Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

No olería igual

 

Al pasar por una calle de Salamanca, observo el rótulo de un negocio de prevención de riesgos laborales y me detengo, al principio sin saber muy bien por qué:

 

Laboral Risk

Comprendo que lo que me ha llamado la atención es ese adjetivo, laboral, que, por lo que sé (“hasta donde yo sé”, diríamos en la era de la gramática spanglish), no se usa en inglés. Cuando queremos indicar que algo es relativo al trabajo, simplemente le anteponemos el sustantivo labor (o labour, para quien prefiera el té) y ya está: los riesgos laborales son labor risks. Por lo tanto, españolismo flagrante el cometido por esta empresa. Me queda la duda de si sus fundadores le pusieron ese nombre por error o si, por el contrario, sabían lo que hacían. En este último caso, hay que quitarse el shadower, porque ese supuesto error solo podrá percibirlo alguien cuyo nivel de inglés se sitúe un tanto por encima de la media plausible. Para el resto de la población, Laboral Risk sonará a perfecto inglés y, probablemente (y he aquí la cuestión), mucho más atractivo y fiable que Don Riesgo o cualquier otra ocurrencia castiza.

Caigo entonces en la cuenta de un hecho que está continuamente ante nosotros, y que por la misma razón suele pasar inadvertido: el de que hoy en día escasean las empresas españolas que suenen a español. En Internet encuentro pronto varias páginas que confirman que la mayoría de las startups (la palabra lo dice todo) que se crean en este país son bautizadas con nombres ingleses. Como se reconoce en una de esas páginas, hoy se antoja difícil que alguien pretendiera lanzar una marca llamada Tío Pepe (si bien es cierto que en este mundo todo tiene su target). Aunque se cita como principal explicación la mayor facilidad que ofrece el inglés para dar el salto a mercados internacionales, no es difícil sospechar que, sin salir de España, el anglicismo (anglicanismo, según famosa expresión de dilecta ministra de Cultura reconvertida en vicepresidenta) es un recurso básico en la difícil tarea del naming. Son bien conocidos los casos de esas marcas de éxito que “nadie sabe que son españolas”, como Lois, Energy Sistem (sic), Sunstech, Springfield, New Balance o nuestras entrañables zapatillas J’Hayber. No hay que exagerar la presencia del inglés macarrónico: Massimo Dutti demuestra que el italiano siempre es adecuado para la moda y los perfumes, lo mismo que Reny Picot sugiere el potencial del francés para los derivados lácteos.

En este caso, me interesan más las empresas y marcas cuyos nombres tienen algo de inglés y algo de español, como (repito: no sé si intencionadamente) la propia Laboral Risk. Hay que valorar el intento de unir culturas, en lugar de sustituir unas por otras; quizá podamos mantener la esperanza en un futuro de convivencia armónica entre estos dos gigantes lingüístico-culturales, como se pretende hacer en este mismo blog (de nuevo, la palabra lo dice todo). Y así tenemos el caso de Vueling, que, con su lexema foráneo y su desinencia local, sonaba algo ridículo la primera vez que emitieron el anuncio en la televisión; la segunda vez ya nos había realmente conquistado. El mismo procedimiento sigue el fabricante de colchones Dormity, si bien la forma puede resultar un tanto más atípica al combinar un lexema verbal con un sufijo que se añade normalmente a adjetivos (pero el márketing no consiste tanto en coherencia gramatical como en que las cosas suenen bien). Caso distinto es el del ya clásico Tuenti, en que el inglés puso la palabra y el español la grafía, aunque se trata de una creación que concentra varios significados, porque también puede interpretarse (o eso he oído) como abreviación de tu entidad.

Por su parte, Inmoreality, empresa dedicada al diseño de entornos habitacionales por medio de realidad virtual, basa su nombre en una acronimia bilingüe. El primer formante, inmo-, nos lleva obviamente a pensar en inmueble, inmobiliario y su familia. Pero dicha familia no existe en inglés (donde en todo caso habría de ser immo-, con doble m); generalmente se caracteriza como estate o housing todo lo relativo a los bienes que no se pueden mover de su sitio. Y así lo hace la propia empresa en los textos ingleses de su página web. Reality, siendo inglés, es en realidad latino y realmente comprensible para cualquiera de nosotros; pero, de nuevo, -ity resulta bastante más evocador que -idad. La revolución lingüística está aquí.

 Inmoreality

 

Se podría añadir, como ejemplo de otra posible categoría, el caso de Bankinter. En esta ocasión el toque español, casi subliminal, lo proporciona el orden sintáctico. Se trata de un acrónimo formado a partir de Banco Internacional, en el que la introducción de la k probablemente haya atraído inversiones millonarias. Pero la realidad es que un banco internacional genuinamente anglosajón habría tenido que llamarse, en todo caso, Interbank (el Openbank del Santander ha renunciado a todo vestigio de iberismo). Cabe desear que nunca perdamos nuestras más arraigadas costumbres romances, entre ellas esta de posponer el adjetivo al sustantivo.

Y, finalmente, premio Princesa de Asturias de la Concordia para los sándwiches Ñaming, joya del naming que convierte en gerundio inglés una onomatopeya muy nuestra y que, además, empieza por una letra más nuestra aún. Probablemente no triunfarán en el extranjero (aunque, si lo hacen esos muebles de Ikea llenos de diéresis y oes tachadas, todo es posible); pero, por lo menos, aquí los disfrutamos dos veces.

 

 

maaijon

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