Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Pasos para crear una pome

 

Por lo que sé (hasta donde yo sé, que diría un buen anglicista), nadie se ha dado cuenta de que no tiene sentido usar la palabra pyme en singular. Y lo malo es que, como todo en este mundo, ya está recogida en el DLE. Es de suponer que la expresión pequeñas y medianas empresas nació así, en plural, para designar a todas esas entidades privadas que cuentan con menos de 250 empleados (según el criterio manejado en España), que son la inmensa mayoría y que suelen estar entre las principales víctimas del devenir económico y de las políticas de los sucesivos gobiernos, aunque siempre superadas por los trabajadores autónomos. Pymes es, sin duda, una creación léxica adecuada y que permite ahorrar mucha saliva y tinta, lo que justifica su éxito. Ahora bien, ¿qué sentido tiene hablar de una pyme? ¿Es posible que una empresa sea pequeña Y mediana a la vez? No cabe duda de que la forma correcta es pome: o es pequeña, o es mediana. Yendo un poco más allá, cabría suponer que, si se trata de una empresa específica y conocida en el contexto, ni siquiera haría falta la disyuntiva: diríamos simplemente que es una pe o una me, según los casos.

 ME

Por lo demás, no parece que haya mucho problema en cambiar también el plural por pomes: pequeñas o medianas empresas sería, por lo menos, tan válido como la variante copulativa, ya que daría a entender que se incluyen todas las empresas que presenten una característica O la otra. Además, el que se escriba y en lugar de i como núcleo silábico es realmente atípico en español, prácticamente restringido a la propia conjunción y (de ahí que nuestra comunidad autónoma vaya camino de llamarse oficialmente CyL), junto a extranjerismos como whisky, penalty o sexy (siempre vistos con desdén por la norma, que recomienda la grafía latina). Así pues, también es extraño que nadie haya propuesto la alternativa pimes. Bueno, en catalán se escribe así. Y en esa lengua quizá tendría menos éxito lo de pomes, porque podría interpretarse como el plural de una fruta.

Ya que hablamos de siglas, y sin caer en el tópico de citar el poema clásico de Dámaso Alonso, admitiremos que hay cierto exceso de ellas en nuestra sociedad, hasta el punto de que todo aquello que no cuente con su propia sigla carecerá de existencia física y jurídica. Pero las más interesantes son, desde luego, las que, como pymes, han logrado el triunfo definitivo: leerse secuencialmente y escribirse con minúsculas, es decir, considerarse palabras de verdad, hasta el punto de que muchos hablantes ya no son conscientes de su origen. Y, así, figuran en el diccionario (esto en sí no significa gran cosa, ya se sabe) opa, ovni, sida, tac, uci, uvi, láser, led o radar (las tres últimas tomadas, en realidad, del inglés), además de propuestas poco afortunadas, pero en las que persiste la Academia, como cederrón. La frecuencia de uso favorece su lexicalización y su inclusión en el vocabulario común; no sería extraño que pronto pudiéramos escribir con toda propiedad deneí, por feo que resulte. Lo mismo ha ocurrido con acrónimos que ya nadie sabe que lo son, como autobús o informática; sin olvidar la hermosa hipótesis (quizá hermosa no sea el adjetivo más apropiado en este contexto) que explica el origen de cadáver como caro data vermibus ‘carne dada a los gusanos’. Y esas otras siglas que, aunque no estén incorporadas, poseen la capacidad de producir derivados, como suele ocurrir con las de partidos políticos y sindicatos: pepero, ugetista o el mexicano priista, que ahora mismo (y esto sí es una sorpresa) no aparece en la versión electrónica del DLE.

 

 

maaijon

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