Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Lamentable

 

Lamentable

 

Dejando aparte la mayor o menor gravedad que atribuyamos al hecho en sí, el titular que antecede puede no llamarnos la atención por su redacción. No obstante, probemos a sustituirlo por otros posibles, manteniendo solo la palabra inicial:

“Lamentable: otra mujer asesinada por su marido en Valencia”

“Lamentable: una madre asfixia a sus dos hijos de tres y seis años”

“Lamentable: vuelve a subir el precio de la luz”

Mi sospecha es que cualquiera de estos titulares nos resultaría extraño, precisamente por la presencia de ese lamentable, claramente evaluativo, que parece contradecir la objetividad de la información como supuesto principio sacrosanto de la práctica periodística; y es particularmente inadecuado en el tercer ejemplo, a pesar de ser el único en que el hecho nos afecta a todos y, por lo tanto, se nos haría más íntimamente lamentable. Pequeñas hipocresías de la vida cotidiana. Lo cierto es que en la actualidad detecto al menos dos temas en los que parece casi obligado que el periodista evalúe negativamente la información que transmite (puede haber otros casos en que lo esperable sea una evaluación positiva, pero no interesan en este momento). Uno es, como sugiere el titular del principio, el maltrato a los animales; el otro es la violencia en el deporte (“Dos descerebrados lanzaron bengalas al campo e hirieron a un jugador”; “Vean el comportamiento tan poco deportivo que tienen algunos jugadores”). Surge la pregunta obvia de por qué precisamente esos dos temas y no otros; por qué cuando se habla, por ejemplo, de muertes humanas se da por supuesto que el periodista (en contextos de información, repetimos) no debería utilizar expresiones modalizadoras o que trasluzcan subjetividad. En parte, puede deberse al carácter cotidiano de dichos temas y al tono comparativamente casual con que suelen abordarse, sobre todo el segundo; la información deportiva casi siempre aparece hacia el final del informativo o del periódico y resulta intuitivamente, y quizá injustamente, menos seria que la relativa a la política, a la economía o a los sucesos, lo que a su vez permite que el periodista hable de ellos casi (bueno, no tanto) como lo haría en un bar y con la bufanda de su equipo.

En relación con ello, cabría plantear la hipótesis de que se trata de problemas que, hasta hace poco, la mayor parte de la sociedad no consideraba de especial relevancia ni constituían una gran preocupación. Actualmente resulta obvia la intención de crear una conciencia distinta sobre ellos, y muchos periodistas, o bien contribuyen conscientemente a ello, o al menos se sienten obligados a mostrar que no comparten esa cultura tradicional que no veía nada de particular en que en un campo de fútbol se dieran de puñetazos o en que alguien le pegara una patada a un perro. Por más que sean éticamente loables, estas nuevas estrategias de acercamiento a los hechos también resultan muy ilustrativas sobre la función educadora (en cualquier sentido que se le quiera dar a la palabra) que desempeñan los medios de comunicación, como principales difusores de cualquier moda ideológica, ya sea beneficiosa o destructiva, que responda a los intereses de quienes los controlan. También es cierto que las hipótesis esbozadas siguen sin explicar del todo por qué no solemos encontrar la misma subjetividad aceptada y casi regularizada cuando se informa sobre otros aspectos que también serían candidatos evidentes a este tipo de enfoque, como la violencia doméstica a la que aluden los primeros ejemplos.

Es cierto que la información objetiva (o información a secas) es un mito del viejo periodismo en el que pocos creen ya. Uno no suele acudir a los medios para informarse sobre lo que realmente pasa (“¿Qué es la verdad?”, dijo Pilato, y la tenía delante de las narices), sino para que le regalen el oído o la vista con todo aquello que pueda despertar algún anhelo íntimo, sentimiento de pertenencia grupal o perversión inconfesable. Es lo mismo que ocurre con la política, reducida a debates de ida y vuelta en los que no importa en absoluto lo que diga cada candidato: todos dicen más o menos lo mismo y, en cualquier caso, abordan muchos temas de los que la mayoría no entendemos demasiado… y probablemente ellos tampoco. No se trata de entender, sino de enamorarse: a quién le queda mejor el traje o quién interrumpe mejor a los demás. El advenimiento de Internet y las redes sociales, con su hipermultiplicación de emisores, también tiene mucho que ver con la difuminación de las fronteras entre lo objetivo y lo subjetivo, o entre la transmisión de información y la implicación personal de los participantes. Digamos que, más que objetividad, lo máximo que persiguen hoy algunos medios y profesionales (pero cada vez menos) es la ilusión de objetividad. Los consumidores, dependiendo de nuestro carácter, preferiremos aquellas fuentes que más o menos nos cuenten las noticias (noticias convenientemente seleccionadas de entre los millones de acontecimientos que podrían ser noticia, pero que desde luego no son igualmente apropiados cuando se pretende construir cierta visión de la realidad), o bien aquellas que opten por exhibir sin pudor su vocación polémica y didáctica, sustituyendo completamente la información por la interpretación y la evaluación. En la práctica, no hay tanta diferencia.

 

 

 

maaijon

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