Bernat Soria había recibido el encargo de realizar un informe sobre el sector farmacéutico, financiado por Abbott; pero, al parecer, ningún medio se preocupó de saber si el Ministerio de Sanidad, entonces con Soria al frente, había adjudicado contratos a esa misma empresa. Se incumpliría así el artículo 8 de la ley de conflictos de intereses, sin que quien escribe tenga constancia de consecuencia jurídica o política alguna.
La lista es interminable. Sin utilizar ningún buscador, es fácil recordar los casos más o menos recientes de Zaplana, Rodrigo Rato, Jaume Matas, Jordi Sevilla, José María Aznar y otros muchos representantes, también fuera de nuestras fronteras e incluso en nuestro cercano ámbito universitario, que dieron el salto de la política a las grandes empresas y otras entidades privadas. Aumentar el control de las incompatibilidades posteriores al cese de los políticos es imprescindible para mitigar la preponderancia de los poderes económicos, prevenir la corrupción política y, no menos importante, transparentar la cosa pública. No sería bueno acostumbrarse a la percepción ciudadana de que en política “se está para forrarse”, frase erróneamente atribuida a Zaplana, pero que, con el paso de los años, él mismo se encargó de ejecutar.
Cuestión de tiempo
3/08/10, 14:14
Después de todo lo que se ha dicho y escrito tras la prohibición de las corridas de toros en Catalunya, es difícil aportar algo nuevo. Me limitaré a diseccionar algunos argumentos. En primer lugar, es de justicia enfatizar el ejemplar procedimiento llevado a cabo. Una iniciativa legislativa popular, un largo debate público -social, político e incluso científico- y una votación sin disciplinas de partido en las dos fuerzas políticas principales. Todo un ejercicio de democracia participativa y deliberativa que resiste a la tergiversada calificación de autoritarismo.
Pero la virtud democrática de esta reforma legislativa no se agota en el aspecto procedimental. Si asumimos un concepto material de democracia, que complemente la regla de la mayoría con la protección de los derechos, la supresión de las corridas de toros también democratiza la sociedad en tanto que supone avanzar en el irreversible camino hacia la defensa de los derechos de los animales. Los taurinos han adoptado un discurso ciertamente libertario, tan hipócrita como simplista, que conecta cualquier prohibición con la pérdida de libertades, ignorando que cualquier derecho implica correlativas obligaciones de abstención, es decir, prohibiciones. Y aquí operan derechos de los animales, y también de las personas, pues “el respeto de los Animales por el hombre está ligado al respeto de los hombres entre ellos mismos”, como reza el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos de los Animales.
Servida la derrota en el plano ético, debido a su incapacidad para defender que la diversión o el espectáculo con animales justifica la tortura, los taurinos se han empeñado en rebatir motivaciones ocultas. Que entre los defensores de la abolición de las corridas se hallan también quienes sólo aborrecen el carácter españolista de “la fiesta” parece evidente, pero ello más bien debería provocar una reflexión en los aficionados taurinos, pioneros al nacionalizar la causa por atribuir el carácter de fiesta “nacional” a semejante espectáculo. Reflexión también en Cataluña para poner fin a los correbous, festejo menos sangriento, por lo que la excepción no resta legitimidad a la prohibición de las corridas, pero cuyo futuro debe ser la desaparición.
Ya se escuchan voces, llenas de mala fe, que reclaman la interposición de un recurso de inconstitucionalidad. Sobre todo en el Partido Popular, donde parece se acaban de enterar de sus actos propios, es decir, de que ellos mismos promovieron la supresión de las corridas en Canarias.
Finalmente, más de un partido político progresista no ha estado a la altura de las circunstancias. El “no me gusta pero no prohíbo”, una versión actualizada del “lamento pero no condeno”, no se corresponde con el discurso modernizador y transformador que debiera tener la izquierda. Denota, ante todo, falta de valentía por priorizar el cálculo del coste electoral a la coherencia en el discurso. Coraje, por cierto, que sí demostró hace unos meses el Rector de la Universidad de Salamanca para impedir que se celebrara un curso taurino ajeno a lo académico. El camino iniciado sólo admite adhesiones. La conquista de derechos es cuestión de tiempo, y de tiempos.
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