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My generation: La edad importa

La edad tiene un impacto profundo en las experiencias que tenemos en el mercado de trabajo. No es lo mismo ser despedido a los 25 que a los 55. Encadenar multitud de contratos temporales precisamente entre los 25 y los 40 puede poner en peligro sucesos cruciales en la vida de una persona. El calendario de determinados eventos (emparejamiento, formación de un nuevo hogar, tener hijos, etc.)  habitualmente está muy concentrado en tiempos bastante cortos en comparación no sólo con toda la vida sino también con toda la vida laboral.

Incluso cambiar el orden de ciertos eventos puede marcar de forma drástica la experiencia vital: entrar en el mercado de trabajo con un puesto indefinido, casarse, tener un hijo y después terminar los estudios universitarios no es algo demasiado común. Más bien, la cadencia habitual es salir definitivamente del sistema reglado de estudios (por ejemplo, con estudios universitarios), entrar en un puesto de trabajo, estabilizarse laboralmente (lo cual suele ser interpretado como tener un contrato indefinido), emparejarse y tener hijos. Si uno adopta el primer tipo de carrera vital y laboral no tendrá –en media– unas edades muy diferentes de los demás cuando se mida a qué edad se obtiene un contrato indefinido o cuándo se produjo el nacimiento del primer hijo. Pero la gran diferencia es que se adopta una trayectoria vital y laboral distinta de las personas que tienen la misma edad que uno. La historia individual se diferenciará de la historia general a la generación a la que se pertenece. Y aquí es a donde quería llegar. La edad es relevante en el mercado de trabajo en dos sentidos: en términos de la edad individual (los años que hace que se nació y, por tanto, la fase del ciclo vital en que la persona se encuentra) y en términos de la generación a la que uno pertenece (todas esas personas con aproximadamente la misma edad que se ven afectadas por eventos históricos semejantes prácticamente al mismo tiempo).

El análisis generacional del mercado de trabajo sin ser algo muy común, tampoco puede decirse que sea una rareza a nivel internacional. En España, a mi juicio el investigador que mejor ha sabido usar esta perspectiva es Luis Garrido, Catedrático de Sociología de la UNED. Un ejemplo sería este trabajo suyo sobre la demografía ocupacional de la ocupación.

Siguiendo la estela de este tipo de trabajos de Garrido (a mí el que más me marcó fue su libro Las dos biografías de la mujer en España), me planteé hace tiempo analizar los contratos temporales con una perspectiva generacional. El trabajo en el que creo que mejor he plasmado esta línea de investigación es en el siguiente artículo con Begoña Cueto, de la Universidad de Oviedo:

Malo, M.A. and Cueto, B. (2013), “Temporary Contracts across Generations: Long-term effects of a labour market reform at the margin”, Cuadernos de Economía, 36, 84-99. (Enlace al artículo).

En este artículo, analizamos la incidencia del empleo temporal en España través del tiempo para diferentes generaciones (definidas en términos de quinquenios de nacimiento) y el impacto de largo plazo de la reforma laboral de 1984 que facilitó la utilización de los contratos temporales en España. Esa reforma fue “en el margen”, es decir, sólo se aplica potencialmente a quienes entran en el mercado de trabajo con posterioridad al cambio legal. Así pues, no afecta por igual a las generaciones que en el momento del cambio legal tuvieran muy avanzada su integración y estabilización laboral que a las generaciones que se incorporaron después de ponerse en marcha esa reforma. Por tanto, la reforma es una especie de “discontinuidad” entre generaciones y, presumiblemente, podría crear diferencias sensibles en la tasa de temporalidad media que las personas de diferentes generaciones experimentan a lo largo de su carrera laboral.

Para el análisis empírico tomamos los microdatos de la Encuesta de Población Activa y analizamos la evolución de las diferentes generaciones desde 1987 hasta 2012. Por supuesto, no se entrevista a las mismas personas durante un periodo tan largo. Ahora bien, como la encuesta es representativa de la población quienes tienen, por ejemplo, entre 25 y 29 años en el año 2000 son “estadísticamente” los mismos que quienes tienen entre 26 y 30 años en 2001. Aplicando esta idea a todos los microdatos (y siempre respetando los límites de representatividad de la muestra) se puede reconstruir la evolución del empleo temporal de las diferentes generaciones a lo largo de su vida. El análisis se hace para varones y mujeres, con tres niveles de estudios (obligatorios, medios y universitarios).

El análisis descriptivo muestra que las mujeres (sea cual sea su generación) suelen tener mayores tasas de temporalidad a lo largo de sus vidas laborales. Por nivel de estudios, quienes tienen como mucho el nivel obligatorio, la tasa de temporalidad se incrementó rápidamente tras la implementación de la reforma tanto para los que ya estaban en el mercado de trabajo en 1984 como para los que se incorporaron después de la reforma. Sin embargo, para los que tienen un título universitario, la tasa de temporalidad permaneció prácticamente inalterada para las generaciones mayores que ya estaban en el mercado de trabajo cuando se aplicó la reforma, y aunque para las generaciones jóvenes con estudios universitarios que entraron después de la reforma la tasa de temporalidad es bastante elevada al principio decrece con cierta rapidez conforme se incrementa la edad.

