Se acabó el Mundial. No deja de sorprenderme la facilidad con la que las competiciones deportivas de larga duración desaparecen a su término de la programación de los medios de comunicación. Experimenté esa misma sensación el día en que finalizó la Liga. Pensé: 38 jornadas, retransmisiones en directo de casi todos los partidos, actualidad de los equipos sobre la preparación de los encuentros, etc. ¿Es lógico que el resultado final del campeonato únicamente permaneciera en los medios informativos un solo día? Algo parecido ha ocurrido con el Mundial. Cientos de enviados especiales y corresponsales han cubierto el evento, programación diaria de información, innumerables retransmisiones en directo… Semejante borrachera de actualidad sólo ha generado un día de resaca. Los acontecimientos duraderos casan mal con el dictado de los mass media. La trascendencia histórica implica reflexión sobre el paso del tiempo, y acaba por ceder ante la fuerza de la inmediatez.
No es éste un lugar para el análisis puramente futbolístico, para el que cabe remitirse al excelente resumen que nos ha regalado el escritor uruguayo Eduardo Galeano. Poco hay que añadir. Acostumbrados a vivir en una sociedad en la que el fin del éxito justifica cualquier medio, la victoria del colectivo más romántico es, efectivamente, un hecho insólito: cada triunfo de España se gestó con veinte jugadas de amor y un remate desesperado.
Quizá la vertiente romántica del juego de la selección española -a la que llaman Roja pero cuyo pantalón azul y segunda vestimenta evocan el uniforme de ese color que impuso la dictadura franquista al equipo nacional- encandiló a buena parte de la clase política conservadora y la derecha social, que abrazaron el nacionalismo sin complejos (¡maldita falta de complejos!). Muchos dicen que incluso las gentes de izquierdas se reconciliaron con la bandera rojigualda, y algo de verdad hay en ello. Sin embargo, otros políticos y comentaristas oportunistas y peor intencionados, los mismos que han criticado a Joan Laporta hasta la saciedad, han pretendido confrontar el éxito de la selección con la manifestación multitudinaria en Cataluña, que más allá de las cifras se debía a motivos políticos, conviene recordarlo.
Desde el otro lado del hemiciclo, una de cal y otra de arena. Digna de encomio ha sido la ausencia del presidente Zapatero en la final, que no ha querido herir sensibilidades en un momento económico en el que también el protocolo sonroja. Sin embargo, su reacción y la de otros responsables políticos a la hora de comparar el éxito del fútbol español con la realidad de la juventud española es irritante. Los jóvenes españoles son tan brillantes en sus especialidades como los Iniesta, Xavi o Villa. Pero hay una diferencia sutil: frente a las primas y contratos millonarios de los campeones del mundo, los jóvenes anónimos nos identificamos más fácilmente con el paro, la precariedad laboral, las prácticas sin remuneración o el inacceso a la vivienda. Peor aún fue escuchar el intercambio dialéctico entre Blanco y Sáenz de Santamaría sobre las vuvuzelas y el Jabulani, que no pone de manifiesto sino la necesidad de una profunda reforma educativa.
Mención aparte merece el protagonismo de un pulpo. Lo que podría ser una anécdota singular y graciosa se ha convertido en una injuria a la inteligencia. Varios miembros del Gobierno han comentado sus predicciones y la televisión pública ha retransmitido la escena en directo. Inaudito.
El Mundial ha demostrado que sobran intermediarios entre los futbolistas y los espectadores. Aquellos que disfrutamos con la pasión, la sistemática y la estética de este deporte, por encima de colores y naciones, bien podemos prescindir del patriotismo hortera, de muchos políticos, de toda exaltación y, también, de quienes reniegan del fútbol porque, dicen, embrutece. Sí, de vez en cuando es sano visitar ese Reino Mágico del que nos habla Galeano. El Reino del fútbol de las combinaciones imposibles, los regates más sutiles, los goles imprevisibles. El fútbol romántico y puro, sin intermediarios.
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