Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Qué hay en una “a”

 

Mientras la investigación en lingüística, literatura y cualquier otra disciplina avanza día tras día, parece que los profesores siempre enseñamos lo mismo en clase. Los apuntes amarillos son, sin duda, uno de los mitos más reales del panteón universitario; quizá no creemos en las posibilidades de nuestros estudiantes para asimilar avance alguno, o, peor, quizá nosotros mismos no somos conscientes de tales avances. Muchos lingüistas generales siguen hablando de Saussure y sus ejes de oposiciones sintagmáticas y paradigmáticas como si fueran el último grito (o de Chomsky y sus profundas estructuras como si sirvieran para algo). Sin negarles al intelectual suizo y al otro señor un ápice de su relevancia, considero que su lugar está hoy en los cursos sobre historia de la lingüística, no en los de lingüística teórica (y no me digan que hay que conocer a los clásicos; se supone que uno, cuando investiga, empieza por lo más reciente y luego va hacia atrás, simplemente para comprobar, una vez más, que todo estaba ya en Aristóteles… o antes). Pero, desde luego, tampoco se soluciona todo con elegir unos cuantos artículos de 2017 cuya relevancia a medio plazo no está, evidentemente, contrastada. ¿Es posible ir más allá y lograr que la propia docencia haga evolucionar el conocimiento? ¿Por qué no buscar formas de investigar junto a nuestros alumnos, de generar ciencia sobre la marcha (quizá no muy exquisita, pero sí fresca y original) y, de este modo, hacer la vida docente un poco más soportable?

La prueba de que se puede establecer una relación productiva entre la investigación y la docencia la he encontrado al sistematizar el tratamiento de la variación lingüística (principalmente morfosintáctica y discursiva) en las clases de Lengua Española y materias relacionadas en distintos niveles y especialidades. Nada más atractivo para muchos estudiantes que dedicarse a buscar ciertas construcciones (pasivas con ser, dequeísmos y queísmos, subordinadas con cuyo), unidades léxicas (anglicismos con sinónimos aproximados en español) o incluso faltas de ortografía (también son variación, por más que condenada por la censura) en diversos materiales lingüísticos a su alcance, y después elaborar interpretaciones de su uso y sus repercusiones comunicativas. Muchas de las cuestiones gramaticales suscitadas las he abordado previamente en algún trabajo de investigación, lo que me proporciona la base para convertirlas en materia docente que, no obstante, puede ampliarse y reformularse gracias al propio trabajo en clase. Entre esas cuestiones figura también el uso variable de a ante los objetos supuestamente directos (Vi a mi hermano / Vi (a) mucha gente / Vi (*a) dos coches). Solo supuestamente, porque el hecho de poner la a los aleja, por sí mismo, del prototipo de objeto directo y los acerca funcional y cognitivamente al indirecto (como se expone aquí).

En una sencilla investigación sobre este fenómeno con un grupo de alumnos no especializados en lingüística, surgió un caso interesantísimo. Pregunta para cinéfilos: ¿cómo se titula esa película clásica, basada en el libro homónimo de Harper Lee, en la que Gregory Peck interpreta a un abogado que ha de defender a un trabajador negro acusado de violación? A no ser que alguien haya contestado en inglés (To kill a mockingbird), lo cierto es que el título español tiene dos versiones… y, al parecer, las dos se han usado en diversas ediciones del libro y de la película. Aquí podemos ver ejemplos de ambas soluciones en el caso del libro, obtenidos por medio de búsquedas en Internet (manifestamos nuestra disposición a abonar los derechos correspondientes, si fuera necesario). Da la impresión de que las ediciones con a son, en general, más modernas (¿podríamos llegar a sospechar un cambio en marcha, relacionado con la tendencia general a la subjetivización discursivo-cognitiva?).

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El colmo del desconcierto llega cuando descubrimos que una misma edición del DVD ha aparecido con las dos variantes, como si se deseara atender a la posible diversidad de gustos sintácticos de los consumidores. No puedo certificar la autenticidad de las dos imágenes, pero el simple hecho de que ambas circulen por Internet da idea de la magnitud del problema:

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Y bien, ¿hay que concluir que estamos ante un caso de variación libre? ¿Que da igual formular la a o no hacerlo, o que las motivaciones de la elección son meramente estructurales? En absoluto, porque la mayoría de los alumnos participantes, y de otras personas encuestadas por ellos, están de acuerdo en que no da igual. Cada versión del título significa una cosa. Quien incluye la partícula está pensando en una interpretación más metafórica de ese ruiseñor (que representa, obviamente, al hombre en peligro de ser condenado a muerte); por increíble que parezca, la variante con a es más frecuente entre personas que han visto la película y/o han leído el libro, o al menos están familiarizados con su argumento. No se ha investigado por ahora si el hecho de ser amante de los animales favorece también la preferencia por a, pero no me sorprendería que así fuera. Las posibilidades de plantear tareas académicas con puntos de partida como este son enormes. Quién iba a decir que una cuestión aparentemente trivial pudiera llevarnos, de hecho, a descubrir la esencia de la morfosintaxis: la codificación y expresión de significados. Y qué lejos ya de Saussure y Chomsky, sin los cuales, por supuesto, no habríamos podido llegar hasta aquí.

 

 

maaijon

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