El análisis econométrico se basa en el uso de regresiones en discontinuidad siguiendo la idea que se describió anteriormente, concibiendo la reforma como una discontinuidad que podría afectar el conjunto de la vida laboral de las diferentes generaciones. El impacto estimado sobre la tasa de temporalidad media a lo largo de la vida para las generaciones que entraron después del cambio legal es relativamente pequeño y no parece apoyar la idea de una trampa de la temporalidad generalizada para las generaciones que entraron después de la reforma.

Ahora bien, la historia es bien distinta por niveles de estudios. Quienes tenían como mucho estudios obligatorios el impacto ha sido grande tanto si se estaba ya en el mercado de trabajo como si se entró después de la reforma. Es decir la reforma no creo mucha diferencia entre generaciones: estos individuos tienen en cualquier caso una elevada rotación laboral y por tanto están “en el margen” de ser contratados tanto si eran jóvenes que se incorporaron tras la reforma como si eran mayores cuando la reforma se puso en marcha.

Para los universitarios la reforma sí marca una diferencia entre generaciones: las generaciones de universitarios que entraron antes de la reforma estaban estabilizadas en el mercado de trabajo y, en general, tenían poco riesgo de quedar en el margen de ser contratadas. Ahora bien, los universitarios jóvenes que han entrado después de la reforma experimentan tasas muy elevadas de temporalidad durante el principio de sus carreras laborales, algo que impacta de forma relevante sobre la tasa media de temporalidad de toda su vida (incluso considerando que la temporalidad baja con cierta rapidez para los universitarios conforme acumulan edad, siempre en términos relativos). Con todo, la diferencia observada entre los dos grupos de generaciones en la tasa media de temporalidad a lo largo de la vida que llega hasta 10 puntos porcentuales, no puede atribuirse en su gran mayoría a la discontinuidad de la reforma. Según el análisis econométrico lo que se puede atribuir en exclusiva a la reforma es algo menos de 1 punto porcentual, estando relacionado el resto con diferencias en otras variables entre las generaciones de universitarios incorporados antes y después de la reforma.

Una cuestión importante es que estos resultados corresponden al largo plazo y lo sucedido durante la última recesión ocupa una parte relativamente reducida del análisis. ¿Qué les ha pasado a las generaciones que estaban en pleno proceso de integración laboral cuando ha golpeado la actual crisis? Ese análisis lo hemos realizado Begoña Cueto y yo en el marco de los trabajos de base para el VII Informe FOESSA sobre exclusión y desarrollo social en España, publicado en octubre de 2014. Este es el enlace a nuestro documento de trabajo.

Ampliando el anterior análisis generacional observamos que hay algunas generaciones que han experimentado algo realmente nuevo: un retroceso en su proceso de integración laboral. Esto se produce especialmente para los varones nacidos en 1976-80, pues su tasa de empleo disminuye con la llegada de la crisis, momento en el que tenían entre 28 y 32 años. Para generaciones anteriores que a esas edades les golpeó una crisis (en los noventa o en los ochenta) las tasas de empleo siguieron creciendo aunque con mayor lentitud, pero no se vio un decrecimiento. Pero también merece la pena resaltar que todos los varones nacidos desde finales de la década de los 50 hasta mediados de los 70 han visto descender sus tasas de empleo en torno a 12 puntos porcentuales a pesar de que cuando les golpea la crisis se encontraban en la fase central de la vida laboral (fase en la que se alcanzan las más altas tasas de empleo para todas las generaciones). De nuevo las diferencias son muy grandes en función del nivel de estudios. Así, los universitarios experimentan estos problemas pero los varones que estaban en las fases centrales de su vida al llegar la crisis sufren caídas en sus tasas de empleo de 3 a 5 puntos porcentuales. El retroceso antes descrito para la generación de los varones nacidos en 1976-80 no se observa en los universitarios. Se trata, pues, de un problema que han sufrido quienes tenían menores niveles de estudio, en especial los que alcanzaron como mucho los estudios obligatorios.

Así pues, en términos generacionales la crisis ha generado un retroceso en la integración laboral de una generación (en forma de descenso de su tasa de empleo), algo que no se había registrado con anterioridad a esas edades (en torno a la treintena cuando golpea la crisis). Ahora bien, se trata de algo que en especial le sucede a quienes tienen menores niveles de estudio.

Algo también peculiar de esta crisis es que ha impactado más sobre los varones que sobre las mujeres, si bien las mujeres siguen manteniendo una diferencia sensible en términos de una menor participación laboral, incluso para las mujeres universitarias. Este fenómeno no ha sucedido exclusivamente en España. En Estados Unidos, por ejemplo, tuvo una cierta fortuna referirse a la actual recesión (recession) como  mancession.

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